Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

¿Es así como se acaba la democracia?

En la noche de las elecciones, casi en cuanto estuvo claro que lo impensable se había convertido en una cruda realidad, Paul Krugman preguntó en The New York Times si Estados Unidos no era ahora un Estado fallido. Los politólogos que estudian normalmente la democracia estadounidense en un espléndido aislamiento están empezando a desviar su atención hacia África y Latinoamérica. Quieren saber qué sucede cuando los autoritarios ganan elecciones y la democracia se transforma poco a poco en algo diferente. El demagogo que prometió matar a los terroristas junto con sus familias está trasladando a su propia familia al palacio presidencial. Antes incluso de que se produzca la ocupación, sus hijos ya están siendo situados en posiciones de poder. Ahí lo tenemos en televisión, dorado y reluciente, con su mujer a su lado y tres de sus hijos en fila por detrás, preparados para recoger lo que papá tenga que ofrecer.

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La corrección política y el triunfo de Donald Trump

¿Por qué no lograron las encuestas de opinión predecir fielmente los resultados de los referendos sobre la independencia escocesa y el Brexit y, más recientemente, el resultado de las elecciones estadounidenses que convirtieron a Donald J. Trump en el próximo presidente de Estados Unidos? El error metodológico y humano es siempre posible, por supuesto, pero también cabe contemplar que la corrección política cumpliera su papel. Los encuestados se mostraban reacios a revelar sus verdaderas ideas o intenciones a los encuestadores, pues pensaban que luego les mirarían por encima del hombro por ser poco cultos, burdos, bárbaros, estar llenos de prejuicios y ser, en general, deplorables, por utilizar el término empleado por Hillary Clinton para definir a muchos de los votantes de su adversario.

Merece la pena recordar con cierto detalle el discurso en que Clinton introdujo el término deplorables, y por qué podría haber contribuido a la victoria de Donald Trump. 

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Gramsci según Gramsci, y Gramsci según Podemos

En 1966, el sello Laterza publicaba por primera vez el libro que origina estos comentarios. Escrito por el periodista Giuseppe Fiori, este retrato biográfico de la figura de Antonio Gramsci tuvo bastante impacto y popularidad en la Italia de aquel momento. De un lado, difundía de manera atractiva el conocimiento de la personalidad del más notable de los fundadores del Partido Comunista Italiano. De otro, alimentaba la polémica abierta entre la ortodoxia comunista y algunos influyentes miembros del partido, como Pietro Ingrao, que reivindicaban el derecho a disentir en una organización tan jerárquica. A comienzos de esa misma década se había producido en el seno del Partido Comunista de España un debate entre el grupo dirigente en torno a Santiago Carrillo, anclado a una visión más arcaica, y quienes postulaban una visión más actualizada de la realidad española. En el caso español, el desenlace de la polémica fue la expulsión de quienes encabezaban dentro del partido la posición renovadora: Fernando Claudín, Jorge Semprún y Javier Pradera. Se explica que la editorial Península publicara entonces el libro de Fiori, que Jordi Solé Tura tradujo al castellano en 1968. La figura de Gramsci evocaba libertad de pensamiento, autenticidad y fortaleza.

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El populismo, en serio

El concepto de «populismo» no es nuevo en el debate público. Al contrario: en los últimos años ha pasado de emplearse de forma esporádica, normalmente para referirse a realidades ajenas (típicamente latinoamericanas; más recientemente, también europeas orientales, sobre todo en forma de populismos de derechas), a volverse omnipresente. En España, esta mutación ha sido tardía, aunque remarcablemente rápida. Pero, como ocurre con los términos que se incorporan abruptamente al léxico político-mediático, su uso masivo, frecuentemente impropio, no ha ayudado a clarificar el concepto ni a comprender realmente su alcance, sino que ha contribuido a oscurecerlo aún más, cuando no a vaciarlo de significado a ojos de la opinión pública. En demasiadas ocasiones, «populismo» ha acabado siendo la descalificación manoseada y vacía que se dirige contra el adversario nuevo –contra cualquier adversario nuevo – cuando éste amenaza a los actores tradicionales, y con el que se pretende evocar –con razón o sin ella– un confuso universo semántico que incluye la demagogia y el histrionismo, la retórica gruesa, el cesarismo, la manipulación folclórica y el odio a las elites: una suerte de política embrutecida que crece entre los escombros (o ante la ausencia) de un orden institucional consolidado, sólo apta para electores despistados o imbéciles.

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Resistir sin odio

Odiar tal vez es más natural que amar. Quizá me equivoco e incurro en una visión sombría del ser humano, pero la lista de criminales de guerra excede ampliamente a la de hombres que han luchado y trabajado por la paz, sacrificando sus intereses personales. La historia se ha mostrado mucho más pródiga a la hora de alumbrar malvados que héroes o, por utilizar la expresión de Tzvetan Todorov, «insumisos», seres humanos con el coraje de rebelarse contra las injusticias, pero sin caer en el odio y en la deshumanización del adversario. Las buenas causas se transforman en perversiones cuando se invocan las heridas sufridas para justificar la violencia. Según Todorov, moral y política no pueden separarse sin precipitar un aluvión de calamidades. Nadie razonable puede sostener que la guerra contra Hitler y sus aliados constituyó un acto de barbarie, pero nadie honesto puede negar que se cometieran actos de barbarie para derrotar al totalitarismo. 

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¿Cronenberg contra Cronenberg?

