La gran brecha. Qué hacer con las sociedades desiguales
Joseph E. Stiglitz
Barcelona, Taurus, 2015
480 pp. 22,90 €

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Felix, qui potuit rerum cognoscere causas.
Virgilio, Geórgicas, libro II, v. 490

Esperamos que el libro que reseñamos ayude al lector a conocer el proceso que ha contribuido a generar la gran brecha económica y social que se ha estado gestando y produciendo desde finales del siglo pasado y que dio lugar a la crisis financiera (2007-2008), y que motivó que la economía mundial entrara en una Gran Recesión (2008-2015). Desde la perspectiva y reposo de sus setenta y dos años, el autor de la obra va a ir explicaándonos de forma detallada su visión personal de los hechos acontecidos durante ese período y que han dado lugar a enormes e injustas desigualdades sociales.

Para ayudar a comprender el texto que tenemos en nuestras manos, creemos que es necesario conocer algo de la vida del autor y de su pensamiento económico.

Su vida

Joseph E. Stiglitz nació el 9 de febrero de 1943 en la «icónica ciudad industrial de Gary, Indiana, en la orilla sur del lago Michigan, donde crecí, veía pobreza, desigualdades, discriminación racial y desempleo crónico» (p. 12). Pertenece a una familia de clase media, pero no eran ricos, ya que sus padres «habían sabido adaptar su modo de vida a sus ingresos, y […] esa es gran parte de la batalla» (p. 13). Un simple vistazo de esta descripción de su niñez nos indica dos características de su forma de pensar: una, que observa la realidad que lo rodea y, dos, que el consumo depende del ingreso neto (una vez deducidos los impuestos y añadidos los pagos por transferencias, es decir, la «renta disponible»). John Maynard Keynes, en su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (1936), cuando enuncia su ley psicológica fundamental, había seguido un proceso similar.

Recibe una beca nacional para estudiar en Amherst College, donde en su tercer curso cambia de especialidad y se pasa de Físicas a Económicas. Como gran observador quería descubrir las causas del funcionamiento de su sociedad: «Me hice economista no sólo para comprender las desigualdades, la discriminación y el desempleo, sino también con la esperanza de poder hacer algo para remediar esos problemas que asolaban al país» (p. 14). Desde el comienzo de sus estudios, el enfoque científico de su análisis económico lo desarrolla en el campo de las ciencias positivas («lo que es», comprender) y trata de compaginarlo con el ámbito de las ciencias normativas («lo que debería ser», hacer algo). Es un profesor de Teoría Económica comprometido con la realidad.

Su formación universitaria la realiza en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y en la Universidad de Chicago, donde investiga bajo la dirección de Hirofumi Uzawa. Su diploma de doctorado lo obtiene en el MIT, donde también lleva a cabo su tesis doctoral en 1966, redactada bajo la supervisión de Robert Solow (premio Nobel en 1987, asesor del presidente Kennedy y autor de su modelo neoclásico de crecimiento) y Paul Samuelson (premio Nobel en 1970, un neokeynesiano sobre el cual sobran las palabras). En palabras del propio Stiglitz: «El capítulo más importante de mi tesis doctoral […] se centra en los determinantes de la distribución de las rentas y la riqueza» (p. 14). De 1969 a 1970 fue investigador Fulbright en la Universidad de Cambridge. En los años siguientes impartió docencia en las universidades de Yale (1970-1974), Oxford (1976-1979) y Princeton (1979-1988), entre otras. Actualmente es catedrático en la Universidad de Columbia.

Stiglitz ha ocupado diversos puestos políticos, en los que ha tratado de poner en práctica sus conocimientos teóricos. Participó en la Administración del presidente Clinton (demócrata, 1993-2001) como presidente del Consejo de Consejeros Económicos (1995-1997); en el Banco Mundial como primer vicepresidente y economista jefe (1997-2000), hasta que el Secretario del Tesoro de Estados Unidos (Lawrence Summers) lo forzara a renunciar. También intervino en la designación de Janet L. Yellen por el presidente Obama para sustituir a Ben Bernanke como presidenta del Sistema de Reserva Federal en 2013. Al otro candidato, el propio Larry Summers, lo conocía de trabajar con él en la Casa Blanca y Yellen había sido una de sus primeras alumnas de doctorado en Yale. Además, su discípula y recomendada es la mujer de George A. Akerlof, que compartió con él y Michael Spence el premio Nobel de Economía en 2001 «por sus análisis de los mercados con información asimétrica».

