Vivir primero
Hubo una vez un mundo sencillo en el que la gente se enamoraba al llegar la primavera y los viejos viudos millonarios, asustados por la soledad, se casaban con su ama de llaves. Un mundo en el que dependientas tan pobres como las de Dostoievski soñaban con que alguien les enviara un ramo de flores o las invitara a cenar para acceder a casarse, y en que la ciudad, Nueva York, era todavía un lugar inocente en el que un vagabundo, llegado el otoño, se esforzaba en romper alguna farola para pasar el invierno caliente y bajo techo… en la cárcel. Para decirlo rápido, el mundo humano de las ilustraciones de Norman Rockwell para el Saturday Evening Post, o el