Yo diría que David Cronenberg (Toronto, 1943) ha escrito una sátira sobre las películas del primer Cronenberg, de Vinieron de dentro de… (Shivers, 1971) a Crash (1992) y eXistenz (1999), aunque el tono de su primera novela, Consumidos (Consumed, 2014) remita al tono más rutinario de un Don DeLillo insistentemente descriptivo y salpicado de comentarios irónicos contemporáneos. Si el cineasta canadiense reveló desde el principio de su carrera su voluntad de «poner a la vista de los espectadores algo que no podrán creer porque será muy escandaloso o ridículo o extraño», cabe reconocerle ahora que lo que aparece en Consumidos, siendo extraño, ha dejado de escandalizar, diluido en el flujo de sensacionalismo vigente. 

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Pensar lo político en tiempos de crisis

Pocas veces el título de un libro resulta tan provocador. Pareciera que hasta su aparición nadie se hubiera tomado en serio la teoría política. Sin embargo, lo que el excelente conjunto de ensayos editado por Isabel Wences pretende no es descubrir el nuevo mediterráneo de la disciplina, sino debatir con firmeza sobre la posibilidad de que la teoría política siga siendo un instrumento válido para describir, explicar y valorar la compleja realidad de nuestro tiempo. La reivindicación es necesaria, no sólo por la indigencia intelectual que han mostrado en su conjunto las ciencias sociales ante la crisis económica y financiera reciente, sino porque quienes conocemos las interioridades de la vida académica sabemos que la teoría política, la historia del pensamiento y la filosofía política han ido saliendo de los planes de estudio de los distintos grados, convirtiéndose incluso en asignaturas subalternas dentro del estudio singular de las ciencias políticas.

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Memorias del último democristiano (o casi)

La Transición española ha generado una ingente cantidad de memorias políticas escritas por sus protagonistas y por sus actores más o menos secundarios, como viene ocurriendo desde 1808 en todos los momentos de cambio histórico en que España ha pasado de la autocracia a la libertad. La primera de estas obras fue el Diario de un ministro de la Monarquía, publicado por José María de Areilza en 1977, seguido tres años después por las importantes memorias de Alfonso Osorio (Trayectoria política de un ministro de la Corona, 1980), aparecidas todavía en plena Transición, antes de la dimisión de Adolfo Suárez y del golpe del 23-F. Luego vinieron las de Enrique Tierno Galván (1982), Alfonso Armada (1983), Rodolfo Martín Villa (1984), Manuel Fraga (1987), Salvador Sánchez Terán (1988), Leopoldo Calvo-Sotelo (1990), Santiago Carrillo (1993), Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón (1993) y, más recientemente, las de Alfonso Guerra (2004), José Miguel Ortí Bordás (2009), Marcelino Oreja (2011), José Manuel Otero Novas (2015) y Juan Antonio Ortega y Díaz-Ambrona (2015). 

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De «una democracia poco democrática» a una guerra civil

Stanley Payne es uno de los mejores conocedores de la España contemporánea. En sus dos nuevos libros completa su visión de la Segunda República –«cuando tuvo lugar la desunión de la sociedad civil española, el punto de inflexión de su historia más reciente»– y se interna en el origen de la Guerra Civil. Nos ofrece un retrato de Niceto Alcalá-Zamora y su influencia en el devenir de la República y escrudiña el proceso que conduce al 18 de julio. Se trata de dos libros densos, minuciosos, rigurosos y bien documentados, referentes ya para el estudio de esta etapa histórica. En ellos, este hispanista norteamericano hace gala, una vez más, de su condición de gran historiador pues, como se dice en el Quijote, puede escribirse como poeta o como historiador: «el poeta puede contar o catar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna».

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¿Nos acercamos al fin de la democracia?

Aunque sé que a algunos lectores quizá les extrañe que un ensayo que aspira a ser riguroso escrito a propósito de un libro que lo es sin ningún genero de dudas se abra trayendo a colación una copla popular, les pido un voto de confianza para comenzar justamente por ahí. Dice la copla, que a buen seguro conoce todo el mundo: «Ni contigo ni sin ti / tienen mis males remedio / contigo, porque me matas / y sin ti, porque me muero». A poco que reflexionen ustedes sobre ello convendrán conmigo en la dificultad de encontrar un resumen más preciso de la paradójica relación que hoy existe entre la democracia y los partidos. Ciertamente, el generalizado desprestigio de estos últimos como instituciones de construcción y representación de los intereses colectivos ha acabado por afectar directamente a la propia percepción que sobre la calidad de los Estados democráticos tienen los ciudadanos que viven en los países más avanzados de Occidente.

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Pancartas del populismo leninista, chavista… o lo que sea 

La propaganda del nuevo populismo leninista –como a su caudillo máximo, Iglesias, le gusta describir su propia filiación política– ha sacado a la calle y a los mítines unas cuantas pancartas que airean las grandes reivindicaciones de nuestra «nueva» izquierda. Veamos las cinco más grandes y llamativas.

La primera pancarta exige «blindar» (es decir, detallar) en la Constitución como «derechos fundamentales» las prestaciones económicas y servicios sociales que asociamos al «Estado del Bienestar». 

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Socialdemocracia económica ilustrada

Florecen en España libros que ofrecen recetas sobre el paro, la educación, la crisis de las finanzas públicas y privadas, las pensiones y otros males patrios. El libro de Miguel Ángel Fernández Ordóñez no es una presentación más de soluciones a estos y similares problemas, sino que versa sobre procedimientos y sobre la importancia de los procedimientos para una gestión eficaz (que cumpla sus objetivos) y eficiente (con un coste adecuado) de las decisiones políticas.

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