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José Antonio: vida, ideario y recepción

En un libro publicado hace un par de décadas, señalaba Stanley G. Payne que José Antonio Primo de Rivera, el «José Antonio» de la Falange, era el segundo español del siglo XX, luego de Francisco Franco, a quien se habían dedicado más estudios biográficos. En los años transcurridos desde entonces se han agregado varias docenas de ensayos, libros y artículos sobre el personaje con el fin de recuperar nuevos detalles de su vida, fijar su papel como dirigente e ideólogo del fascismo español o resituar su figura en las coordenadas políticas de la Segunda República a la luz de las recientes investigaciones sobre el período. En esta producción bibliográfica, abierta ya en los años treinta, abundan los textos «apasionados» de apologética y son mucho menos numerosas, aunque de apasionamiento similar, las monografías destinadas a demonizar al personaje. Y contamos también con una cantidad relativamente pequeña, aunque creciente conforme aumenta la distancia cronológica con el personaje y sus epígonos, de investigaciones académicas dotadas de la necesaria objetividad y de una metodología rigurosa.

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¿Seremos capaces de innovar?

Pocas dudas pueden existir acerca de que el persistente paro es el gran problema de la economía española, con evidentes implicaciones económicas y con enormes costes sociales. El paro ha encabezado tozudamente la lista de preocupaciones de los españoles en los periódicos sondeos del Centro de Investigaciones Sociológicas; tan solo el terrorismo y la amenaza de ETA generaron una preocupación similar hasta que la banda terrorista declaró el alto el fuego. Su importancia no disminuye: mientras la media de la eurozona había recuperado en 2016 el nivel de empleo previo a la crisis, en España este era todavía un 11% inferior al de 2007. Y tenemos aún dos millones y medio más de parados que al inicio de la crisis, a pesar de la salida de inmigrantes. El continuado y elevado paro tiene muchas facetas, difícilmente reducibles a unas escuetas cifras: a) las limitaciones de nuestra estructura productiva para crear empleo y, muy especialmente, para crear empleo de calidad, de alto valor añadido, estable y con salarios adecuados a tal nivel de capacitación; b) la dificultad para incorporar de nuevo a los parados al mercado de trabajo y su consecuencia natural, a saber, un elevado paro de larga duración, reflejo a su vez de una inadecuada estructura de las políticas activas de empleo y un insuficiente desarrollo de los procesos de formación continua, especialmente de la formación en el puesto de trabajo; c) el reducido peso de las actividades de emprendimiento.

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La despoblación, desenfocada

Ocurrió el 25 de octubre de este año, durante la sesión de control al Ejecutivo en el Congreso, centrada especialmente en los sucesos de Cataluña. Una diputada hizo esta pregunta a la ministra de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente: «Señora ministra, a la luz de hechos como que Castilla y León pierde sesenta y cuatro habitantes ?es decir, siete personas por provincia y día? que tienen que emigrar, que no encuentran empleo ni ninguna posibilidad, que más de dos mil quinientos pueblos en España están en riesgo de desaparecer en los próximos quince años, que ciento cinco comarcas rurales están dentro de lo que la Unión Europea considera desierto demográfico, o que en los últimos diez años hemos perdido ochenta y dos explotaciones diarias, en su gran mayoría pequeñas y medianas, ¿qué va a hacer el Gobierno para hacer frente a la despoblación en las zonas rurales?»

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Ser japonés

Durante la Era Kamakura dejamos de comer carne, me cuenta un amigo japonés. «Dejamos», dice. Nosotros dejamos de comer carne. Han pasado casi setecientos años desde que terminó la Era Kamakura, de 1185 a 1333, pero un japonés de hoy, en pleno siglo XXI, considera que son ellos, él mismo, el grupo a que él pertenece, a quienes hace ocho o nueve siglos les pasó eso que cuenta. Españoles, franceses, italianos… no diríamos: «Hace ocho siglos no comíamos patatas»; nos parecería rara esa pertenencia a un grupo que existió hace tanto tiempo, aunque sean quienes ocupaban el lugar que ocupamos nosotros y fueran nuestros antepasados.

