En los años treinta del pasado siglo, además de novelas populares, Georges Simenon escribía reportajes sobre sus viajes por Francia, África, Turquía y la Europa del Norte y del Este, y hacía miles de fotos. Las instantáneas de su cámara parecen tomadas en los ambientes que el escritor imaginaba para sus novelas: en Pietr, el Letón (1931), la primera novela oficial del comisario Jules Maigret, se ve «una fonda mal iluminada, de paredes sucias, con un mostrador en el que se enmohecían algunas pastas secas y tres plátanos y cinco naranjas trataban de formar una pirámide». Hay una correspondencia entre la rotundidad en blanco y negro de las fotografías del ocasional periodista gráfico y la contundencia de sus imágenes verbales, hechas de lo que llamaba palabras-materia (mots-matière), «equivalentes de los colores puros», esas palabras simples que nombran cosas simples como un mostrador o una naranja. Pero Simenon negaba en 1982, casi al final de su vida, haber sido un realista: «Es absolutamente falso, porque si yo fuera realista, escribiría exactamente las cosas como son. Y es preciso deformarlas para ofrecer una verdad mayor. Para ofrecer la verdad profunda, hay que deformar la realidad».