Algunas contribuciones a la economía

La teoría neoclásica tradicional asumía que los mercados son siempre eficientes a no ser que existan ciertos «fallos» (o carencias) limitados y bien definidos que lo impidan. En competencia perfecta, sólo bajo ciertas circunstancias los mercados pueden llegar a ser eficientes (Pareto eficiente) en sus resultados si la información es total, libre y gratuita. Cuando los mercados son imperfectos, la información que fluye en ellos también puede serlo. En economía, la diferencia en el acceso a la información relevante se denomina asimetría en la información (o información asimétrica).

Esta información presenta, entre otros, dos tipos de problemas: las acciones ocultas o riesgo moral y las características ocultas o selección adversa. El riesgo moral (problema del agente-principal) surge cuando una persona, llamada principal, depende de la acción o de la moral de otra, llamada agente, sobre la cual no tiene total información. El término «riesgo» hace referencia al peligro que corre el principal de que el agente tenga un comportamiento inmoral o no deseado por él. La selección adversa surge en los mercados en que el oferente conoce mejor que el demandante las características (o atributos) del bien o servicio que vende. Es decir, el comprador (desinformado) corre el riesgo de que la «selección» de los bienes en venta sea «adversa» para él.

Cuando los mercados no funcionan en competencia perfecta, que suele ser lo habitual, Stiglitz propone, entre otras acciones, desde su perspectiva keynesiana, la intervención del gobierno para corregir estas carencias (o fallos) de mercado y dar soluciones paretianas superiores, que beneficien a todos y contribuyan al bienestar social. Para él, la «mano invisible» de Adam Smith no conduce, a través del egoísmo de los agentes que participan en el mercado, a que éstos alcancen la máxima eficiencia.

Joseph Stiglitz ha realizado importantes aportaciones en este ámbito de la teoría económica. La que más fama le dio versa sobre el «screening», una técnica utilizada por un agente económico para extraer la información privada de otro, y que suele enmarcarse dentro de la selección adversa. Otras destacadas aportaciones al dilema público versus privado son dos proposiciones: el Teorema de Greenwald-Stiglitz (Teorema de la asimetría de la información) y el Teorema de Sappington-Stiglitz (Teorema fundamental de la privatización).

El modelo Shapiro-Stiglitz se encuadra dentro de los Modelos de Salario de Eficiencia (años ochenta) de la Nueva Macroeconomía Keynesiana, a la cual pertenece por su pensamiento económico el profesor Stiglitz, así como otros destacados economistas actualesComo Edmund Phelps, George Akerlof, Stanley Fischer, Olivier Blanchard, Alan Blinder, John B. Taylor, Robert J. Gordon, Robert Shiller, Stephany Griffith-Jones, Mark Gertler, Maurice Obstfeld, Paul Krugman, Kenneth Rogoff, Ben Bernanke, Lawrence Summers, Julio Rotemberg, Michael Woodford, Nobuhiro Kiyotaki, David Romer, Nicholas Gregory Mankiw, Nouriel Roubini, Andrei Shleifer, Jordi Gali o Marc Melitz, entre otros..

Stiglitz censura la utilización del poder político de ciertas macromagnitudes e indicadores económicos para medir el bienestar social y el desarrollo económico. Para él, el Producto Interior Bruto (PIB) es imperfecto para medir el crecimiento, ya que no valora ciertas actividades económicas y, por tanto, las críticas sobre su utilización son extensas en su libro. Prefiere utilizar el índice de Gini para medir las desigualdades: «la conclusión es decepcionante: las desigualdades totales, de acuerdo con la forma convencional de medirlas (el coeficiente de Gini, un número que va de cero, la igualdad perfecta, a uno, desigualdad perfecta), apenas se ha movido» (p. 100).

