Archivo Revista de Libros

A la izquierda de la izquierda

Los últimos treinta años del siglo XX no han sido buenos para la izquierda. En los setenta se atascó la socialdemocracia, y en 1989 ocurrió una catástrofe: la caída del muro. El comunismo había sido algo más que un sistema de poder centrado en Moscú.

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Yo es otro: las políticas de identidad en los Estados Unidos

La Declaración de Independencia de los Estados Unidos se resume para nosotros en el segundo párrafo, y este párrafo en tres afirmaciones lapidarias y consecutivas. La primera dice que todos los hombres son iguales; la segunda, que han sido dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables; la tercera incluye, entre los últimos, el derecho a la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad. El orden auspiciado por Jefferson y ratificado trece años más tarde por los constituyentes franceses no impuso su lógica, claro es, de la noche a la mañana. Se tardó en separar el voto del nivel de renta, se tardó en suprimir la discriminación racial, se tardó en incorporar a las mujeres a las urnas. La democracia empezó siendo invariablemente censitaria (excepto por el brevísimo y estéril experimento de los revolucionarios franceses en 1792) y sólo para uso de varones (en los Estados Unidos, el sufragio se extiende a las mujeres en 1920; en España, en 1931; en Francia, en 1944; en Italia, en 1945). Pese a todo, la igualdad, en conjunto, ha ido inequívocamente a más. La discriminación en razón del género o la raza ha perdido peso en la ecuación social, y por mucho que haya repuntado el coeficiente Gini durante los últimos decenios en los Estados Unidos y Gran Bretaña, y algo más tarde en la Europa continental, resultaría extemporáneo sostener que el Estado Benefactor no ha servido para nada y que hemos sido devueltos a las rudezas del xix o del final de la Belle Époque. ¿Podemos concluir de aquí que el proceso igualitario no se ha interrumpido? El libro de Francis Fukuyama, un libro consternado, nos advierte de que contestar a esta pregunta se ha hecho, de pronto, muy complicado. Su argumento no es el convencional, a saber, que bajo la igualdad aparente se esconden formas de desigualdad pertinaces e injustas. No, el problema, para Fukuyama, no es económico sino ideológico. La cuestión, el busilis, reside en que un concepto inédito, conocido en los medios filosóficos y políticos como «identidad», ha enturbiado la propia noción de individuo y, de paso, los criterios para determinar cuándo dos individuos son iguales.

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Du côté de chez Duchamp

Es frecuente que el arte contemporáneo nos confunda, unas veces por incomprensible y otras por excesivo. Les daré un ejemplo literalmente descomunal: según nos informa la autora en la página 290 de su libro, el madrileño Santiago Sierra negoció con un museo la venta de una instalación de ochocientas toneladas de peso. ¿Para la primera planta? No señor, para la última. Un elefante africano de sabana oscila entre las cinco y las siete toneladas, según el sexo, de donde se desprende que el mamotreto de Santiago Sierra habría hundido cualquier espacio en el que no pudieran juntarse sin riesgo ciento sesenta hembras elefantinas adultas, apretadas las unas contra las otras. Los técnicos echaron cuentas, y el proyecto salió adelante por los pelos. El desafío a lo déjà vu adopta en ocasiones formas más sibilinas. Allá por los sesenta, Sol LeWitt inauguró un género consistente en pintar murales… con fecha de prescripción. Al cabo de unos días la pared se revocaba de nuevo y desaparecía la obra o, mejor, su provisional materialización en el espacio/tiempo. ¿Fin de la historia? Todavía no. Un diagrama, debidamente acreditado por el autor en un documento anexo, permitía reproducir la misma imagen en cualquier otra pared que se pusiera a tiro. 

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Los conservadores y la revolución 

La Revolución Francesa ha generado hechos diversos, unos más notorios que otros. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, La Marsellesa, la escarapela tricolor o el asalto a la Bastilla forman parte del repertorio que los niños aprenden en las escuelas o el cine escenifica en la pantalla. Pero hay un segundo lado. La Revolución produjo también el conservadurismo: puede decirse que no empieza a haber conservadores, tal como ahora se entiende el concepto, antes de las reacciones y resistencias despertadas en Europa por las novedades del 89 y sus secuelas. Inició la ofensiva un diputado británico, Edmund Burke. La palabra, que no la idea, aparece unos años más tarde, en unos papeles aderezados por Mme de Staël durante los amenes del Directorio. La hija de Necker propone que se contenga a los jacobinos por el lado izquierdo, y a los absolutistas por el derecho, interponiendo entre ambos un «Cuerpo Conservador» de notables designados de por vida. La intención, evidentemente, es conciliadora: se trata de acompasar el tic-tac de la historia, no de volver hacia atrás las manillas del reloj. 

