Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

La verdad literaria

Una vez, en un periódico, cité el que quizá sea el cuento de ciencia ficción más breve, de Anthony Burgess: «Aquel día el sol salió por el oeste». Pero me equivoqué y no lo cite así, sino mal: «Aquel día el sol salió por el este». Tal como yo lo escribí, el cuento decía la verdad: todos los días sale el sol por el este. Pero, al decir la verdad, se convertía en insignificante, en un sinsentido como cuento.

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Baroja descubre la acción sedentaria

A Baroja no le gustaba Proust. Le parecía trivial, local, cursi y muy pesado. No le veía porvenir. «Últimamente, en París, ese autor estaba en la curva descendente, y entre los escritores franceses había muchos que lo tomaban a broma», escribía Baroja en los años cuarenta del pasado siglo. Y contaba una anécdota: una señora, en París precisamente, acusó a Baroja de vaguedad, de perderse siguiendo a demasiados personajes. Baroja, según sus recuerdos, contestó: «A mí me parece también muy vago y muy poco interesante un libro que le interesaba a usted de Proust». No entendía el multitudinario interés por «un personaje que, al meter una magdalena en el café con leche, recuerda hechos pasados interminables». Después de reconocer que ningún bollo le ha producido «esas reacciones de palimpsesto», Baroja expresaba su incomprensión ante el hecho de que los lectores de Proust, «todos al parecer gente distinguida, acepten que uno de los suyos moje el bollo o la magdalena en el café». Además de insoportable, Proust era un maleducado.

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Simenon en familia

En los años treinta del pasado siglo, además de novelas populares, Georges Simenon escribía reportajes sobre sus viajes por Francia, África, Turquía y la Europa del Norte y del Este, y hacía miles de fotos. Las instantáneas de su cámara parecen tomadas en los ambientes que el escritor imaginaba para sus novelas: en Pietr, el Letón (1931), la primera novela oficial del comisario Jules Maigret, se ve «una fonda mal iluminada, de paredes sucias, con un mostrador en el que se enmohecían algunas pastas secas y tres plátanos y cinco naranjas trataban de formar una pirámide». Hay una correspondencia entre la rotundidad en blanco y negro de las fotografías del ocasional periodista gráfico y la contundencia de sus imágenes verbales, hechas de lo que llamaba palabras-materia (mots-matière), «equivalentes de los colores puros», esas palabras simples que nombran cosas simples como un mostrador o una naranja. Pero Simenon negaba en 1982, casi al final de su vida, haber sido un realista: «Es absolutamente falso, porque si yo fuera realista, escribiría exactamente las cosas como son. Y es preciso deformarlas para ofrecer una verdad mayor. Para ofrecer la verdad profunda, hay que deformar la realidad».

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La literatura terapéutica

María Dueñas escribe literatura práctica, útil. El tiempo entre costuras es, según su autora, «una novela de superación personal», y relato de una superación es Misión Olvido, con personajes que se rehacen y se imponen a circunstancias poco favorables: el filólogo español que en 1936 se ve en un inesperado destierro, el hispanista eminente destrozado por la muerte de su esposa en accidente de coche, la profesora universitaria que planta cara al abandono de su marido y será capaz de trazar, como dice al final de su memoria de quinientas páginas, «las líneas paralelas de tres vidas».

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