
La libertad de expresión en Cosmópolis
Que la libertad de expresión está de actualidad en España es indudable. De hecho, la oímos invocar constantemente: por ejemplo, cuando se ha pitado el himno nacional en algún encuentro futbolístico presidido por el rey de España, se nos ha dicho por parte de los patrocinadores de la protesta que nadie tiene derecho a una reparación, y que la libertad de expresión está por encima de todo. Igualmente, tras los terribles atentados en Barcelona del 17 de agosto de 2017, la manifestación de solidaridad y respeto hacia las víctimas que se celebró el 26 de agosto fue apropiada para la causa independentista catalana con profusión de banderas secesionistas e insultos al rey, y quienes ignoraron la prioridad del respeto a los afectados y el pluralismo de la sociedad alegaron nuevamente el valor sagrado de la libertad de expresión. Por tanto, si a alguien le molestó, nos dijeron, que se aguante. Lo mismo podría decirse de las quemas de banderas constitucionales; de retratos del jefe del Estado, etc. Se diría que en España la libertad de expresión es un burladero sagrado e infranqueable desde el que puede insultarse impunemente a los demás.









