Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Pepe el Dinamitero, o El Motín de la Pólvora Dos

Joseph Priestley (1733-1804) fue un maestro y predicador inglés que inventó la gaseosa (agua con CO2), aunque fue un suizo (relojero, por supuesto) llamado Jean Jacob Schweppe quien la comercializó. También, como otros antes que él, obtuvo en su laboratorio algunas muestras de oxígeno sin saber lo que era, pues fue Lavoisier quien se dio cuenta de que se trataba de un elemento importante y revolucionó la teoría química. Como su compatriota Newton, muerto un lustro antes de su nacimiento, Priestley ponía la ciencia al servicio de la religión, sosteniendo una teología sólidamente herética. Desgraciadamente carecía de la potencia matemática y de la capacidad teórica de su antecesor, por lo que no tenemos ninguna «ley de Priestley» ni descubrimiento alguno

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Cortesanos y pedantes

Este libro surgió hace quince años al calor de los estudios sociológicos de la historia de la ciencia de los años ochenta. En su día fue novedoso y provocador; pero, como el tiempo no pasa en balde, sus virtudes se han hecho más triviales y sus vicios se han tornado más prominentes. La idea de fondo es que los científicos y las instituciones científicas de la primera mitad del siglo XVII, si es que existían, no eran como ahora. Y lo mismo cabe decir de los modos de argumentar y justificar las teorías. En consecuencia, la implantación social de los estudiosos de la naturaleza dentro del sistema de mecenazgo determinaba esencialmente el trabajo realizado. En el caso particular de Galileo,

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Las amenazas de la ciencia

Dédalo e Ícaro son aquí dos estereotipos del modo sabio o alocado en que la humanidad puede emplear la ciencia y la técnica. Dédalo, el artífice astuto, es un personaje mitológico de allá por el segundo milenio

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Dichosa edad y siglos dichosos

Lo bueno de las coordenadas geográficas es que, exceptuando dos puntos del globo, siempre se puede decir que un sitio está al oeste de algo. Los inicios de la ciencia occidental, de David C. Lindberg, se beneficia de esta circunstancia. Trata del saber filosófico, matemático y natural, entre el Pleistoceno y el siglo XV, en zonas muchas de las cuales no son europeas o lo son marginalmente, como por casualidad. En la Antigüedad, Asia empezaba al este del Nilo, y África, al oeste. Durante los primeros tres milenios de historia, la acción se desarrolló por aquellos pagos, principalmente en lo que hoy es Irán, Irak, Turquía, Siria y Egipto, de los que sin duda se puede decir que están a

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Ciencia y pacto social

La tradición de la sociología de la ciencia estuvo dominada durante dos décadas por el modelo de Robert K. Merton, que limitaba la aplicación de las técnicas sociológicas a explicar fenómenos periféricos, del tipo de cómo la presión social fomenta la investigación de determinados problemas. En los años setenta, la irrupción del Programa Fuerte supuso una auténtica revolución. El programa se proponía explicar sociológicamente el contenido mismo de las teorías científicas. Esto es, no sólo explicar cómo el interés económico en la navegación promovió la investigación sobre cronómetros de resorte para hallar la longitud, sino también cómo la negociación social habría establecido la Ley de Hooke (ut tensio sic vis). Este libro clásico de sociología de la ciencia, exponente de

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