Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Las perlas del contable

Aburre repetirlo, pero hay que volver a decir que, pese a la complaciente industria editorial, la mayoría de las novelas avaladas con premio detentan una crisis de competencia literaria bastante alarmante. Bien es verdad que, si se quiere satisfacer a un público masivo, basta el alarde de algunas destrezas –metáforas más o menos impetuosas, giros imprevistos, personajes «entrañables»– y armar una historia de tensiones sentimentales. Los sentimientos, sobre todo los derivados del amor y la pasión, son hoy la verdad revelada que menos cuestiona el lector común, y su probada eficacia en la narrativa actual no parece que, por el momento, vaya a remitir. La tentación, en todo caso, se diría irresistible, a la vista de tantas novelas que mercadean

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Terrorismo emocional

Quienes auguran que, en los próximos años, el fortalecimiento de la novelística en castellano vendrá otra vez de Sudamérica, como un ritornello asonantado del llamado boom, tienen en El pasado, de Alan Pauls (Buenos Aires, 1959), una excelente confirmación de sus pronósticos. Aún es pronto para calibrar la influencia e importancia que están adquiriendo escritores de la talla de César Aira, Ricardo Piglia y Roberto Bolaño –los dos últimos admiradores y promotores de Alan Pauls–, pero no hay duda de que sus obras no son pasos en falso, sino aperturas de aire en el organismo más bien asmático de la actual narrativa española. El desembarco ahora de Alan Pauls –autor de tres novelas y cuatro libros de ensayo crítico, además

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La pícara Violetta

Diablo guardián es una novela prolija, incontinente, y a duras penas transitable si se desconoce el habla popular mexicana. Lo último lo soluciona un buen diccionario, pero para contrarrestar la prolijidad y la incontinencia hay que armarse de paciencia. No queda otro remedio, y es muy probable, pese a todo, que el lector llegue a la última página, no ya exhausto por los largos circunloquios de la pícara Violetta, sino sin saber de este personaje mucho más de lo que ya sabe cuando bordea las doscientas páginas. Cuando una novela, antes de su mitad, es ya un cúmulo de reiteraciones, suscita la creencia de que lo que resta son palabras devaluadas, y es indudable que seguir leyendo así, sospechando más

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Idealmente, un escritor insumiso

En la estela de Macedonio Fernández, Rodolfo Enrique Fogwill (Buenos Aires, 1941) pertenece al tipo de escritor excéntrico, aparentemente arbitrario, «resultado –según sus palabras– de una trama de malentendidos y desgracias», cuyas novelas y relatos propenden a inhabilitar el argumento, y están sembradas de digresiones sobre el azar, la tecnología, el amor, las condiciones de la producción literaria, y especialmente la conveniencia de un pacto entre el autor y el lector. Consciente del valor de la imagen publicitaria, que alcanza también al escritor, Fogwill se ha construido una marca de fábrica: autor más o menos provocador, más o menos irritado, pero impermeable a las convenciones. Con todo ello proyecta una figura sugestiva, aunque empañada de presuntuosidad, o acaso de coquetería.

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Con pie forzado

A estas alturas, con el Premio Nobel a su espalda y ochenta años cumplidos, cabe considerar que una nueva novela de Saramago es un hecho tan previsible como sorprendente. A ello contribuye, sin duda, la relevancia de su compromiso político, que el escritor en no pocas ocasiones ha colocado por encima de la literatura. Aquello tan repetido por Saramago de que «la literatura no puede cambiar el mundo» es una respuesta estéril a una pregunta con pie forzado. ¿Hay alguien que crea hoy que la literatura tiene el propósito de cambiar el mundo? Pero en el escritor portugués el pie forzado es también un punto de apoyo, su método de intervención. Véanse los temas de sus últimas novelas; todas se

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Asuntos de familia

Los libros de cuentos, ya se sabe, sólo son bien recibidos si pertenecen a un autor consagrado. Dígase lo que se diga sobre el valor de su elaboración minuciosa y difícil, el cuento no tiene el ecuánime aprecio de la novela. Su prestigio, por decirlo así, es más teórico que real, lo que explica que magníficos cuentistas no hayan podido evitar la tentación de la novela (pienso en Arreola o Monterroso), y que otros (Horacio Quiroga, Borges) se pasaran media vida justificando ante el mundo su repelencia práctica al género omnívoro por excelencia. De Fabio Morábito (nacido en Alejandría, en 1955, de padres italianos) teníamos vagas noticias sobre su condición de escritor de cuentos, pero ningún libro suyo había llegado

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Adultos, abstenerse

No sé si atribuir la publicación, en una colección dirigida a adultos, de la novela juvenil La Ciudad de las Bestias, a una sagaz estrategia comercial, o si, en calidad de lector engañado debería demandar donde corresponda –pero no sé en qué lugar– a la editorial Areté por el delito, no tipificado, de desvergüenza cultural. Cierto que la cosa es más sencilla. Isabel Allende es una autora de éxito, una marca de fábrica cuyos consumidores se cuentan con cifras de muchos ceros. Y esta es una razón, muy poderosa, para no restringir su público. Los editores acaso pensaron, no sin fundamento, que si el lector habitual de Isabel Allende había gozado con su escritura hogareña, sentimental, con pálpitos de fantasía

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