Filosofía del humor (y viceversa)
Esto que voy a escribir no debería decirlo, primero porque en sí mismo no queda bien y, segundo, porque yo mismo, profesor de filosofía, debería ser el último en reconocerlo, aunque sólo fuera por prurito profesional. Pero, a pesar de todo, voy a lanzarme y, como dicen por ahí, que sea lo que Dios quiera. Voy a decirlo porque pienso que es así: cuando los filósofos se deciden a reflexionar sobre la risa y el humor en general –algo no muy frecuente en el gremio, dicho sea de paso– se ponen graves, solemnes, trascendentes. Adoptan el mismo tono que si estuvieran tratando del noúmeno o el Dasein. Más aún. No hace mucho señalaba yo en esta misma sección que, como si se hubieran puesto de acuerdo o se tratara de una ominosa conjura, los filósofos más circunspectos, envarados y pesimistas de la tradición occidental eran los que paradójicamente más atención habían dedicado en sus obras a preguntarse acerca de las causas, significados e implicaciones de la risa en el comportamiento humano.