Estructura y metodología del libro

Su herramienta de trabajo, que incluye en el libro, son dos prólogos a dos libros y cuarenta y nueve artículos o ensayos escritos entre 2006 y 2015 y publicados en diversos medios. De Project Syndicate, donde escribe desde hace quince años una columna mensual sindicada, proceden diecisiete artículos; de Vanity Fair, de cuyos artículos saldría su libro El precio de la desigualdad, cinco artículos; y de The New York Times, donde escribe una columna llamada La Gran Brecha y que da contenido y título a este libro, un total de dieciséis artículos. Los dos prólogos son al mismo libro (El precio de la desigualdad) en su edición japonesa y española. El libro se estructura, en fin, en una introducción, un preludio, ocho partes, un epílogo con su conclusión final, y una entrevista que le hizo Cullen Murphy, su editor en Vanity Fair, el 5 de junio de 2012.

La metodología que emplea para redactar el libro consiste, excepción hecha de la introducción, en escribir su pensamiento sobre los temas que le interesan y, para ello, se sirve del hilo conductor que le proporcionan los artículos o ensayos seleccionados, que incluye en la sección correspondiente a modo de anexo. Cada parte no constituye un compartimento estanco y aislado en sí misma, sino que sigue un desarrollo uniforme a lo largo de toda la narración. Para ello, cada vez que termina una sección crea la necesidad de continuar con la siguiente hasta alcanzar el desenlace con su conclusión en el epílogo final.

El autor dice que «Este libro trata fundamentalmente de la economía de la desigualdad» (p. 17), y tres páginas después afirma que «Este no es un libro académico al uso, sino una colección de artículos y ensayos […] sobre el tema de la desigualdad […]. No obstante, los artículos se basan en una larga historia de estudios académicos» (p. 20). Por ello, el lector no va a encontrar modelos, ecuaciones, gráficos, ni tampoco muchos números; sí, quizás, alguna cifra o porcentaje para resaltar la idea que desea transmitir. Creemos que escribir sobre economía y que se entienda, sin utilizar recursos matemáticos y representaciones, es una tarea difícil de llevar a cabo. El profesor Stiglitz lo hace de forma magistral y por eso este libro está al alcance de cualquiera que se encuentre interesado por los temas tratados en él. No obstante, el economista descubrirá que hay mucha teoría económica y economía política en su contenido.

Creemos que los hechos analizados y tratados en este libro impiden separar teoría económica y política económica. En este caso concreto, no puede aislarse «lo que es» de «lo que debería ser». El mismo autor lo reconoce: «no podemos separar del todo política y economía», y justifica su afirmación cuando sigue diciendo que «En varios ensayos de este volumen y en mi libro anterior El precio de la desigualdad, describo el nexo entre política y economía». Su argumento se basa en un razonamiento circular: «el aumento de las desigualdades económicas se traduce en desigualdades políticas […]. Las desigualdades políticas, a su vez, aumentan las desigualdades económicas» (p. 17), sobre todo en países donde su sistema político otorga un poder ilimitado al dinero.

El circulo vicioso y la cadena de secuencia es un método didáctico que emplea en sus razonamientos a lo largo de todo el libro.

Comentarios al contenido del libro

El lector comprobará que el libro aborda temas muy preocupantes y actuales. El Informe de OxfamOxfam es una confederación internacional formada por diecisiete organizaciones no gubernamentales nacionales que realizan labores humanitarias en noventa países. Su lema es «Trabajar con otros para combatir la pobreza y el sufrimiento». titulado Una economía al servicio del 1%. Acabar con los privilegios y la concentración de poder para frenar la desigualdad extrema reza en su portada: «La desigualdad extrema en el mundo está alcanzando cotas insoportables. Actualmente, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99% restante de las personas del planeta. El poder y los privilegios se están utilizando para manipular el sistema económico y así ampliar la brecha, dejando sin esperanza a cientos de millones de personas pobres. El entramado mundial de paraísos fiscales permite que una minoría privilegiada oculte en ellos 7,6 billones de dólares. Para combatir con éxito la pobreza, es ineludible hacer frente a la crisis de desigualdad».

Joseph E. Stiglitz ha participado en los debates de la 46ª edición del Foro Económico Mundial celebrada en Davos (Suiza) del 20 al 23 de enero de 2016. La prensa española se ha hecho eco de sus comentarios sobre el Gobierno español: «Están cantando victoria por bajar la tasa de paro del 25% al 22%. Yo digo que una economía que tiene un paro así y con una tasa de desempleo juvenil del 50% está en depresión. […] Con la política de austeridad se han roto familias enteras, lo que se le ha hecho a los españoles es un desastre».

