Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Caminos de la sutileza

Da igual si uno lee una traducción: uno «oye» a los personajes de Eudora Welty como si estuviera con ellos tomando el té en el hoy visitado jardín de la escritora en Jackson (Mississippi), o bourbon con olor a madera entre los dolientes de un velorio como el que cuenta en La hija del optimista. Algo que, por otra parte, suele suceder con los escritores del «Sur»: Faulkner, sin duda (paisano y contemporáneo suyo), Sherwood Anderson (el referente de varios de ellos) a veces Capote y también Flannery O’Connnor o Tennessee Williams. Aparte del fuerte acento lento y cadencioso, que la gente del sur de Estados Unidos lleva como una bandera frente al cerrado y para ellos brusco acento «yanqui»,

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Vivir primero

Hubo una vez un mundo sencillo en el que la gente se enamoraba al llegar la primavera y los viejos viudos millonarios, asustados por la soledad, se casaban con su ama de llaves. Un mundo en el que dependientas tan pobres como las de Dostoievski soñaban con que alguien les enviara un ramo de flores o las invitara a cenar para acceder a casarse, y en que la ciudad, Nueva York, era todavía un lugar inocente en el que un vagabundo, llegado el otoño, se esforzaba en romper alguna farola para pasar el invierno caliente y bajo techo… en la cárcel. Para decirlo rápido, el mundo humano de las ilustraciones de Norman Rockwell para el Saturday Evening Post, o el

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La decadencia cuando joven

No podría decir ahora si hay muchos escritores internacionales peor comprendidos que Tom Wolfe. Sucedió desde el principio, cuando junto a otros se le comenzó a llamar (mal) «Nuevo periodista» por la evidencia más bien banal de que escribía con licencias en apariencia revolucionarias en el empirista periodismo anglosajón. Sin embargo, en sus principales rasgos estos recursos se usaban en el periodismo europeo desde Maupassant, o desde antes incluso que BalzacVéanse Bel Ami y múltiples crónicas de Maupassant, e Ilusiones perdidas y textos periodísticos de Balzac. En definitiva, recursos de novelista con la liberación del estilo en la información periodística, salvedad hecha del fundamental de la invención de los hechos, frontera última y sospecho que insuperable entre periodismo y literatura.

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La verdad que respira

El prodigio de este libro consiste en la exhibición de una convincente memoria de anciano que nos persuade de haber conservado una frescura de niño, lo que refuerza la paradoja del bello título: ni allá lejos (en Argentina), ni tiempoatrás (a mediados del XIX ). Por su viveza y frescura, este libro escrito en 1917 consigue estar aquí y ahora. Si una infancia salvaje, o agreste, si se prefiere, que con algunos paréntesis podría ilustrar el Emilio, de Rousseau, produce una memoria tan extraordinaria en la vejez, habrá que ir pensando en lanzar a los niños en paracaídas sobre la Pampa argentina. El propio Hudson apunta al comienzo alguno de los hechos extraordinarios de su libro: el que, con motivo

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Maquiavelo entre los árabes

Más allá del estereotipo y la leyenda, que este libro, en su profundidad, combate, quizá lo que sigue convirtiendo a Lawrence de Arabia en un personaje extraordinario es que, como dijo Marlene Dietrich de Hemingway, «hizo lo que los demás sueñan». ¿No es ésa la definición misma del héroe? Y literalmente: pues en su, al parecer, decisiva intervención en la rebelión de las tribus árabes contra el imperio turco y la incipiente toma de conciencia de una nación árabe, Orens, como lo llamaban quienes había elegido como compañeros de revolución, no hizo otra cosa que cumplir con sus sueños de adolescente. Esta biografía pertenece a las que podríamos llamar de segunda generación. Esto es, intenta (y consigue) superar a las

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A ambos lados del catalejo

Uno de los primeros misterios de la relectura de Steinbeck es que, a diferencia de una inquietante cantidad de escritores, él resiste bastante bien el paso del tiempo. Y ello hasta el punto de suscitar –una vez más– cierta estupefacción por el hecho de que se le recuerde menos de lo que merece, y en todo caso menos que otros escritores simplemente más ruidosos. Aunque él guió su vida con esa idea tan estadounidense de que no puede haber escritura sin experiencia, mantuvo siempre la reserva sobre su vida con tanta pasión como el mismísimo Faulkner. Piénsese que –algo difícil de concebir en estos días–, tras el éxito de Cannery Row (1935), que proponía una alegre y semiácrata amoralidad, Steinbeck

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