Maquiavelo entre los árabes

Lawrence de Arabia

JOHN. E. MACK

Paidós, Barcelona, 676 págs.

Más allá del estereotipo y la leyenda, que este libro, en su profundidad, combate, quizá lo que sigue convirtiendo a Lawrence de Arabia en un personaje extraordinario es que, como dijo Marlene Dietrich de Hemingway, «hizo lo que los demás sueñan». ¿No es ésa la definición misma del héroe? Y literalmente: pues en su, al parecer, decisiva intervención en la rebelión de las tribus árabes contra el imperio turco y la incipiente toma de conciencia de una nación árabe, Orens, como lo llamaban quienes había elegido como compañeros de revolución, no hizo otra cosa que cumplir con sus sueños de adolescente.

Esta biografía pertenece a las que podríamos llamar de segunda generación. Esto es, intenta (y consigue) superar a las de primera, dedicadas a la construcción del mito, y a su derribo, que por supuesto también las hubo. De hecho aún hoy es fácil encontrar a quien, habiendo oído campanas de esas biografías, despacha a Lawrence de Arabia con un rápido: «¡Pero si es un mito, el invento de un periodista!».

No lo fue. Como demuestra esta biografía, detallada como un manual de relojería (y quizá por ello Premio Pulitzer), pero tan prolija que termina haciendo dudar de si la verdad de un personaje se construye por acumulación, como parece proponer el biografismo en boga, Lawrence fue varias cosas, pero en modo alguno un invento.

Y no sólo por sus operaciones políticas en nombre del imperio británico, algunas de las cuales parecen haber sido pensadas previendo el periódico de hoy (basta leer esta biografía para percibir cómo Oriente Medio no es en modo alguno una ciencia improvisada). Tampoco fue un invento en la creación de sí mismo como persona, fascinante proceso en el que Mack, psiquiatra, profundiza e insiste. Si bien esta creación sí tuvo algo de invento, en la medida en que Lawrence ya estaba en la mente del adolescente que dormía en un ataúd, rodeado de inscripciones funerarias, cuesta imaginar un héroe que, como un iluminado, se haya preparado con semejante anticipación y tenacidad espartana para una existencia excepcional que sólo él parecía vislumbrar.

Quizá tal predestinación viniese de su condición de forastero, o si se prefiere mestizo, como se definió más de una vez. Esto es, exiliado de las numerosas patrias que componen el perfil de la mayoría de los hombres, lo que acentuaba el carácter periférico que para Camus era la condición misma del artista (y Lawrence, a su modo, también lo fue).

Su padre fue el último baronet Chapman, que perdió el título al abandonar a su primera y áspera esposa, con quien tuvo cuatro hijas, y fugarse con la institutriz, que le hizo padre de varios varones, Lawrence entre ellos. Y aunque esta mujer, hija natural y de infancia dickensiana, retiró a su marido del alcohol y marcó a su familia con una disciplina de hierro de raíz religiosa, no logró sin embargo borrar un difuso sentimiento de bastardía que, a través de sutiles formas descritas por Mack, de algún modo moldearon la vida de Lawrence, junto con su herencia anglo-irlandesa (además de otras ascendencias), su condición de aristócrata arruinado, y la trashumancia de su niñez por provincias y Francia, huyendo de la alta sociedad británica que hubiera podido descubrirlos y señalarlos. Era el apogeo de la rígida convención victoriana.

Lawrence, como se sabe, era un erudito suboficial especialista en castillos de los cruzados y en arqueología de Mesopotamia cuando se encontró convertido, en una peripecia del imperio que muy bien hubiese podido contar Kipling, en un agitador y unificador político de las enemistadas tribus que hoy constituyen Irak, Jordania y Kuwait, para debilitar el imperio turco rival. La sorpresa (incluso para él mismo) fue que en esa labor tuvo un éxito por completo imprevisto, gracias a cualidades físicas dignas de un guerrero espartano, el espíritu perfeccionista que llevó siempre a todo lo que hizo y una osada inteligencia de Maquiavelo reforzada por su detenido y perspicaz estudio de la idiosincrasia árabe.

Al margen de la erudición especialista, Lawrence encarna la transición entre la normalidad del imperialismo y su anormalidad, y anunció con lucidez o ingenuidad un «imperialismo benefactor». Trabajó con lealtad de sargento en los objetivos de su imperio, y además con eficacia legendaria, pero luego llegó a la conclusión de que había ayudado a traicionar a los árabes y que «en esencia había sido un fraude», como refleja en su libro canónico Los siete pilares de la sabiduría, el muy trabajado relato de su aventura oriental. Como el Lord Jim de Conrad (que se le parece), para purgar su culpa no le alcanzó el resto de su vida, que vivió como un eremita en una cueva y en una etapa no por poco conocida menos interesante, refugiado como soldado raso, casi siempre en la fuerza aérea, hasta morir en un accidente de motocicleta, final armónico para quien amaba el movimiento y la velocidad.

De la caudalosa lectura de esta biografía queda, entre otras muchas, una pregunta insistente: ¿puede nuestra época producir personajes semejantes?

¿Por qué no?

Ficha técnica

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