De estos temas y otros similares habla Stiglitz en su libro. Trataremos de no desvelar su contenido y nos limitaremos a reseñar y a enfatizar algunos de sus argumentos.

1) Introducción

En este preámbulo nos recuerda que, a finales de los años sesenta, los economistas conservadores, ante el dilema crecimiento versus distribución, se decantaban por el crecimiento. Entre eficiencia versus equidad, el pensamiento económico dominante se orientaba hacia el tamaño de la tarta y se olvidaba de la forma de repartirla, dado que se trataba de una cuestión política. Más adelante nos cuenta cómo y por qué se dedica a escribir para los periódicos y revistas, y nos resume la tesis común a todos los artículos referenciados e incluidos en el libro.

Desde el principio identifica cuatro problemas, relacionados entre sí, en torno a los cuales va a incidir en su libro: la gran brecha económica y social, la mala gestión económica, la globalización, y el papel del Estado y el mercado. Su argumento es que el mercado no es la solución, ya que genera monopolios, abusos del sector financiero y relaciones comerciales desequilibradas. La solución es la intervención a través de la política (keynesianismo). Pero los grupos de intereses en política han hecho una mala gestión de los efectos beneficiosos de la globalización y han aumentado las desigualdades. Las desigualdades son la causa y la consecuencia de las dificultades económicas. Continúa con una breve descripción de la génesis del libro y da cuenta de sus agradecimientos.

Termina posicionándose como un profesor comprometido: «la Universidad de Columbia ha sido mi hogar intelectual. Me ha dado libertad […] me ha regalado alumnos inteligentes […] me ha puesto en contacto con colegas […] me ha permitido […] hacer lo que más me gusta: investigar, enseñar y defender ideas y principios que, espero, ayudarán a mejorar el mundo» (p. 23).

2) Preludio

En este comienzo se describe la gestación de la crisis y sus consecuenciasLos comentarios sobre Estados Unidos abarcan las últimas presidencias: Ronald Reagan (republicano, 1981-1989), en buena sintonía con Margaret Thatcher (conservadora, 1979-1990); George H. W. Bush (republicano, 1989-1993), Bill Clinton (demócrata, 1993-2001), George W. Bush (republicano, 2001-2009) y Barack Obama (demócrata, 2009-2016).. El escenario comienza en los años noventa, alimentando una burbuja tecnológica que estalla en 2001. Las políticas de Clinton para reducir el déficit habían consistido en reducir el gasto, mientras que el remedio de Bush (hijo) fue reducir impuestos a los ricos. Los recortes fiscales trasladaron dinero de la base al vértice de la pirámide y aumentaron las desigualdades: la cima gasta menos que la base, luego debilitaron la demanda agregada, y a la economía. Las políticas fiscales (impuestos y gastos) erróneas hacen resurgir a las políticas monetarias (bajando los tipos de interés y las reglas de regulación). Los monetaristas, fundamentalistas del mercado, crearon una burbuja inmobiliaria. El debate keynesiano versus monetarista está servido en el libro. Para Stiglitz, la culpa de la crisis financiera (2007-2008) y, posteriormente, de la Gran Recesión (2008-2015), no es de la economía, sino de la forma en que se aplicó. Es decir, no fue «un delito sin autor» (p. 30). Hubo culpables que mezclaron la ideología y los intereses de los grupos de presión, que vendieron la excelencia de los mercados no regulados, y que ignoraron conscientemente los efectos correctores de las políticas fiscales (a través de la intervención) para proteger a los más vulnerables. Monetariamente, se protegió a los ricos y banqueros y, fiscalmente, se olvidaron de los pobres.

El autor desmenuza su análisis y lo llena de contenido, hablando de los efectos de la desregularización, de cómo los mercados financieros aumentaron las desigualdades, del fracaso del liberalismo en África y Latinoamérica o del efecto de la concentración y centralización del capital (p. 35). Habla de los malos usos de las tarjetas de crédito y de los préstamos abusivos y discriminatorios. En concreto establece una cadena secuencial muy clara, actual y curiosa sobre las comisiones que se cobran por utilizar nuestro dinero en versión de plástico (las tarjetas): tarjetas más poder de monopolio hacen que las comisiones se conviertan en impuestos, que aumentan los beneficios bancarios e incrementan los precios.

