Palmagallarda. I. Rosas, calas y magnolias
Ignacio Romero de Solís
Sevilla, Renacimiento, 2015
688 pp. 20 €

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Acaba de ser fundado, a dos horas en coche de Sevilla, un nuevo territorio literario. Bajo el sugerente topónimo de Recuerda, el veterano periodista Ignacio Romero de Solís (Sevilla, 1937) ha levantado una pequeña ciudad como decorado de un proyecto novelístico insólito en nuestros días, casi temerario. Palmagallarda, en efecto, no es una novela de nuestro tiempo, y eso es algo positivo, en el sentido de que se agradece mucho que alguien escriba liberado del calendario, desatento a las modas, rebelde ante las «obligaciones» estilísticas de hoy, pero tiene también sus inconvenientes, pues era francamente difícil estar a la altura de la ambición histórica y la melodía costumbrista que plantea la novela.

Estas Rosas, calas y magnolias, con sus seiscientas ochenta páginas, constituyen sólo el primer volumen de lo que, al parecer, será una trilogía. La acción de este tomo comienza en la primavera de 1936, recién vencidas las elecciones generales por el Frente Popular, y termina exactamente el 18 de julio de 1936, tras los primeros incidentes, abusos y crímenes que produce en Recuerda la reacción de los milicianos ante el alzamiento militar. Y, sin embargo, los acontecimientos históricos de aquellos meses ocupan un lugar francamente pequeño en lo que se cuenta, aunque en ningún momento se permite que el lector pierda de vista lo que está ocurriendo en España y que, por supuesto, condiciona de modo determinante la cotidianeidad secularmente tranquila, serena y hasta francamente ociosa de los Palmagallarda, la privilegiadísima familia que protagoniza la narración.

Con una prosa de cadencia proustiana, pero invariablemente lineal (aquí no leemos ningún recuerdo, la acción no deja lugar para ningún flash-back, sino que es puro y continuo presente), y con un afán de exhaustivo desmenuzamiento de la realidad cotidiana de lo que podría ser un prototipo de las clases altas andaluzas, propietarios y terratenientes que llevaban viviendo exactamente igual desde hacía tres o cuatro generaciones, el lector no asiste a la lenta decadencia de esos abolengos, hundidos por el propio trabajo del tiempo (al estilo de lo que, referido al mundo mediterráneo, hemos leído en Lampedusa, Bassani, Llorenç Villalonga o las memorias de Juan Gil-Albert, y los cito porque lo que se cuenta, a veces, recuerda a éstos), sino que se le hace ser testigo de la brusca interrupción de esa adinerada paz, primero amenazada y después atacada por los acontecimientos sociales y políticos de nuestros años treinta.

Aunque Palmagallarda se deja leer con permanente placer, con un ritmo demorado y suave que se corresponde bien con la vida cómoda y plácida de los personajes, produce cierta impaciencia, casi incomodidad, la lentitud con que van presentándose los personajes o con que se nos introduce en la privacidad de esa casa. Es admirable el modo en que Romero de Solís despliega una enorme y asombrosa erudición sobre las cosas menudas de la vida doméstica diaria, con saberes pormenorizados y golosamente expuestos sobre cuestiones gastronómicas, botánicas, ornitológicas, flamencológicas, arqueológicas, históricas, climatológicas o cinegéticas, y ascendiendo de cuando en cuando a conversaciones sobre pintura, ciudades o libros, como en esa deliciosa y envidiable lista de regalos de la página 158 (Maurras, Huxley, Bernanos, Stendhal, Verne, Reclus, Julien Green, Alain Fournier…) o la pequeña digresión sobre Azorín, a raíz de los libros de viajes por España de Richard Ford (p. 231). Otros personajes leen a Camoens o a Henry de Montherlant, se habla de Manuel Machado y hasta se producen cameos de Joaquín Turina o de Somerset Maugham. Pero, a cambio de eso, el lector tiene que perdonar muchas reiteraciones, y también informaciones rotundamente irrelevantes que, sin embargo, insisto, van creando esa melodía pausada, ese ritmo diseccionador, ese particular tempo que, al cabo, acompasa perfectamente a quien lee con la vida ociosa y mullida de esa gente, que de la dolce vita pasan sin demasiados problemas al dolce far niente hasta que sus privilegios comienzan a verse seriamente acosados.

