Los afanes de Luis Landero


La vida negociable
Luis Landero
Barcelona, Tusquets, 2017
336 pp. 19 €

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Gregorio Olías, el protagonista de la deslumbrante y primera novela de Luis Landero, Juegos de la edad tardía (1989), le pregunta un atardecer a su abuelo por el afán. «El afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas, y la pena y la gloria que todo eso produce. Eso es el afán» (p. 48), responde el abuelo. En su última y no menos deslumbrante novela, La vida negociable, reaparece con fuerza este concepto y se fortalece con un cariz existencial al influir sobre las decisiones vitales que toma el protagonista.

En efecto, la novela narra los afanes de Hugo Bayo, desde que en su adolescencia su madre le cuenta un secreto hasta la página final en que mira absorto el rótulo de una peluquería, oficio al que parece condenado. Hugo es zarandeado por el afán descrito hace casi tres décadas, que Luis Landero recupera ahora: «Porque era el viejo, el incansable, el desaforado, el sucio y querido afán que regresaba una vez más a mí, después de un prolongado letargo en la penumbra acogedora y sedante de la costumbre, y que me invitaba y urgía a abandonar la holganza del presente para ponerme otra vez en marcha y emprender nuevas aventuras, nuevas vidas todavía por inventar y por vivir, nuevos sueños a los que perseguir sin un momento de tregua ni descanso». (p. 290). A mí al menos, el afán me recuerda el concepto de pasión que, según Schopenhauer, caracteriza a la condición humana, la eterna ansiedad y deseo de algo nuevo, el apetito de lo desconocido, tras cuya satisfacción reaparecen el tedio y la disforia, que de nuevo conducen a la pasión en un círculo vicioso, en una rueda sostenida por tres radios que nunca deja de girar: deseo-satisfacción-decepción-deseo-satisfacción-decepción-deseo… En La vida negociable, a la exaltación del protagonista le sigue el fracaso, a los cantos de sirena les sigue el naufragio.

Hugo Bayo pertenece a la misma estirpe de personajes soñadores e inmaduros que pueblan otras novelas del autor, personajes que no terminan de hacer realidad sus sueños, se trate de lo que se trate: ser un gran guitarrista, un pionero de las praderas americanas, un seductor, un actor o un hombre rico. La curiosidad de Luis Landero por todas las profesiones, que suele describir con detalle y agudeza, llega a la fascinación en el caso de las peluquerías, como ya había apuntado en Cómo le corto el pelo, caballero (2004)El título recuerda aquel chiste, que ya aparece en el Philolegos, recopilación griega del siglo IV d. C., sobre la fama de charlatanes de los peluqueros: «? ¿Cómo quiere que le corte el pelo? – En silencio».. En las peluquerías, «lugares ecuménicos y enciclopédicos» (p. 177), cohabitan la tertulia y el periodismo, la educación y la democracia, la medicina y el confesionario, y a priori parece el lugar adecuado para el triunfo del elocuente Hugo Bayo. Pero ese oficio termina convirtiéndose en una metáfora del afán del protagonista, pues representa su salvación y su condena, su pena y su gloria. Su éxito casual como peluquero de barrio le recuerda que había soñado con otra vida muy diferente en la que él habría impuesto todas sus cláusulas, sin negociar a la baja. Las decepciones y los incumplimientos de los sueños contribuyen a que Hugo vaya convirtiéndose en un pícaro amoral y canalla y tiñe la novela con un tenue velo de melancolía.

Son los personajes y sus andanzas, y no las doctrinas, los que interesan a Landero, que no emite juicios éticos ni convierte al protagonista en un predicador alfa ni en un ideólogo, a pesar de su elocuencia y su capacidad de persuasión. Narrada en primera persona, es el propio Hugo Bayo quien se pregunta por su identidad, quien se interroga sobre sí mismo sin terminar de hallar un marco conclusivo donde verse reflejado con nitidez. No es un psicólogo quien huronea en su alma, y ni siquiera lo es el autor, Landero, que permanece callado, sin expresar simpatías ni antipatías. La primera persona gramatical comporta el riesgo de la rumia, de relegar la narratividad a un segundo plano en beneficio del flujo de conciencia y de una visión solipsista por parte del narrador ensimismado, maniatado por un exceso de introspección. Landero, sin embargo, evita ese peligro al hacer que su protagonista se enfrente a continuos conflictos con su entorno y al implicarnos a los propios lectores como oyentes desde el primer párrafo, en un discurso dialógico que nos alude y al que asistimos con los ojos muy abiertos, unas veces espantados, otras divertidos, pero siempre seducidos por el relato.