Continúa con la falta de transparencia en los mercados y, como es lógico, de la información asimétrica (p. 39), del papel del economista ante el dilema liberalismo versus intervencionismo, de por qué se salva a los grandes bancos y no a las empresas normales, y de cómo la concentración del capital financiero conduce a la concentración política.

Escribe sobre las reacciones ante la crisis basadas en la economía del goteo en vez de una economía de filtración hacia arriba, ya que existía un «riesgo moral» si se rescataba a los propietarios de viviendas en apuros. En esta situación, la economía tradicional keynesiana recomendaba el estímulo fiscal (disminuir impuestos y aumentar el gasto) y una mayor regulación a la banca.

Para terminar, se reafirma en que la causa de la crisis y la posterior recesión no es fruto de la economía, sino de la forma de llevar a cabo las políticas económicas. Es decir, del mismo modo que la crisis fue la consecuencia de las políticas anteriores, lo que sucedió después de la crisis es la consecuencia de las acciones tomadas para combatirla (Bush y Obama).

3) Primera parte

Comienza explicando que el título de su famoso artículo «Del 1%, por el 1%, para el 1%» hace referencia a la famosa frase del presidente Lincoln en Gettysburg: «que el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no desaparezca de la faz de la Tierra». Sigue analizando los aspectos clave de la desigualdad y destaca que el aspecto más importante de la desigualdad económica es la desigualdad política que, a su vez, refuerza la desigualdad económica. Para remediar el efecto negativo de la desigualdad en el crecimiento económico, propone políticas de distribución de rentas para aumentar la igualdad de las rentas antes de impuestos y los ingresos por trasferencias. Además, una política fiscal que grave a las ganancias inmobiliarias de los ricos podría generar inversiones más productivas y mayor creación de empleo.

A nivel mundial, la globalización crea desigualdad global y genera desempleo, aunque su repercusión es compleja y diferente según el país que se analiza. En África, la pobreza es alarmante: 415 millones de personas viven con menos de 1,25 dólares al día.

A continuación, en ocho páginas (100-108), expone el fenómeno Piketty y su respuesta. Cuando la leímos, pensamos que el autor era muy modesto al afirmar que «Este no es un libro académico al uso». En ellas escribe sobre: identificar riqueza con capital; la influencia de la riqueza en los ingresos y el consumo (efecto riqueza), el empleo y los rendimientos del capital; la ley de rendimientos decrecientes; la tesis sobre el control de las desigualdades (si el capital aumenta en relación con la oferta de mano de obra, el tipo de interés bajará hasta que el ritmo de crecimiento del capital se iguale al ritmo de crecimiento de los ingresos: en ese momento, la aceleración de la creciente desigualdad de riquezas disminuirá); la causalidad ahorro-riqueza-ingresos-capital-precios; operaciones de mercado abierto para crear dinero (liquidez); las externalidades, etc.

Pero, ¿quién es Piketty? Thomas Piketty (Clichy, Francia, 1971) es economista, especialista en desigualdades económicas y distribución de la renta, que escribe en 2013 un libro titulado El capital en el siglo XXI. Su tesis es que, si la tasa de acumulación de capital crece más rápido que la economía, entonces la desigualdad aumenta. Como remedio propone un capitalismo patrimonial, los impuestos progresivos y un impuesto mundial sobre la riqueza para ayudar a resolver al problema del aumento de las desigualdades. Sin embargo, para Stiglitz «las desigualdades están relacionadas, más que con el capitalismo en el siglo XX, con la democracia del siglo XX» (p. 108).

4) Segunda parte

En esta sección, la más breve del libro, expone de forma clara la base de las políticas erróneas llevadas a cabo por el presidente Obama contra la crisis (economía del goteo versus economía de filtración). La economía del goteo consiste en que, si damos suficiente dinero a los bancos, la economía se recuperará. La economía de filtración (de abajo arriba) estriba en que, si damos dinero a los propietarios de los pisos que están perdiendo sus casas, se ayudaría a la economía (protegería a los bancos, por las consecuencias positivas para el mercado inmobiliario, y disminuiría los impagos de la deuda hipotecaria).