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Houellebecq contra la libertad

Michel Houellebecq ha generado tres clases de adictos: los tipos más bien à droite que se divierten leyendo maldades sobre los tipos más bien à gauche; los tipos à gauche, incluso très à gauche, apremiados por el deseo de saber lo que piensa la droite; y finalmente los adolescentes en busca de cochinadas. De cochinadas referidas al sexo, por supuesto. Pero el erotismo de Houellebecq es poco erótico. Reviste un carácter clínico, casi forense, y el adicto al género no se sentirá más estimulado por tal o cual pasaje escabroso que por La lección de anatomía de Rembrandt. 

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La invención del individuo

¿Tiene sentido imaginar un pasado en que había hombres, aunque no individuos? La pregunta suena rara, o quizá estúpida. ¿Cómo Juan, Pedro y Pablo, en la medida en que existen y son hombres, no van a ser individuos? Y si lo son, ¿por qué no habrían de serlo igualmente sus tatarabuelos, y los tatarabuelos de sus tatarabuelos, y así de corrido hasta aburrirse? 

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Se va la prensa; viene Internet

Out of Print es varias cosas a la vez. Desde luego, una historia del periodismo reciente. Pero también un cronicón o inventario de sucesos invariablemente calamitosos. Remito al lector a la página 76, donde se ve cómo tres grandes curvas descienden en paralelo a largo del período 1980-2010. ¿Por qué bajan las curvas? Porque también lo hizo la difusión de la prensa británica en sus tres encarnaciones principales: regional, nacional y dominical. El saldo le deja a uno out of breath, que dirían los paisanos de Brock: en 2010 se vendieron la mitad de periódicos que en 1980. 

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Almas, embriones, personas

Mi carta de febrero (La ley del aborto) motivó varias notas y observaciones y pocos o ningún exabrupto, hecho infrecuente cuando se enfila un asunto de valor simbólico alto y evidentes consecuencias prácticas. No puedo sino felicitarme. Me habría gustado responder a cada una de las apostillas. 

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La ley del aborto

Dos cosas se pueden decir con seguridad sobre la ley del aborto, conocida también como ley Gallardón. Uno: el Gobierno ha metido la pata. Dos: el estrépito formidable levantado por la ley en los medios de comunicación no ha producido, ni siquiera favorecido, un auténtico debate. 

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Crónicas de trastiempo

El leitmotiv de estas crónicas de trastiempo es que nos ha tocado vivir un tiempo oblicuo, irregular. La democracia ha entrado en una nueva fase, y tanto el arte, como la política o las costumbres, parecen obedecer a lógicas nuevas y no fáciles de entender.

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¿Dónde están los intelectuales?

¿Dónde están los intelectuales? Esta pregunta se ha hecho frecuente en tertulias y diarios, y más que una pregunta, es una interpelación. El interpelado, por supuesto, es el supuesto intelectual, a quien se reprocha permanecer silente y como escondido en un momento de tribulación nacional. Las instituciones se tambalean, las creencias han entrado en cuarto menguante, el personal anda como azogado. Y miren ustedes por dónde, el que tendría que dar un paso adelante y menudear diagnósticos e ideas, y abrir caminos, y ponerse al frente, no dice «esta boca es mía». Me confieso genuinamente perplejo ante esta petición de socorro, mitad indignada y mitad inspirada por una especie de piedad filial. En efecto, los intelectuales no saben/no contestan… desde hace un cuarto de siglo por lo menos, tirando por bajo. Nadie, de añadidura, los ha echado en falta. Pensemos en la Transición española, nuestro gran momento de transformación colectiva. ¿Qué papel desempeñaron los intelectuales? Ninguno que yo recuerde. La Constitución se ventiló bajo la tutela de Abril Martorell y Alfonso Guerra, dos hombres de partido. El primero se hallaba rigurosamente intonso en materia de lecturas, y el segundo era un aspirante a aspirante a aspirante… (reiteren la cláusula dilatoria todas las veces que les venga en gana) de intelectual.

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La democracia naufragada

Antonio Muñoz Molina y yo somos amigos y casi de la misma edad (le saco dos años). Lo de la edad es importante, no por la magia cohesiva que se atribuye a las generaciones, sino porque empatar en edad es empatar en algo infinitamente más importante que las opiniones: a saber, la posición vital. En esencia, Muñoz Molina y yo éramos muy jóvenes cuando murió Franco, y la política profesional nos caía a desmano. Con cinco, seis años más a la espalda, es posible que nos hubiésemos aproximado a las cosas desde un encuadramiento partidario. O quizá no, porque no creo que nos haya llamado Dios por ese camino. El caso es que la muerte de Franco nos sorprendió estudiando, no militando en sentido estricto. Al revés que Antonio, yo ni siquiera militaba en sentido laxo. Estaba cursando quinto de Física, rama teórica, y la política me interesaba como puede interesar la teología a un no creyente. De La sociedad abierta y sus enemigos, de Popper, o de Capitalismo, socialismo y democracia, de Schumpeter, no se pasa a la acción directa sin dar un paso que yo no di. Esto, en lo que mira a las cosas que se hacen. En lo tocante a las que se piensan, absorbí muchas de las certezas rutinarias que saturaban el ambiente y a las que era casi imposible sustraerse por aquel entonces. Estas certezas no se revelaban en forma de argumentos, sino de reflejos.

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