Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Revolución y aburrimiento

Antes de la revolución, ese enfant terrible de la cultura francesa que fue Jean-Luc Godard hizo una serie de películas que nos sirven hoy para comprender mejor ese Mayo francés que venimos conmemorando a lo largo de este año con una mezcla de nostalgia y desapego. Lejos aún de la abierta politización que representa La Chinoise (1967), Godard hizo en Pierrot le fou (1965) la crónica de un amour fou cuyos protagonistas se refugian el campo de la alienación urbana y, un poco antes, retrató en Bande à part (1964) a un grupo de jóvenes estudiantes, rebeldes sin causa de un tipo presentado ya por Henri-Georges Clouzot en La Vérité (1960). Aparte de legar a la posteridad una memorable escena musical con jukebox incluido ?posible inspiración de Tarantino en Pulp Fiction y homenajeada por Hal Hartley en Simple Men a los sones de Sonic Youth?, Godard compone una escena, a la vez encantadora y desesperante, que acierta a encapsular una parte del 68 francés: aquella en la que estos jóvenes bohemios «desafían» a la cultura de su tiempo atravesando a la carrera y entre risas las salas del solemne Louvre sin mayor objeto que ejercer su juventud.

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Construcción nacional y política lingüística

En su reciente Contra el separatismo, advierte Fernando Savater al lector de que tiene entre sus manos un panfleto y, de las dos acepciones que reúne el término en el diccionario, reivindica sin dudar la segunda: opúsculo de carácter agresivo (p. 13). Confiesa el filósofo que le resultan literalmente insoportables las doctas discusiones y el tono desapasionado que algunos adoptan ante el ataque que el separatismo lleva a cabo contra las instituciones y la convivencia de los ciudadanos españoles. ¿Cómo permanecer imperturbable ante lo que está perturbándolo todo? Detrás de su pregunta late el temor de que se minimice de ese modo el peligro que representa el independentismo para nuestra democracia.

Construcción nacional en Valencia, de Mikel Arteta, responde a esa inquietud. No puede considerarse un opúsculo con sus más de trescientas páginas, aparato de notas y anexos documentales, pero sí es un libro de combate y el estilo apasionado, beligerante, con que está escrito no decepcionaría a Savater. 

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Cuatro preguntas para un balance político del movimiento 15-M

Siete años después del estallido en las plazas, no puede decirse que el 15-M esté vivo, como aún parecía estarlo en 2016, cuando su energía animaba la ruptura del bipartidismo y su evocación alimentaba las expectativas de un futuro diferente. Y muy lejos quedan los numerosos y vibrantes artículos conmemorativos escritos en el cuarto aniversario de la movilización que sorprendió a España y trascendió nuestras fronteras. El año pasado se había convertido ya sólo en objeto de la nostalgia para los escasos protagonistas del mismo que le dedicaron algún artículo. Probablemente ha llegado la hora de confrontar el análisis de lo que quiso ser este movimiento con la posterior articulación de la política española. Y nos proponemos hacerlo respondiendo a las siguientes preguntas: 1) El 15-M, ¿fue un movimiento social o un movimiento político?; 2) ¿Qué significaba «democratizar la sociedad»?; 3) ¿Cómo ha influido el 15-M en la política española y qué ha quedado de él?; y 4) ¿Qué democracia puede defenderse hoy en sintonía con el espíritu del 15-M?

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Ilustración o contra-Ilustración

Es este uno de los libros más conocidos del gran filósofo británico Michael Oakeshott (1901-1990), cuyo prestigio irá siempre ligado a una filosofía política de posguerra que arracimó a autores de la talla de Leo Strauss, Friedrich Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin o John Rawls. Si, para The Guardian, Oakeshott constituye «quizás el filósofo político más original de la centuria», para The Daily Telegraph fue «el mayor filósofo político en la tradición anglosajona desde Mill o incluso Burke». Justos o excesivos, estos elogios se refieren en buena medida a esta obra, que difícilmente dejará de reeditarse.

Michael Oakeshott fue educado en un colegio mixto donde se cultivaban a la par la responsabilidad social y el individualismo. Estudió Historia y Ciencia Política en Cambridge; y en 1925 se trasladó a Alemania para estudiar Teología. Tras combatir en la Segunda Guerra Mundial, y realizar un breve paso por Oxford, relevó a Harold Laski en su cátedra de Ciencia Política de la London School of Economics hasta 1968.