El criterio era que la economía del goteo no genera el «problema del riesgo moral». Mientras que, si se ayuda a los propietarios de viviendas en dificultades, esto se considera injusto para los que pagan, y el riesgo en que se incurre está en el futuro, cuando los propietarios de vivienda no fueran prudentes. Para Stiglitz, la contradicción está en que rescatar a los bancos malos no sólo es injusto para los demás bancos, sino también para las personas que habían sufrido los errores y engaños de los bancos malos. Es decir, era ayudar al culpable, socializando las pérdidas, y abandonar a las víctimas.

5) Tercera, Cuarta y Quinta partes

En estas secciones se exponen tres aspectos esenciales en el análisis de la desigualdadEn economía, el análisis de un fenómeno económico tiene una secuencia muy precisa: se observa y acota la realidad que deseamos estudiar (los hechos), caracterizamos el fenómeno económico, lo medimos (si se puede), investigamos las causas y consecuencias, y, si podemos, tratamos de predecir su futuro. La pura observación de los hechos, que se hace impregnada de ideología, requiere un enfoque teórico previo. La praxis normativa, si se desea, tratará de modificar la realidad observada.: sus dimensiones, sus causas y sus consecuencias.

En la tercera sección, nos dice que la desigualdad tiene muchas dimensiones. En la cima del 1%, hay un 0,1% diferente del resto, y en el nivel más bajo la pobreza es muy desigual en cantidad y en grado. Lo más preocupante es el tamaño y la evolución de la brecha entre el vértice y la base. Además, las clases de desigualdad son numerosas y de dimensiones muy dispares. También su magnitud y tipología es muy variada a nivel espacial. Su análisis se centra en seis desigualdades (tratadas en sus artículos respectivos): la desigualdad de oportunidades, la deuda de los estudiantes, la falta de acceso equitativo a la justicia, el diferente trato dado en la gestión de la crisis de la vivienda, la pobreza entre los niños (hambruna y mortalidad) y la desigualdad en la atención sanitaria, donde hace referencia a la epidemia de ébola en África  en 2014.

En la cuarta sección explica por qué la desigualdad ha aumentado tanto en los últimos treinta y cinco años, y cómo contribuyó a la Gran Recesión. Las causas son distintas en la escala social (la creciente riqueza de la clase dominante, la debilidad de la clase media y el aumento de la pobreza en la clase baja), pero están relacionadas entre sí. En la captación de rentas hay dos maneras de enriquecerse: aumentar el tamaño de la tarta (crecimiento) y apropiarse de una porción mayor que los demás, acción que incluso puede hacerla disminuir. En ambos casos han contribuido factores como la financiación creciente del sector financiero, el aumento del poder monopolístico y el desarrollo de empresas con poder global de mercado. El autor vuelve a insistir en que no son las leyes económicas las que determinan el grado de desigualdad en un país, sino la forma y las decisiones estratégicas que se llevan a cabo. Es la hegemónica situación de los ricos la que debilita a la clase media y aumenta el grado de penuria de los pobres. Esta dinámica en la desigualdad fue la causa de la Gran Recesión. La lectura del último artículo de esta sección, «Falacias de la lógica de Romney», es un ejemplo de la hipocresía de ciertos políticos.

En la quinta sección cierra el círculo vicioso abierto en la anterior: la consecuencia de la Gran Recesión es el aumento de la desigualdad. Las consecuencias de la desigualdad son que debilita la economía, socava la democracia y divide a la sociedad. Cuando la economía se debilita, se mina el rendimiento económico, se reduce la demanda y aumenta la inestabilidad económica. Además, hacen que la recuperación de la crisis sea lenta, muy a pesar de los «brotes verdes» que vean los políticos. Además de estos males, los valores fundamentales se deterioran (la igualdad de oportunidades, acceso igualitario a la justicia, sensación de que el sistema es injusto). Termina el análisis de las consecuencias con la desigualdad de confianza, esencial en el funcionamiento de una sociedad. En economía suele hablarse de incertidumbre y poco de confianza: la crisis de valores tiene más que ver probablemente con la confianza que con la incertidumbre.