Aunque desde el principio hay muchas alusiones a «las aguas que corren», comentarios sobre «tal y como están las cosas», conversaciones sobre la conveniencia de irse a veranear a Biarritz y no, como siempre, a San Sebastián, o, en fin, gestiones para trasladar las joyas de la familia a cajas fuertes de Lisboa, París o Gibraltar, lo cierto es que el primer suceso importante de la novela no llega hasta, exactamente, la página 400, y lo hace en forma de un incendio pavoroso en unos campos de la familia. La certeza de que el incendio ha sido un acto criminal acelera una trama que hasta ese momento ha sido fundamentalmente descriptiva.

Gracias a personajes secundarios que forman parte de la servidumbre, nos acercamos también a la privacidad de las clases trabajadoras. Si entre los señores hay un ambiente melómano y cosmopolita, entre ilustres linajes (véase, por ejemplo, la página 265), y un orden del día inalterable, con rezos del rosario, clases de piano, horas de lectura y, sobre todo, una importancia constitutiva de la comida (se nota que Romero de Solís es crítico gastronómico, porque en esta novela la trascendencia que se concede a las cuestiones de la mesa es tan exagerada que se hace casi estructural, y «Los señores están servidos» es una frase que, de tan repetida, funciona como un estribillo que articula o vertebra los sucesos), se diría que en la novela se atribuye a la gente humilde cierta brutalización, expresada ante todo en la crudeza de las escenas sexuales, principalmente prostibularias. Al igual que en La Celestina, se diría que sólo fornican las clases bajas, aunque lo cierto es que también se llega lejos al insinuarse algo parecido a un incesto entre una condesa y su hijo primogénito, y también se retrata en todos los estratos una homosexualidad no exactamente visible, pero sí evidente y, desde luego, activísima. Entre las clases populares, la animalización llega a cierto paroxismo en esa escena en la que Cala, el mozo de comedor, se mete en la cama en que duermen dos hermanas (una de ellas es su mujer) y penetra a una de ellas sin detenerse a comprobar si ha acertado con su esposa. En cuanto a los señores, la verosimilitud queda también algo comprometida al ver cómo una anciana de la nobleza aconseja a una malcasada que se divorcie, con la sorprendente añadidura de que el consejo va dirigido a su propia nuera (su hijo, efectivamente, ha desatendido por completo a su esposa y permanece ausente durante toda la novela, y en el único momento en que entra en escena, con una conversación con su hermano en Lisboa, parece sugerirse que, políticamente radicalizado, está flirteando con Falange Española).

Lo mejor de Palmagallarda, en fin, está, aparte del buen oído para los diálogos que se muestra en muchos momentos (una virtud narrativa muy poco usual), en ese detallismo antropológico sobre la vida intramuros, tanto la extremadamente relajada de los nobles como la angustiosamente ajetreada de los criados (y qué propio de pobres es esa necesidad de aprovechar el día). Y me resulta imposible evitar decir que lo peor de este libro no es culpa del autor, sino de la edición, que contiene un número de erratas simplemente inaceptable, hasta el punto extremo de que, dada la pulcritud habitual de los volúmenes de Renacimiento, cabe preguntarse si no se habrá enviado a la imprenta, por error, un archivo sin corregir o una versión no definitiva, pendiente de revisión. Aparte de que el uso de la puntuación exige ser revisado a fondo, a las innumerables erratas comunes, a las repeticiones léxicas o a la omisión de preposiciones necesarias (o la presencia de algunas que no deberían estar), se añaden pleonasmos, anacolutos, continuas faltas de concordancia, tiempos verbales defectuosos, tildes en demostrativos que van acompañados de su sustantivo, y una larga lista de pequeños o grandes desperfectos que emborronan un tanto el libro, pero que, en todo caso, no impiden el disfrute de la mucha y buena literatura que contiene. En las siguientes entregas de este ambicioso y estimulante monumento narrativo deberá mostrarse más cuidado en esos asuntos editoriales, pero, en el mismo umbral de la Guerra Civil, no sólo en ese aspecto del aseo formal del texto podemos confiar en que lo mejor está por venir.

Juan Marqués es poeta y crítico literario. Es autor de los poemarios Un tiempo libre (Granada, Comares, 2008) y Abierto (Valencia, Pre-Textos, 2010).

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