Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

El anacronismo, enfermedad infantil de la historia

A la Historia le aqueja un mal que puede ser irreversible: el anacronismo. Juzgar los hechos del pasado con la mentalidad del momento presente. Trampa brutal. Inmensa. Habitual, y en los últimos años recurrente. El anacronismo en Historia es el hermano gemelo del populismo en política. Guiño patético a la más efímera de las actualidades,

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Sólo los que pierden ganan

Casos como el del escritor argentino Juan Filloy (Córdoba, 18942000) colocan en una situación complicada, incomodísima, a la historia literaria. Decir que Filloy es un raro –toda una genealogía se protege hoy bajo tal emblema– y decir que es una de las voces más innovadoras (pero ¿a quién influyó?), genial y secreta, enigmática y olvidada de la literatura en español del siglo XX , es decir, con perdón, bien poco, porque la obra, ingente y oculta, de Filloy apenas trascendió (César Tiempo, Fermín Estrella Gutiérrez, Arturo Cambours Ocampo, Julio Cortázar –que cita a Filloy en La vuelta al día en ochentamundos–, Bernardo Verbitsky) las ediciones personales, impresas para los amigos y los círculos más cercanos. Entonces, ¿cómo abordar el asunto?

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La pasión crítica

Con más de medio siglo, El laberinto de la soledad, constituye el aldabonazo ensayístico de Octavio Paz, «una confesión, una búsqueda de mí mismo también». La búsqueda de una interpretación de la historia mexicana en la que su más repetida obsesión intelectual (la soledad del hombre contemporáneo y el sueño de la comunión entre la humanidad, podría lograrse sólo a través del arte –con las palabras de Valéry: «La poesía es, en realidad, nombrar las cosas, crearlas de nuevo») confiere a sus páginas un recorrido que colinda con la filosofía, la literatura, la antropología y, claro está, los hechos históricos, las epifanías nacionales, incluso aquellas ocurridas en los lejanos tiempos en que la nación no había sido inventada. En la

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El silencio de los epígonos

En una memorable conversación entre Ricardo Piglia (Buenos Aires, 1940) y Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003), allá por marzo de 2001, entre los dos extranjeros de sí mismos, Piglia descubría las semejanzas entre la narrativa resistente de Bolaño y la de autores como DeLillo o Magris, y definía esos contornos paralelos como señal de una nueva constelación de escritores cuya singularidad sería presentarse sin el atorrante y lastimoso lastre de pertenencia o muestra de cualquier vestigio nacional o geográfico: «Lo que suele llamarse latinoamericano se define por una suerte de antiintelectualismo, que tiende a simplificarlo todo y a lo que muchos nos resistimos. He visto –le dice– esa resistencia con toda claridad en tus libros». Bolaño murió hace

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¿Es aquí el Paraíso?

Octavio Paz, en Los hijos del limo (1974) fijó la turbulenta aura del arte moderno, y con ello, del resto de la vida social. A ese anhelo romántico de romper con el orden y con las herencias, que recorre indeleble los siglos XVIII, XIX y buena parte del XX, lo denominó «la tradición de la ruptura»; es decir, la actitud que define al arte y a la literatura –y a la política, añadiría uno– europea y americana de esos siglos es su radical voluntad de ruptura frente a lo más inmediato; anhelo y voluntad que, a través de los siglos, configura una propia tradición. Lo que define a la vida contemporánea es su obsesiva necesidad de romper con lo establecido,

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La vida es rara y novelera

El escritor Fernando Vallejo (Medellín, 1942) murió en la Rambla de Barcelona «aferrado a la vida, miserablemente: con un largo y miserable adverbio en "mente"». Murió a las doce de la noche, después de varios días sin dormir, «la víspera de mi regreso a México». Le acompañaba «el colombiano, Luis Armando Soto, y una italiana, Monica Scarello». Murió –los acompañantes apenas lo notaron– mientras miraba cómo la gente iba y venía, y así «de súbito sentí con una claridad infinita que hacía mucho que me había muerto. Y te digo –le confesó Vallejo a Nuria Amat en Letras Libres, diciembre del 2002– que infinita porque es propiedad de los muertos vivir instalado en la eternidad». Que no es otra, la

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El siglo de Borges

Fue Pere Gimferrer y era diciembre. La cosa sucedió en Madrid, en la Biblioteca Nacional. Una tarde de niebla. En la sala apenas siete, ocho personas. Quien esto escribe acababa de llegar de China tras una estancia tan prolongada y universitaria como memorable. Borges había muerto en junio. La leyenda, aquí también, comenzaba, superaba a la realidad. Maria Kodama, aún con la estela de Ginebra en la mirada, agradecía las sabias palabras de Gimferrer. Y fue en diciembre de 1986, en la Biblioteca Nacional, cuando Gimferrer afirmó que tal vez nuestro mayor mérito literario sea haber sido contemporáneos de Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986). Con Borges ocurre que no es sólo todo él una literatura, sino que buscó y alcanzó

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La memoria de un literato

Se preguntaba Juan Gustavo Cobo Borda, tras la lectura de Vivir para contarla (2002): ¿cómo escribir memorias después de semejantes novelas? Cuando sus personajes, con toda la carga autobiográfica que puedan acarrear, se han vuelto seres de entre casa y parte de su propia familia para lectores del mundo entero, ¿cómo permitir que el célebre demiurgo Gabriel García Márquez vuelva a quitárnoslos y los reduzca a lo que son en verdad: su propia familia? Lo cierto es que las memorias de un escritor son sus obras, no su vida. Son las historias conocidas que vuelven de otra manera. En las primeras ha volcado la luz y la sombra, los huecos y las epifanías, el sueño y la razón, el olvido

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Los Ortega

Para el escritor cada libro traza la geografía secreta de su biografía intelectual. José Ortega Spottorno queda en la historia española como el ejemplo de un creador de espacios, de ámbitos y sensibilidades culturales. Bajo el inmenso, imponente legado de la obra de su padre, José Ortega y Gasset, el hijo en circunstancias políticas complicadas, cuando no hostiles, supo recoger el espíritu de una herencia formidable. Y supo, sobre todo, estar a la altura de las expectativas soñadas. Puso en marcha, de nuevo, en las peores condiciones ambientales, apenas concluida la desastrosa guerra civil, la editorial Revista de Occidente con un catálogo de libros –las insoslayables señas de identidad de un editor–, que aún hoy, leído, mantiene la vigencia, el

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La voz del viaje

Sergio Pitol forma parte de las genealogías secretas de la literatura en español que, por fin, dejan de serlo. Me refiero a lo de secretas, claro. Autor de obras hoy decisivas en el impulso a la narrativa iberoamericana surgido en las dos últimas décadas, como El desfile del amor (1984), Vals de Mefisto (1984), Domar a la divina garza (1988), La vida conyugal (1991), El arte de la fuga (1997), publica ahora El viaje (2001). Sin duda, su más rotundo aldabonazo hacia un género sin género que amalgama, con precisión y talento, las diversas entonaciones de la tradición literaria occidental. Pitol cuenta un viaje desde Praga a la antigua Unión Soviética a mediados de los años ochenta. Los escenarios son

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