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Una injusticia común entre filósofos

El filósofo francés François Jullien, gran conocedor de la filosofía clásica y de la cultura china, se enfrenta en este breve ensayo ante lo que parece una cuestión eminentemente práctica. ¿Cómo integrar a los inmigrantes en una Francia desnortada que sufre la lacra de la radicalización de muchos de sus jóvenes musulmanes? En su respuesta, no tan práctica, defiende que blandir una «identidad cultural» es, cuando no un contrasentido (la «identidad» es singular y la «cultura», colectiva), la forma perversa que tiene el nacionalismo de levantar «una muralla» contra dos amenazas.

Por arriba, estos nacionalistas temen la globalización (caracterizada por Jullien de forma simplista), cuyos dictados de eficiencia económica nos condenan a la uniformización de todo en todas partes. Por abajo, la amenaza la encarnan grupúsculos que Jullien califica de «comunitaristas» y que asocia con minorías intolerantes.

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El centrismo: un manifiesto moderado

Centrismo. Es decididamente un término debilucho y poco excitante y con frecuencia inspira escarnio, como una suerte de pálido purgatorio para quienes temen actuar con audacia o proponer ideas políticas creativas. O incluso algo peor: lejos de ser una filosofía coherente, es un popurrí de consideraciones, quejas y ansiedades relativas a otras filosofías. El centro es ese lugar donde prefieren aterrizar aquellos que no pueden comprometerse del todo con algo. Y el centrista es ese amigo formal que pide pudin de vainilla por miedo a que algo distinto pueda ofender a su delicado paladar.

Estas quejas comunes contienen más de una pizca de verdad, pero el centrismo no es necesariamente gris o incoherente. Propiamente entendido, el centrismo es un sistema filosófico consistente que pretende guiar a los sistemas políticos y culturales a través del cambio sin los paroxismos de la revolución y la violencia. El centrista, en este sentido, cree que ese progreso político y cultural se logra mejor con cautela, templanza y compromiso, no con extremismo, radicalismo o violencia.

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Raíces y actualidad del problema de la verdad en la política

La novela 1984 se convirtió en un best seller casi setenta años después de su aparición, durante la última campaña presidencial en Estados Unidos, en la que una red social al servicio del candidato que finalmente resultaría vencedor logró que se tomaran como verdades innegables bulos sobre el lugar de nacimiento de Obama, sobre la salida del país de la empresa Ford, sobre el número de homicidios en Nueva York o sobre el cambio climático. La sociedad que describe George Orwell en esta obra vive regida por la figura vigilante del Gran Hermano desde una telepantalla omnisciente, tiene un Ministerio de la Verdad que decreta cuándo alguien incurre en el «crimen del pensamiento» y emplea la «neolengua» para ocultar y eliminar los significados no deseados de las palabras verdaderas. El éxito de la reedición de 1984 fue paralelo al de Donald Trump, quien nada más ser elegido presumió en rueda de prensa de ser el presidente que más votos electorales había conseguido desde Reagan y no se inmutó cuando se le recordó que tanto Bush como Obama lo habían superado, como es fácil de comprobar. Y, después de tomar posesión como presidente, negó que se hubiera reunido mucha menos gente para celebrarlo en la National Mall (la avenida que une el Congreso con la Casa Blanca) que en la de su predecesor, cuando las imágenes así lo mostraban de modo incontestable. Kellyanne Conway, asesora de la nueva Administración, llamó a esas mentiras «hechos alternativos». 

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Las historias de Fukuyama

Corrían los tiempos sombríos de la dictadura del general Franco y, una noche, en algún lugar, los servicios de guardia despertaron al gobernador civil con un telegrama apremiante del ministerio: «Riesgo de movimiento sísmico en su provincia. Epicentro localizado en su capital. Adopte medidas urgentes». El gobernador civil, persona bien mandada, rendía cuentas a las pocas horas: «Movimiento sísmico bajo control. Epicentro y compinches detenidos y confesos. Viva el glorioso Movimiento Nacional». La broma me ha venido a las mientes al reparar en que el hábil interrogatorio al que Fukuyama somete a la historia universal resulta tan banal, tan arbitrario y tan previsible en sus conclusiones como el que Epicentro y otros sospechosos habituales sufrieron a manos de la Brigada Social en la localidad del cuento.