6) Sexta parte

En esta sección analiza varias políticas fundamentales que afectan a las desigualdades. La tónica general de su argumento es que las políticas macroeconómicas aplicadas han provocado que la gran brecha sea más profunda e injusta. Durante todo el recorrido de su análisis va a moverse en la confrontación entre la política monetaria y la política fiscal. En esta rivalidad siempre va a decantarse por la falta de una política fiscal correctora de las desigualdades y va a criticar la política monetaria por su mala gestión de la crisis financiera y por su mal uso en la Gran Recesión, ya que la forma de aplicarla y las estrategias seguidas por las autoridades monetarias han contribuido a fomentar y agrandar las desigualdades.

Compara las actuaciones del Banco Central Europeo y de la Reserva Federal, dos bancos centrales con atribuciones distintas. Al primero se le encomienda como objetivo prioritario el control de la inflaciónEn 1996 el Instituto Monetario Europeo fijó cinco objetivos: un objetivo directo: la inflación y cuatro objetivos intermedios: (el tipo de cambio, los tipos de interés, la renta nominal o PIB nominal, y la cantidad de dinero)., mientras que al segundo, además de controlar la inflación, tiene que ayudar al empleo, el crecimiento y la estabilidad financiera. Pero Stiglitz opina que los gobernadores de los bancos centrales se han inmiscuido en temas que quedan fuera del ámbito de la política monetaria.

Analiza la aplicación de la política agraria (con subvenciones a los agricultores ricos) y su influencia en las relaciones comerciales en un sistema globalizado. Las políticas comerciales proteccionistas (incrementar las exportaciones y disminuir las importaciones) para proteger el mercado interior requieren financiación. Lo fácil es aumentar las importaciones (dependencia), ya que basta con la apertura del mercado interior, pero esto genera paro. Lo difícil es fomentar las exportaciones para generar empleo, pero esto requiere recursos.

Su opinión sobre los acuerdos comerciales y la globalización no puede ser más negativa: los primeros favorecen a las grandes empresas, no crean empleo e incrementan las desigualdades; la segunda beneficia a los ricos, aumenta el poder de los poderosos y hace que las empresas se marchen a otros países con salarios más bajos. Su juicio sobre la propiedad industrial no puede ser más duro: agrava la gran brecha cuando protege a las grandes industrias farmacéuticas y de entretenimiento. También destaca el problema del cambio climático y se lamenta de que no se haya aprovechado la crisis para realizar inversiones a fin de hacer frente al calentamiento global.

A modo de resumen esperanzador ofrece la lectura del su artículo «La desigualdad no es inevitable», en el que trataba de recapitular los mensajes e ideas vertidos en la serie de dieciséis artículos publicados en la columna de The New York Times bajo el epígrafe «La Gran Brecha».

7) Séptima parte

El fenómeno de la desigualdad se ha extendido a nivel internacional. La aplicación de la ciencia económica ha tenido resultados dispares, ya que en ciertos países ha contribuido a crear sociedades más justas y equitativas, mientras que en otros sus resultados han sido muy injustos. El profesor Stiglitz, gran viajero, ha podido contrastar esta disparidad personalmente. En todos los artículos resalta los éxitos conseguidos en los distintos países, excepto en el caso de España.

En el caso de Isla Mauricio y Singapur, el mérito es fruto del «Estado desarrollista» basado en mercados dirigidos, donde invertir en las personas es rentable. Japón, donde debate con el primer ministro sobre políticas conocidas como «Abeconomía» (políticas monetaria, fiscal y estructural), se encuentra sometido a presiones para introducir «reformas de mercado». Destaca que, ante la disminución de las políticas activas japonesas, por la disminución de la población y de la inmigración, han tenido que recurrir a la población femenina muy formada. China, donde los planes quinquenales tratan de acabar con las brechas entre ricos y pobres, zonas urbanas y rurales, zonas costeras y regiones occidentales, se ha sacado a quinientos millones de personas de la miseria. Destaca su transición a una economía de mercado a través de políticas gubernamentales.

Con su artículo sobre Medellín (Colombia), aporta dos ideas imaginativas: una, ante el narcotráfico, luchar contra la desigualdad y, dos, si las políticas nacionales generan desigualdad, entonces una solución es hacerlo a través de políticas a nivel local. Sobre Australia destaca su éxito en la disminución de la desigualdad de oportunidades al poner en práctica la financiación de la enseñanza superior mediante préstamos cuya devolución se hace en plazos vinculados con los ingresos de los individuos.

