Archivo Revista de Libros

Pequeño gran París

Después de veinte años de auge sostenido, creo que ya puede afirmarse que la aceptación de la actual novela negra no es sólo una cuestión de modas, de circunstancias sociales o de corrientes de opinión. Como el siglo, el género ha alcanzado su mayoría de edad y ha ido ganándose el respeto de la comunidad lectora y de una crítica literaria que, hasta hace poco, lo consideraba un subgénero. Ya han quedado atrás los tiempos en que la palabra «policíaca» caía a plomo sobre una novela, la desprestigiaba automáticamente y concitaba el abucheo general.

La actual novela negra despierta un interés generalizado y ha llevado a reflexionar sobre él a filósofos como Slavoj Žižek, quien en La permanencia en lo negativo se pregunta: «¿El noir es un género en sí mismo o un tipo de distorsión anamórfica que influye sobre diferentes géneros? Desde el principio, el noir no se ha limitado a las historias de detectives rudos: pueden identificarse fácilmente repercusiones de temas noir en comedias, westerns, dramas políticos y sociales, etc.» Žižek no da una respuesta a su propia pregunta, pero el hecho mismo de plantearla ya indica la importancia que le otorga.

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Retrato de una dama: continuación

En general, cuanto más admiro una obra literaria o cinematográfica, menos interés siento por sus secuelas, precuelas o spin-offs, bien porque traicionan las virtudes del original, bien porque no son otra cosa que encubiertas operaciones comerciales que, disfrazadas de homenajes, se ponen a rebufo y aprovechan su prestigio para hacer caja. Sin embargo, en los últimos meses se han publicado dos brillantes excepciones: El legado de los espías, de John Le Carré, y La señora Osmond, de John Banville, secuela de Retrato de una dama, de Henry James.

Banville ya se había iniciado en la práctica de resucitar a un personaje clásico. Bajo su álter ego Benjamin Black, había hecho renacer en La rubia de ojos negros (2014) a Philip Marlowe, el detective creado por Raymond Chandler, en una práctica habitual en el género negro, con la que están familiarizados sus lectores habituales.

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George Smiley y Peter Guillam vuelven

John le Carré (1931), pseudónimo de David John Moore Cornwell, pertenece a esa curiosa nómina de escritores espías en la que figuran Daniel Defoe, William Somerset Maugham, Arthur Koestler, Graham Greene, Frederick Forsyth o, aquí en España, Josep Pla. Le Carré sabe bien de qué habla cuando escribe sobre el mundo de los agentes secretos y no es extraño que sus novelas hayan provocado incomodidad y recelo entre los servicios de inteligencia británicos –el MI5 y el MI6, que se ocupan, respectivamente, del espionaje dentro y fuera del país?, que le reprochan sus críticas, lo acusan de haberse enriquecido con sus libros a costa de quien no puede defenderse (?) y lamentan estar inermes «ante la mala propaganda, [pues] no es posible alabar sus éxitos y sólo se dan a conocer sus fracasos», como afirma el autor en sus memorias, Volar en círculos (trad. de Claudia Conde, Barcelona, Planeta, 2016).

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Los afanes de Luis Landero

Gregorio Olías, el protagonista de la deslumbrante y primera novela de Luis Landero, Juegos de la edad tardía (1989), le pregunta un atardecer a su abuelo por el afán. «El afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas, y la pena y la gloria que todo eso produce. Eso es el afán» (p. 48), responde el abuelo. En su última y no menos deslumbrante novela, La vida negociable, reaparece con fuerza este concepto y se fortalece con un cariz existencial al influir sobre las decisiones vitales que toma el protagonista.

En efecto, la novela narra los afanes de Hugo Bayo, desde que en su adolescencia su madre le cuenta un secreto hasta la página final en que mira absorto el rótulo de una peluquería, oficio al que parece condenado. Hugo es zarandeado por el afán descrito hace casi tres décadas, que Luis Landero recupera ahora.

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Valle-Inclán, el escritor total

Como la de cualquier clásico, también la narrativa de Ramón María del Valle-Inclán puede abordarse de dos formas: a impulsos y de manera parcial y desordenada a lo largo del tiempo, o en su totalidad y en el mismo orden cronológico de su escritura. La soberbia edición que de sus obras completas acaba de publicar la Biblioteca Castro ofrece la oportunidad de leer de un tirón sus casi tres mil páginas, lo que otorga una perspectiva global sobre su autor y se convierte en una experiencia intensa, absorbente y, en algunos momentos, agotadora, de la que se sale deslumbrado por la prosa de uno de los grandes estilistas de la literatura española del siglo XX, uno de los pocos creadores de un universo lingüístico, aunque su talento verbal no se aplicara –al menos en su obra narrativa? a describir los estratos más profundos y trascendentes de la condición humana, como intentaré decir después.