Si Hugo Bayo ni siquiera sabe cómo es él en realidad, menos aún puede conocer cómo es el mundo ni diseñar un ideal social. En una ocasión reacciona airado contra un cliente, un viejo militar que suelta una arena reaccionaria contra todo lo moderno. Hugo, chaqueando en el aire las tijeras de barbero, exclama: «Porque creo que sus ideas necesitan una buena poda […] relamiéndome de las ganas que tenía de empezar a cortar ideas cuanto antes […] mechoncitos de argumentos, pelusas de opiniones, flecos y pelusillas de doctrinas» (p. 234). Con una profunda lucidez, Landero muestra las contradicciones y la complejidad de la condición humana y mezcla en su protagonista virtudes y defectos (más de estos últimos), valor y cobardía, confianza e incertidumbre, calma y ansiedad. Le hace oscilar entre arrebatos de inspiración y épocas de desaliento: un día ataca al grupo de adolescentes matones que lo acosan, y otro día se hunde en la pereza; sueña con vivir en la naturaleza, pero su vida es urbana y los exteriores que contempla son las calles de la ciudad, que, excepto en el último capítulo, constituye el espacio global de la novela. Hasta físicamente se mezclan y se entrelazan lo sublime y lo grotesco, como la vomitona con que cierra ante Olivia la exposición de sus utópicos proyectos de felicidad. Como afirma Hugo: «Ahora que lo pienso, en mi vida, como en tantas vidas, ha pasado un poco de todo, quiero decir que he cultivado casi todos los géneros y subgéneros literarios y en general artísticos, la comedia, el drama, la farsa, el esperpento, la novela de acción y de suspense, la novela psicológica, la policíaca, la erótica, la realista, la didáctica, el folletín, el sainete, y qué sé yo cuántos más» (p. 93).

Y aunque esa idea de la existencia como una mezcla de drama y de comedia, de tragedia y de sainete, se repite a menudo en el libro, en esta ocasión Landero es más trágico que festivo, más amargo que complaciente, pues la de Hugo es una vida poco ejemplar, aunque él no sienta vergüenza ni remordimientos por el chantaje a sus padres o el maltrato a su amigo Marco: su relato no es una confesión en la que se revelan los pecados a fin de redimirlos. Incluso cuando aparece alguna imagen en apariencia cómica, como la del protagonista en «el suelo, coronado de espaguetis y salsa de tomate, los lentes colgados de la nariz» (p. 262), predomina en ella un acento de fracaso y desolación.

Dividida en dos partes, cada una con trece capítulos y con un idéntico número de páginas, la primera es una novela de formación, género que de un modo u otro está muy presente en la obra de Landero, y se cierra al comenzar la segunda parte con la marcha del protagonista al servicio militar, considerada tradicionalmente como el inicio de la edad adulta. Esa adscripción genérica también se evidencia cuando, en un pasaje clave, Hugo reconoce haber aprendido una trascendente lección moral, relacionada con el título La vida negociable: que con el paso del tiempo, para eludir la angustia o el remordimiento, aprendemos a convivir con errores y vilezas, apartamos la culpa a un rincón donde no la veamos y terminamos encontrando justificación a nuestros actos más indignos: «Aprendí que, por muy bajo que uno caiga, mal que bien acaba por amoldarse a su situación. Se mueve y se remueve hasta encontrar una postura más o menos cómoda. Eso es todo. Se adapta al medio. Porque en el oscuro trasmundo de cada individuo solo y desabrigado, la ley de la supervivencia puede más que los imperativos éticos» (p. 132). Hugo Bayo, además de soñador, se ha convertido en un villano, como él mismo reconoce: «Ese soy yo, y eso es todo cuanto puede decirse de mí y de mi paso por el mundo. ¿Hugo? Un inútil, y en voz baja: Y una mala persona» (p. 219). Y en efecto, hay otros personajes de Landero a los que nos alegraríamos de volver a ver antes que a Hugo Bayo.

