Terrorismo emocional

El pasado

ALAN PAULS

Anagrama, Barcelona, 560 págs.

Premio Herralde de Novela

Quienes auguran que, en los próximos años, el fortalecimiento de la novelística en castellano vendrá otra vez de Sudamérica, como un ritornello asonantado del llamado boom, tienen en El pasado, de Alan Pauls (Buenos Aires, 1959), una excelente confirmación de sus pronósticos. Aún es pronto para calibrar la influencia e importancia que están adquiriendo escritores de la talla de César Aira, Ricardo Piglia y Roberto Bolaño –los dos últimos admiradores y promotores de Alan Pauls–, pero no hay duda de que sus obras no son pasos en falso, sino aperturas de aire en el organismo más bien asmático de la actual narrativa española. El desembarco ahora de Alan Pauls –autor de tres novelas y cuatro libros de ensayo crítico, además de guionista de cine–, con la intermediación del Premio Herralde de Novela, supone algo así como la regularización en nuestro país de un escritor de increíble potencia literaria, sorprendentemente ignorado por las editoriales españolas, cuya presencia no hace sino ratificar que al otro lado del océano, al sur de Río Grande, se escribe una literatura más compleja, arriesgada, imprevisible y, en consecuencia, con mayor talento que nuestra ensimismada y recalcitrante narrativa.

Conviene decirlo enseguida: El pasado es una novela formidable. También es vertiginosa, hipnótica, una especie de equívoca sinfonía que admite que el lector transite sus líneas sin que sepa nunca con certeza si está leyendo una exaltación sobre la pasión amorosa o un tratado acerca de la calamidad que genera el amor de pareja, o ambas cosas a la vez. Su argumento –como sucede en algunas grandes obras, Crimen y castigo de Dostoievsky, por ejemplo, o La metamorfosis de Kafka– se puede resumir en pocas líneas, pero El pasado sólo tolera que se lean todas y cada una de sus páginas. Y esto supone desplegar un encantamiento de virtuoso. La prosa de Alan Pauls no desfallece; no hay en ella remedos, ni tics, ni muletillas; y en una novela que, con otra tipografía menos apretada, alcanzaría con holgura las setecientas páginas, ese pulso de constante intensidad es un valor que pertenece sólo a los grandes escritores. La pregunta forzada es: ¿son inevitables tantas páginas para contar que el amor no acaba nunca? He aquí su tema: ¿cuándo se sabe que el amor termina? Y si termina, ¿cómo termina? Averiguar en qué consiste el fin, el acabamiento, el olvido de lo inolvidable, es lo que se propone esta novela. Y para ello el narrador ha necesitado explorar todos los recovecos biográficos de sus personajes, husmear en su miseria, presentarlos bajo las múltiples máscaras que componen el espectro que lleva de la normalidad a la anomalía; ha necesitado todas esas páginas para que la novela se rizara sobre su tema, y en lugar de concluir, en vez de cerrarse, simplemente se callara.

En términos más convencionales, El pasado es la historia de una separación y de su restablecimiento mediante una ávida estrategia de terrorismo emocional. Rímini y Sofía, después de doce años de feliz relación, deciden separarse, seguir cada uno su propia vida. La novela se centra en Rímini, quien acepta razonablemente que aún le queda mucho por vivir. Tiene treinta años. Cambia de domicilio, inicia otra relación estable, se vuelca en su trabajo –traducir–, ayudado por la cocaína, que le provoca una enérgica estimulación laboral y una compulsiva manía masturbatoria. Pero Sofía siempre aparece: en el teléfono, a través de cartas, en encuentros casuales. Cambia otra vez de mujer; se casa, tiene un hijo. Sofía posee la facultad de aparecer en los momentos estelares de la vida de Rímini y en los más desgraciados. Tiene mucho de pesadilla y otro tanto de ángel benefactor. No le impide vivir; le impide olvidar. Para Sofía, Rímini es una propiedad que le pertenece; la tiranía amorosa así se lo demanda. Quiere recuperarlo como sea; secuestra a su hijo, y con ello provoca el desastre matrimonial y la anulación psíquica de Rímini. Éste, no obstante, logra superar la depresión, y cuando mantiene una impetuosa y vulgar relación sexual con una rica mujer casada, Sofía lo rescata definitivamente, lo recupera para ella y lo convierte, con su consentimiento, en una especie de trofeo de caza para exponer en un bar llamado Adela H. (en homenaje a la tormentosa pasión que vivió la hija de Victor Hugo), centro de reunión de la organización Mujeres que Aman Demasiado, fundada por la propia Sofía, dedicada a «hacerles una memoria a los hombres […] como los hombres se pasaron siglos haciéndoles hijos a las mujeres».

Esta escuálida suma de sucesos informa defectuosamente sobre la verdadera materia que conforma El pasado, aunque tal vez proponga una idea aproximada de su naturaleza. En todo caso, lo sobrecogedor de esta novela es la capacidad descriptiva –con idéntica plasticidad para enfocar una turbación onírica que la trayectoria de una pelota de tenis–, la densidad de pensamiento –que dibuja bucles inacabables sin perderse nunca por las ramas–, la fuerza de las imágenes, las oportunas comparaciones, el encadenamiento sinuoso de las historias secundarias, la competencia para desarrollar narrativamente la conexión de dos sucesos alejados en el tiempo y el espacio, el minucioso conocimiento de diferentes ambientes y situaciones: ferias del libro, hospitales, prostíbulos de lujo… Todo ello mediante una prosa límpida, frenética y controlada, de una eficacia admirable.

Alan Pauls utiliza los ingredientes de la novela sentimental para desmoronar el género y, de alguna manera, exaltar y parodiar, al mismo tiempo, la asunción de la mujer en los parámetros de una sociedad milenariamente gobernada por los hombres. La conquista, o reconquista, con su correspondiente sumisión, tiene la ambigüedad de una victoria pírrica: «No, no volvía a una casa, ni al amor de una mujer, ni siquiera a un pasado –porque la casa, y el amor de una mujer y hasta el pasado nunca son del todo inmunes a la acción del tiempo–. Volvía a un museo». La mística del amor convertida en un arte de la seducción que moldea al hombre en objeto doméstico y lo reduce al horizonte marcado por la mujer. La fuerza del propósito de las mujeres del bar Adela H. no deja lugar para el fracaso: «Tenerlo todo: el exceso de amor, el calvario, la verdad –y la dicha–».

Ficha técnica

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