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¿Qué es una crítica de cine?

Mi afición al cine procede de mi infancia. Sé que no es nada excepcional, pero no está de más señalar que –en mi caso? esa inclinación se gestó entre los años sesenta y setenta, cuando aún constituía un acontecimiento que cualquiera de los dos únicos canales de televisión incluyera en su programación películas de John Ford, Alfred Hitchcock o Billy Wilder. En esa época, Fort Apache, Con la muerte en los talones o Testigo de cargo no eran viejas reliquias reservadas a un puñado de cinéfilos que ya han superado los sesenta años y que cada vez viven más en el pasado, sino estupendas películas que concitaban el interés de la mayoría de los espectadores, cuya sensibilidad demandaba buenas historias, grandes actores, una fotografía seductora y un director capaz de combinar los distintos elementos que componen la ficción cinematográfica. Si la memoria no me falla, el vídeo no llegó hasta los años ochenta y, en esas fechas, mi pasión por el cine ya era algo firme e indestructible, con sus filias y sus fobias. A los catorce años, ya tenía muy claro qué me gustaba y qué me desagradaba. Desde entonces, mi criterio apenas se ha modificado.

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La clínica del Dr. K

Imagino a Sara recién levantada, ojerosa y somnolienta después de una primera noche de inquietud y zozobra. Agradece el tazón de café instantáneo con leche en polvo que Silvia le ofrece y empieza a animarse cuando comprueba a través de la ventana que hace sol. No le desagrada el tacto rugoso del suelo de ladrillo en sus pies descalzos, pero se siente incómoda con la humedad ambiental. No ha terminado de beberse el café cuando Silvia le apremia para que se prepare: «Debemos llegar antes de que se abra la consulta para que pueda presentarte».

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La ideología del clima

No falla: en cuanto llega el invierno, aparecen las bromas sobre el cambio climático. Y es que si hace frío, ¿cómo va a estar calentándose el planeta? Del sarcasmo correspondiente ha participado el mismísimo presidente estadounidense, un Donald Trump que el pasado 29 de diciembre escribía en Twitter que, con unas temperatuas tan bajas como las registradas durante las últimas semanas en la costa oriental de Estados Unidos, a su país le vendría bien un poco de ese calentamiento global que tan caro habría salido a los norteamericanos si gracias a él no se hubieran desvinculado del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Así que apenas unos meses después de que la temporada de huracanes azotase el Caribe con especial fiereza, bajo una obsesiva atención mediática que para algunos comentaristas pertenece de pleno derecho al género del «porno de desastres», el negacionismo climático encuentra nuevos motivos para reivindicarse.

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Tras la pista de los nazis

Cuando cerramos los ojos y conciliamos el sueño, los monstruos salen de su escondite y comienzan a hostigarnos. Durante mi adolescencia, el Dr. Szell aparecía una y otra vez en mis pesadillas, acercándose con un torno dental en la mano para torturarme despiadadamente. Interpretado por Laurence Olivier, el Dr. Christian Szell era la versión cinematográfica del tristemente célebre Dr. Josef Mengele en Marathon Man (John Schlesinger, 1976). Dos años más tarde, Olivier cambiaba radicalmente de papel, interpretando al famoso cazador de nazis Simon Wiesenthal en Los niños del Brasil (Franklin J. Schaffner, 1978). En esa ocasión, Gregory Peck asumía el reto de ponerse en la piel del sádico médico de Auschwitz. Peck sobreactuaba, convirtiendo al personaje en un monigote siniestro. Inspiraba miedo, pero no tanto como Olivier, más contenido y creíble. No me ruboriza admitir que a veces me deslizaba entre las sábanas, sobrecogido por la perspectiva de encontrarme con el Dr. Szell. Por entonces yo tenía catorce años y había sufrido desagradables experiencias en la consulta del dentista, lo cual tal vez explica que la escena de la tortura con un torno dental protagonizada por un feroz Olivier y un aterrorizado Dustin Hoffman se alojara sólidamente en mi inconsciente. 