La novela brilla en este y en otros párrafos similares en los que Hugo incursiona en su yo, se pregunta quién es y toma conciencia de sí mismo, de su identidad, de su incapacidad para el amor, de lo contradictorio de sus actos y lo volátil de sus ideas, de las tensiones simultáneas con que tiene que lidiar, sin llegar a establecer un desenlace: la novela no tiene un final cerrado, que hubiera sido incoherente con el afán, con los vaivenes perpetuos que dominan el carácter del protagonista.

La vida negociable comienza con un apóstrofe a los lectores similar al que se pronuncia en los espectáculos de magias y prodigios: “«Señores, amigos, cierren sus periódicos, apaguen sus móviles, pónganse cómodos y escuchen con atención lo que voy a contarles» (p. 11). Y la fórmula no es inapropiada, porque el relato resulta extraordinario, como cualquier vida bien narrada en la que se alternen miserias y prodigios, palabra esta que, dicho sea de paso, aparece en la novela en veintisiete ocasiones, como sustantivo o en formas adjetivales. Los avatares que le suceden a Hugo Bayo están ordenados cronológicamente, incidiendo en los momentos de cambio, en los giros del destino o en las intervenciones del azar, pero enlazados de forma fluida, sin staccati, sin dejar huellas de soldadura entre uno y otro.

El lenguaje destaca por la oralidad, por la soltura con que se pasa del estilo directo al indirecto, por unos diálogos que se funden con tanta naturalidad en el discurso que resultan innecesarios los guiones y las acotaciones. Landero escribe una prosa admirable, limpia de grumos y de estorbos: al terminar de leer cualquiera de sus páginas, levantamos asombrados la vista, pero no sabemos cómo lo ha hecho, qué sortilegios utiliza, pues no recurre a ninguna artillería retórica ni despliega artificios lingüísticos para rendir nuestra plaza de lectores. Creo que es a esto, y a que en La vida negociable hay más aventuras verdaderas que en media docena de agitadas novelas de ciencia ficción, a lo que se refiere la crítica cuando lo califica de escritor cervantino. Si hay una tradición barroca con tendencia a relatar hechos normales con palabras extraordinarias –Quevedo o Valle-Inclán? o con estructuras complejas, Landero pertenece a una corriente que desdeña construcciones y deconstrucciones y relata cosas extraordinarias que suceden a personajes cotidianos, sin alzar la voz y con palabras normales, pero brillantemente organizadas. Así, por ejemplo, describe a un profesor de matemáticas que «tenía mucha carne en la cara. Parecía ciego» (p. 15). En principio no hay ninguna ilación lógica entre la abundancia carnosa en el rostro y la ceguera y, sin embargo, y a pesar del punto que separa las dos frases –la segunda aparece por sorpresa, provocando extrañamiento?, ambas imágenes configuran una muy expresiva estampa del personaje.

Sólo cabe cuestionar si la voz del personaje-narrador Hugo Bayo no se parece demasiado a la voz del narrador-autor Luis Landero, que ha escrito otras novelas en tercera persona con la misma cadencia, con vocabulario, acento y sintaxis muy parecidos. La voz autoral se solapa y se aloja dentro de la de Hugo Bayo, pero quizás esto confirma que Landero no es de esos escritores camaleónicos que cambian de estilos y de temas, sino de los que, como él mismo dice, una y otra vez muelen el mismo grano en el mismo molino.

Acaso, a la postre, toda su escritura no haga sino extraer de la materia bruta de la realidad cotidiana unos elaborados relatos que reflejan, con lúcido escepticismo, estos tiempos de confusión y posverdad en los que no es fácil hallar salidas honorables para el individuo.

Eugenio Fuentes es autor de un volumen de cuentos, Vías muertas (1997), otro de artículos periodísticos, Tierras de fuentes (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010) y de los ensayos literarios La mitad de Occidente (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2003) y Literatura del dolor, poética de la bondad (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2013). Su detective privado Ricardo Cupido ha protagonizado sus novelas La sangre de los ángeles (Alba, Barcelona, 2001), Las manos del pianista (Barcelona, Tusquets, 2003), Cuerpo a cuerpo (Barcelona, Tusquets, 2007), El interior del bosque (Barcelona, Tusquets, 2008), Contrarreloj (Barcelona, Tusquets, 2009) y Mistralia (Barcelona, Tusquets, 2015). Es autor también de Venas de nieve (Barcelona, Tusquets, 2005) y Si mañana muero (Barcelona, Tusquets, 2013).

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