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Democracia por sorteo

En épocas de confusión y malestar brotan los arbitristas, esos seres que tienen, o creen que tienen, la capacidad de identificar con precisión la causa de los males de la sociedad y, además, la de encontrar y señalar su solución. Que casi siempre suele ser sencilla, directa y fácil. Si sus descubrimientos son presentados como algo novedoso y sus propuestas son rompedoras, el éxito de audiencia está asegurado, aunque la contribución que finalmente hacen al conocimiento humano sea nula. Esto es lo que sucede con esta breve incursión de David Van Reybrouck en la filosofía y ciencia políticas, materias en las que se desconoce su previa maestría o dedicación (su editor nos informa de que «estudió Arqueología y Filosofía», aunque su doctorado en Leiden parece más bien referirse a la Etnografía). Es poco más que una ocurrencia poco fundamentada y menos desarrollada, aunque, eso sí, diseñada con habilidad para provocar la atención de los medios: ¡anda, fíjate, aquí hay uno que dice que hay que suprimir las elecciones y nombrar a los gobernantes por sorteo!

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En la estela de Marx: filosofía y ciencia social

En algún lugar, cuando la epidemia maoísta se propagó entre los intelectuales parisienses, Philippe Sollers dejó escrito que el marxismo-leninismo «era la única ciencia social». Sollers lo ignoraba todo sobre ciencia social y, por lo que le leí, casi todo sobre marxismo. Pero no estaba solo en aquellos años. Lo ilustra bien la historia de la tesis doctoral de Jon Elster, uno de los más competentes conocedores de la teoría social contemporánea. En 1968 acudió a París con la intención de que Louis Althusser le dirigiera su tesis doctoral, un intento de valorar la obra de Marx a la luz del conocimiento disponible y de la filosofía de la ciencia. No necesitó mucho tiempo para caer en la cuenta de que el marxista más famoso de la época no era su mejor mentor. Acabó defendiendo la tesis, Production et reproduction. Essai sur Marx, en 1972 ante Raymond Aron, su director, y Raymond Boudon, uno de los mejores sociólogos matemáticos; ambos liberales, si hay que adscribirlos ideológicamente.

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Los conservadores y la revolución 

La Revolución Francesa ha generado hechos diversos, unos más notorios que otros. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, La Marsellesa, la escarapela tricolor o el asalto a la Bastilla forman parte del repertorio que los niños aprenden en las escuelas o el cine escenifica en la pantalla. Pero hay un segundo lado. La Revolución produjo también el conservadurismo: puede decirse que no empieza a haber conservadores, tal como ahora se entiende el concepto, antes de las reacciones y resistencias despertadas en Europa por las novedades del 89 y sus secuelas. Inició la ofensiva un diputado británico, Edmund Burke. La palabra, que no la idea, aparece unos años más tarde, en unos papeles aderezados por Mme de Staël durante los amenes del Directorio. La hija de Necker propone que se contenga a los jacobinos por el lado izquierdo, y a los absolutistas por el derecho, interponiendo entre ambos un «Cuerpo Conservador» de notables designados de por vida. La intención, evidentemente, es conciliadora: se trata de acompasar el tic-tac de la historia, no de volver hacia atrás las manillas del reloj. 

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Empezando a entender lo que nos pasa

El estado de crisis que parece haberse instalado en el siglo XXI es fuente permanente de comentarios y ensayos explicativos que suelen oscilar entre la pura y simple perplejidad y el doctoral «ya lo decía yo». El libro de José Luis Pardo, reciente premio Anagrama de Ensayo, se aleja de ambos extremos y constituye una de las más lúcidas –y sentidas– reflexiones sobre el peculiar momento español, aunque de resonancias mundiales, en que nos encontramos. Pero no se engañe el lector: el libro no nos propone otro análisis más de los diferentes aspectos de la crisis «global», trufado de datos macroeconómicos y de referencias a las múltiples formas de corrupción que han salido a la luz. No: José Luis Pardo lleva a cabo un ensayo de filosofía política genuina, un examen de las ideas que la crisis ha puesto (o mejor, repuesto) en circulación y que son, a su modo, la traducción consciente y a la vez el cauce por el que fluye ese malestar generalizado que ya nos resulta tan familiar. 

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