Escocia ha optado por un modelo escandinavo con mayor igualdad de oportunidades, a diferencia de Inglaterra, que ha seguido un modelo económico estadounidense con el consiguiente aumento de la desigualdad. En septiembre de 2014 se votó sobre la independencia, pero fue rechazada. Sin embargo, como dice Stiglitz, el debate entre los partidarios de la independencia era muy positivo y alejado del nacionalismo provinciano característico de otros movimientos semejantes. ¿Se refería quizás a España?

El artículo sobre España, «Depresión en España», lo escribe en el 2012 como prólogo a la edición española de su libro El precio de la desigualdad. Antes se habían producido las protestas de la primavera de 2011 y había hablado a los jóvenes en el parque del Retiro de Madrid. En nuestra opinión, la situación económica de España en el año 2012 no es equiparable a la actual (febrero de 2016). El pueblo español ha soportado estoicamente un gran sacrificio, una gran brecha en la desigualdad y una sangrante «paradoja de la austeridad» de resultas de políticas y estrategias equivocadas, tanto monetaristas como keynesianas.

8) Octava parte

La actual lentitud en la recuperación se debe también a los mismos errores que se cometieron para combatir la crisis financiera y la posterior Gran Recesión. El autor viene a decirnos que, al margen de los disparates cometidos, no se crearon las condiciones para que, una vez pasado el temporal, la economía se recuperara rápidamente. Para explicarlo, recuerda cómo se salió de la Gran Depresión (años treinta del siglo XX) y lo compara con lo que está sucediendo ahora. Para salir de la Depresión se necesitaba un cambio estructural, pero los mercados necesitan estímulos gubernamentales para realizar la transición. Las políticas monetaristas clásicas aplicadas se equivocaron y no supieron dar una respuesta adecuada a la desigualdad y al paro. La «revolución keynesiana» propuso el estímulo gubernamental para relanzar la economía. Para salir de un estancamiento a largo plazo (conocido como secular) y crear empleo se necesita la intervención del sector público.

Al final de esta sección, Stiglitz reflexiona sobre las implicaciones del fuerte cambio tecnológico vivido en los últimos años y se pregunta cómo hay tanta gente en paro fruto de la prolongada debilidad de su mercado. Su respuesta es que el progreso se reparte de forma poco equitativa y crea desigualdad. Si las innovaciones se orientan a incrementar la productividad del trabajo, se ahorra mano de obra, y si su ritmo de crecimiento es superior al de la demanda, la economía se estanca y genera desempleo. Además, a largo plazo, el bienestar depende del crecimiento, pero de un crecimiento adecuado (o prosperidad compartida) y respetuoso con el ambiente.

9) Epílogo

Al final del libro se incluye una entrevista realizada por Cullen Murphy, su editor en Vanity Fair, para responder a ciertas afirmaciones que los conservadores realizan sobre los ricos como creadores de empleo neto. Los argumentos que emplea son desde el punto de vista de la demanda agregada. Y concluye como empezó: la desigualdad no es inevitable, sino que es el resultado de decisiones políticas que, a su vez, son el resultado de sus posiciones ideológicas.

Para concluir esta reseña, nos gustaría resaltar que habremos terminado oficialmente de padecer la Gran Recesión, a pesar de que en la actualidad estemos sumidos en una crisis de deuda, pero cuando una sociedad no cuida de los niños, jóvenes y ancianos es injusta y debe evolucionar. Los problemas económicos tienen solución y lo peor son las secuelas: la desigualdad y la crisis de valores.

La virtud de este libro es que el profesor Stiglitz hace que el gran público, aunque se le escape el trasfondo económico que subyace en él, se impregne del nuevo enfoque keynesiano dado a esta forma de pensar en economía. Supongo que «la abuela de Cambridge», la doctora Joan Robinson, ha tenido una gran influencia en su forma de transmitir sus conocimientos. Pero esta conjetura mía sólo podría aclararla él mismo.

Julián de Unamuno es economista y profesor emérito de la Universidad CEU San Pablo.

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