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Woody

David Evanier, que tiene una trayectoria demasiado sólida y contrastada como para trabajar de negro, afirma que Woody Allen reaccionó con cautela cuando le escribió para contarle su proyecto: «Aunque siempre se ha mostrado cordial y amistoso, en ningún momento ha aceptado colaborar en esta biografía ni ha dado el visto bueno a ninguna de sus partes» (p. 449). No parece, por tanto –y el tono del libro lo confirma?, que esta reciente biografía de Woody Allen sea producto del oportunismo, ni que haya sido pactada ni escrita por encargo, algo que siempre resulta sospechoso, como una mancha que no impide la lectura, pero que nunca deja de verse al fondo del papel. Conviene aclarar este aspecto porque el libro se ha publicado en Estados Unidos cuando ya parecían calmadas las furias del escándalo que volvió a zarandear al cineasta en 2014. Como se recordará, cuando Woody Allen se ganó ese año el aprecio de crítica y público con la película Blue Jasmine, con la que consiguió un Globo de Oro y Cate Blanchett el Oscar a la mejor actriz, Dylan Farrow, la hija adoptiva de Allen y Mia Farrow, publicó una carta acusándolo de abusos sexuales cuando era una niña, renovando las acusaciones vertidas por la actriz veinte años antes.

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Amarillo y negro

La vida de los grandes personajes siempre ha interesado al pueblo llano. Sorprende encontrar en Ifigenia en Áulide, de Eurípides, un texto del siglo V antes de Cristo, las siguientes palabras: «Los ricos y famosos suelen ser el centro de atención de todos los mortales. Y entretanto van diciendo: ¿va a celebrarse un himeneo o qué?» Shakespeare abunda en la misma idea en Noche de Reyes, cuando afirma: «Ya sabéis que las gentes chismorrean de lo que hace la nobleza». En el Siglo de Oro español, los lugares públicos donde se reunían los charlatanes a comentar rumores y noticias tenían un nombre irónico muy adecuado: los mentideros, tal vez porque no se aspiraba a que fuera cierto todo lo que allí se cotilleaba. 

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El miedo y el dolor

¡Qué buena idea tuvo Fernando Fernán Gómez al crear el premio Café Gijón en aquella taciturna España de 1949! Desde entonces, una larga nómina de escritores han prestigiado su carrera al ganarlo: César González Ruano, Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Eduardo Mendicutti, Luis Mateo Díez, Leonardo Padura, Víctor Chamorro, Diego Doncel, Martín Casariego… Y, al mismo tiempo, han consolidado el prestigio del premio, en esa relación simbiótica imprescindible en los mejores certámenes. Al principio sólo se aceptaban novelas cortas, tal vez porque Fernán Gómez supuso que no dispondría de mucho tiempo para leer entre película y película.

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Otro dardo afilado y certero

Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) es casi un clásico. Desde hace cuarenta y veinticinco años, respectivamente, títulos como La verdad sobre el caso Savolta (1975) o Sin noticias de Gurb (1991) perduran instalados con solidez en la memoria colectiva. Hace unos pocos meses se convirtió en el primer escritor español que recibe el prestigioso premio Franz Kafka, en reconocimiento a su trayectoria literaria, y cada año su nombre suena asociado a los premios Nobel.

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Suiza negra

Del escritor suizo Martin Suter conocía dos libros: Un amigo perfecto (2003), una intriga sin demasiado nervio, pero con la novedad de centrarse en la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, una de esas patologías raras que se hizo muy conocida a partir de la variante surgida con las llamadas «vacas locas». Y Lila, Lila (2005), un relato sobre la impostura que se lee con agrado.

Después de esas dos lecturas, aún no tenía muy claro si Suter era un escritor lo suficientemente atractivo como para dedicarle de nuevo varias horas de tiempo. Pero Montecristo (2015) se anunciaba como una novedad interesante, por el tema bancario, tan actual, y porque su título evoca la siempre apasionante novela de Alexandre Dumas sobre el sufrimiento y la desesperación de un inocente injustamente condenado.

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La novela negra: malestar social y malestar individual

En general, se da por aceptada la tesis de que sobre la novela negra, más que sobre ningún otro género, recae la responsabilidad de reflejar el malestar social, especialmente dañino e insidioso en momentos de crisis como los actuales. No hay periodista que no formule esa pregunta a los escritores que incursionan en el género, dando por hecho una respuesta afirmativa, y en las reseñas literarias apenas hay crítico que no abunde en dicha responsabilidad.

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