abril 13, 2013

Al pie de la letra

Durante unos años me gané la vida como librero. Trabajé en tres librerías de grandes cadenas, donde vender libros tenía poco que ver con el mundo de la literatura: en esencia, no era distinto de vender camisas, zapatos o patatas. Los encargados esperaban que despacháramos la mercadería lo más rápidamente posible en caja («¿Quién sigue?») y la repusiéramos con la misma prontitud en los estantes. Los clientes, lógicamente, esperaban lo mismo, pero visto desde su lado: que encontráramos ya tal libro o, de no tenerlo, se lo procuráramos cuanto antes. La mitad de las veces no lo teníamos, así que pasábamos horas tomando pedidos, llamando a proveedores, desembalando los paquetes que habíamos encargado y avisando por teléfono a la señora X o al señor Y que podía retirar, pongamos por caso, su esperada biografía de la amante de Felipe V. Si el libro tardaba en llegar, teníamos la culpa los libreros. Si, tras pedirlo, se revelaba descatalogado, también teníamos la culpa los libreros, por no poseer artes adivinatorias: «Pero usted me dijo que…», etc. Era descorazonador. Y el sueldo confirmaba que la novela de Orwell Que no muera la aspidistra, en la que el personaje (librero) padecía estrecheces espantosas, era realismo puro. Cada tanto, uno de nosotros conseguía un trabajo marginalmente mejor, y nos reuníamos en un bar para despedirlo. ¡Había escapado! Brindábamos a su salud, soñando con que ya nos llegaría el turno a los demás, de a uno por vez.

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Cómo explotaron los ordenadores

El universo digital vio la luz, físicamente hablando, a finales de 1950, en Princeton, al final de la Olden Lane. Fue entonces y allí donde el primer ordenador genuino –un artilugio multiuso de alta velocidad y programa almacenado que realizaba cálculos digitales– se puso en movimiento. Se había ensamblado, en gran medida con componentes que procedían de excedentes militares, en un edificio de cemento de una planta que el Institute for Advanced Study había construido a tal efecto. La nueva máquina se bautizó con el nombre de MANIAC, un acrónimo –en su versión inglesa– de «integrador y computador matemático y numérico». 

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Baroja descubre la acción sedentaria

A Baroja no le gustaba Proust. Le parecía trivial, local, cursi y muy pesado. No le veía porvenir. «Últimamente, en París, ese autor estaba en la curva descendente, y entre los escritores franceses había muchos que lo tomaban a broma», escribía Baroja en los años cuarenta del pasado siglo. Y contaba una anécdota: una señora, en París precisamente, acusó a Baroja de vaguedad, de perderse siguiendo a demasiados personajes. Baroja, según sus recuerdos, contestó: «A mí me parece también muy vago y muy poco interesante un libro que le interesaba a usted de Proust». No entendía el multitudinario interés por «un personaje que, al meter una magdalena en el café con leche, recuerda hechos pasados interminables». Después de reconocer que ningún bollo le ha producido «esas reacciones de palimpsesto», Baroja expresaba su incomprensión ante el hecho de que los lectores de Proust, «todos al parecer gente distinguida, acepten que uno de los suyos moje el bollo o la magdalena en el café». Además de insoportable, Proust era un maleducado.

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Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.