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Un reino junto al mar

No es casual que el protagonista de La isla de Arturo tenga nombre de rey. Prócida, una isla de apenas cuatro kilómetros cuadrados situada en el golfo de Nápoles, es al comienzo su reino junto al mar. En ese territorio hay «caminitos solitarios flanqueados por muros antiguos», «huertos y viñedos que parecen jardines imperiales», «playas de arena clara y delicada» y un oleaje «apacible y fresco» que «se deposita en la arena como el rocío». Arturo, recién entrado en la adolescencia, no va a la escuela, no conoce reglas y pasa el tiempo vagando o leyendo los libros que encuentra en casa, un palacete señorial de dos plantas con unos tres siglos de antigüedad. Desde que tiene memoria, su padre, un italoalemán llamado Wilhelm Gerace, se ausenta largas temporadas, dejándolo al cuidado de un ayo o, simplemente, a la buena de Dios. El retiro, el sol y el aire mineral crean una atmósfera propensa para la fantasía.

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Apología de una apología

«Para un matemático profesional, es una experiencia melancólica encontrarse a sí mismo hablando, o escribiendo, en torno a las matemáticas. La función de un matemático es hacer algo, demostrar nuevos teoremas, realizar alguna contribución a las matemáticas y no tratar sobre lo que él u otros matemáticos han hecho». Así arranca este espléndido ensayo del matemático inglés G. H. Hardy escrito en el año 1940, cuando contaba sesenta y dos años de edad y convalecía de un infarto sufrido el año anterior. En el prólogo que C .P. Snow redactó para la edición de 1967, describe la Apología como «un lamento apasionado por una potencia creativa que antes estaba pero que se ha ido para no regresar». El ensayo de Hardy contiene además otros muchos e interesantes registros, como también lo hacen el mencionado prólogo de Snow y la introducción de José Manuel Sánchez-Ron para esta nueva edición de la editorial Capitán Swing que aquí comentamos, y cuya traducción al castellano ha realizado Pedro Pacheco.

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La emoción física de la lengua

Tensada en sintaxis elástica y repentinamente sobrecogida en palabra aislada, la lengua de Pascal Quignard ejerce fascinación sobre su lector. No hace falta salir de la obra del autor para explicar tal efecto: fascinus –precisa en El sexo y el espanto– quiere decir en latín lo que en griego se denominaba ??????, y el fascinado es aquél que no puede separar su vista de ese vigoroso objeto. Que la lectura sea una escena cargada por una tensión semejante es precisamente el centro de estos Pequeños tratados, donde puede leerse explícitamente aquello que el escritor pretende: «Fascinar. Emocionar físicamente al lector a través del libro que se escribe. Retenerlo en torno a uno mismo. Ser amado extraordinariamente. Sexualidad extraña la de los ídolos de piedra: placer imaginario que el fiel les supone». O que el propio escritor supone en sí mismo. Léase –en otro lugar del libro y como al desgaire–: «Se me perdonarán estos fragmentos, estos espasmos que sueldo».

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Cosmopolitismo de muy largo alcance

Desde su mismo planteamiento, el libro de Luca Scuccimarra me ha impresionado tanto por la amplitud de su horizonte histórico como por el aguzado estilo crítico de conjunto y el manejo de numerosas fuentes. Es admirable siempre en el manejo preciso de los textos citados, bien elegidos y muy bien comentados. Desde los filósofos griegos a los grandes pensadores de la Ilustración, sobre los que él ha escrito en otras ocasiones, analiza y perfila en cada momento la noción de cosmopolitismo. Y atendiendo a la tensión dialéctica mantenida entre los partidarios de ese ideal universal y los defensores de una ética fundada en muy definidos valores patrios.

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Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.