Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 10 de Enero. ¡Feliz Navidad!

Los inmóviles

En el comienzo de La Chunga, una obra ambientada enteramente en un bar de mala muerte, cuatro jugadores de dados interrumpen una partida para entonar, al compás de una guitarra, el «himno» de su amistad: «Somos los inconquistables / que no quieren trabajar; / sólo chupar, sólo vagar, sólo cachar». Alzan la voz como en son de guerra, pero más bien acusan la derrota con que cargan. ¿Qué más pueden hacer esos zánganos si no es chupar, vagar y cachar? La dueña del barcito, una mujer curtida a la que llaman o apodan La Chunga (Aitana Sánchez-Gijón), los mantiene aceitados con una botella de cerveza tras otra y, cuando intentan sobrepasarse, les frena enérgicamente el carro («Alto ahí, concha de su madre»). La escena, en esencia, es siempre la misma. Estamos en los años cuarenta en Piura (Perú), y en una sociedad donde la pobreza es proporcional al paternalismo y ambos a la injusticia; la inmovilidad recuerda casi el infierno sartreano.

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Café Batavia

Uno de los pocos edificios coloniales que se conservan en buen estado en Batavia, al norte de la inmensamente más grande Yakarta de hoy, es un café con el mismo nombre de la antigua capital colonial holandesa. El café se presenta como un resto venerable de aquellos tiempos, pero eso es verdad sólo en parte. El edificio que lo alberga data, efectivamente, de comienzos del siglo XIX, pero en la era colonial cobijaba un almacén de abarrotes, destinados a salir hacia la metrópoli desde el puerto cercano. El café actual es una creación reciente en busca de nueva identidad en la nostalgia. Nostalgia no de la colonia en sí misma, porque esto sería anatema para los clientes que hoy lo frecuentan, en su mayoría turistas extranjeros. Por el aspecto de los que yo he podido ver, muchos de ellos se abstendrían de pisarlo si fuera ésa la razón de su existencia. La nostalgia que efluye del Café Batavia es otra.

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¿Dónde están los intelectuales?

¿Dónde están los intelectuales? Esta pregunta se ha hecho frecuente en tertulias y diarios, y más que una pregunta, es una interpelación. El interpelado, por supuesto, es el supuesto intelectual, a quien se reprocha permanecer silente y como escondido en un momento de tribulación nacional. Las instituciones se tambalean, las creencias han entrado en cuarto menguante, el personal anda como azogado. Y miren ustedes por dónde, el que tendría que dar un paso adelante y menudear diagnósticos e ideas, y abrir caminos, y ponerse al frente, no dice «esta boca es mía». Me confieso genuinamente perplejo ante esta petición de socorro, mitad indignada y mitad inspirada por una especie de piedad filial. En efecto, los intelectuales no saben/no contestan… desde hace un cuarto de siglo por lo menos, tirando por bajo. Nadie, de añadidura, los ha echado en falta. Pensemos en la Transición española, nuestro gran momento de transformación colectiva. ¿Qué papel desempeñaron los intelectuales? Ninguno que yo recuerde. La Constitución se ventiló bajo la tutela de Abril Martorell y Alfonso Guerra, dos hombres de partido. El primero se hallaba rigurosamente intonso en materia de lecturas, y el segundo era un aspirante a aspirante a aspirante… (reiteren la cláusula dilatoria todas las veces que les venga en gana) de intelectual.

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