Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

La posibilidad del crimen

Un título descriptivo para este libro podría ser: «Textos sobre las aportaciones del totalitarismo caribeño al control social de especies intelectuales y afines». El autor, con buen criterio, ha preferido titular con una imagen alusiva, inspirada en una cita del narrador cubano Leonardo Padura que aparece al comienzo del libro como motto del mismo.

Si traducimos el eufemismo, surgirá diáfano el tema y motivo de la presente antología: «el compañero que me atiende» es el «seguroso» (magnífico hallazgo verbal), es decir, el oficial de la Seguridad del Estado encargado de vigilar, escuchar, observar, en definitiva, «atender» al escritor, artista, poeta, periodista, de forma que sepa que es sometido a «cuidados» tan solícitos como intimidatorios, para que no cometa «errores» o desviaciones respecto de la «verdad» revolucionaria. 

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Mark Lilla en el laberinto de la identidad

En America, America, estrenada en 1963, Elia Kazan quiso llevar a la pantalla la historia de sus orígenes: una familia armenia asentada en Estambul que termina por emigrar a Estados Unidos en 1913, a tiempo para evitar el colapso del imperio otomano y el genocidio perpetrado contra los armenios de Anatolia. Tras incontables peripecias, el joven Stavros acaba bajo examen en la isla de Ellis, donde presentará los papeles de un amigo que, enfermo de tuberculosis, se ha tirado al mar la noche antes. Hemos visto la escena en muchas ocasiones: la policía de fronteras no se complica la vida y americaniza jovialmente el nombre del recién llegado. En este caso, «Hohannes» pasa a ser «Joe Arness», igual que ?con menos inventiva? Elias Kazantzoglou pasó a ser Elia Kazan. Pero a ninguno de ellos debía de importarle eso demasiado, a la vista de la felicidad con que Stavros recibe los documentos que lo acreditan como inmigrante legal y, por tanto, potencial ciudadano estadounidense. Ante todo, ciudadano estadounidense; además de armenio o griego o italiano. Así era, o así nos lo han contado.

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Una tesis no probada

Este libro pretende «demostrar» una tesis. Y ponemos entre comillas el término demostrar porque es el que el autor lo utiliza repetidamente para autocalificar su esfuerzo argumentativo, atribuyendo a su exposición un valor probatorio susceptible de comprobación y que estaría más allá de una posición partidista concreta: la de quienes no están satisfechos con el panorama político vasco después del final de ETA. Con esta misma pretensión «demostrativa» se utilizan a lo largo del libro una profusión de citas de informes reservados de las autoridades policiales de las épocas sucesivas por las que transcurrió la lucha antiterrorista, así como opiniones que el autor recabó de ministros de los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy o de magistrados del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional (aunque todas ellas anónimas y sin posibilidad de control de su autenticidad y textualidad).

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El liberalismo es un humanismo

José María Ruiz Soroa (Bilbao, 1947) acaba de dar a la imprenta un libro sobre el liberalismo que es una introducción tan buena a la materia que, paradójicamente, provoca en uno el nada liberal deseo de obligar a su lectura a todo estudiante de primer curso de Ciencias Humanas o Sociales. Pero, compartiendo el reseñista el credo liberal del autor reseñado, debe descartar el paternalista vicio de obligar y preferir el más agradable y congruente deseo de recomendar, de buena gana, la lectura del libro en cuestión. Pues se trata de una obrita (supera en poco el centenar de páginas) que será leída con provecho por todo aquel que desee tener una opinión cabal de qué es el liberalismo, que es tanto como querer saber de qué está hecho el aire político que respiramos los europeos desde hace al menos cuatro siglos.

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Ibn al-Muqaffa, un espejo de príncipes roto 

«Hacer pedagogía con la ciudadanía» se ha convertido en uno de los propósitos más absurdos de los políticos de hoy. Su pomposa defensa suele resultar más ridícula si cabe cuando advertimos que suelen ser precisamente los menos instruidos quienes se comprometen más solemnemente con esa paternalista presunción de que los ciudadanos somos como niños ignorantes y maleables que han de ser educados desde el poder. Por ello, quizá fuera hora ya de que los ciudadanos «hiciéramos pedagogía» con la clase política, protagonista convencida, por cierto, de reiteradas y escandalosas falsedades curriculares. Desde una perspectiva pedagógica, métodos tales como el tuit, el scratch, el like, el lazo o la cacerolada, no siempre resultan muy eficaces y, lo que es peor, a menudo son menos edificantes y legítimos que las conductas con ellos reprobadas. Más elaboradas, en cambio, resultan ciertas iniciativas que buscan el desarrollo de una deontología legislativa e incluso la extensión de la teoría de la argumentación jurídica y moral (propia, en principio, del ámbito jurisdiccional) a la actividad legislativa; una vía explorada en nuestro país por autores como Manuel Atienza, Àngels Galiana, Gema Marcilla o Virgilio Zapatero. 

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Lo que pudo haber sido

«Si hubiera aprobado la oposición, desaparecerían mis problemas»; «Si nos hubiéramos conocido antes, tendríamos una oportunidad»; «Si Rajoy hubiera dimitido, habría habido elecciones»; «Si Cataluña fuera un Estado independiente, Inglaterra no habría votado marcharse» (Enric Vila, periodista de ElNacional.cat). En consideraciones como estas, acerca de lo que pudo ser y no fue, se nos va la vida. Se nos va la vida en el discurrir y, lo más importante, en las decisiones que se siguen, en la vida verdadera, ante las oportunidades, en los caminos que se nos abren y en los que se nos cierran. Los filósofos le han dado muchas vueltas a estos razonamientos, por lo general relacionándolos con las explicaciones causales. Los llaman «contrafácticos» o, menos frecuentemente, «contrafactuales», la traducción que da título al ensayo de Richard J. Evans, reputado historiador del Tercer Reich. Y sí, cuando establecemos una relación causal (C está en el origen de E), a la vez afirmamos una relación hipotética, subjuntiva, que no hay manera de observar (si no hubiera C, no habría E). 

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Izquierda, identidad y nación

«Los obreros no tienen patria»: Marx y Engels fueron categóricos, en esto como en todo, al afirmar en el Manifiesto comunista el carácter forzosamente apátrida del proletariado y su vocación internacionalista. La conciencia de clase era incompatible con cualquier sentimiento ligado al país de origen en un momento (1848) en el que la burguesía había hecho del nacionalismo su gran caballo de batalla para consagrarse como clase dominante, utilizando la nación como elemento de cohesión social y antídoto de la lucha de clases, como trasunto sentimental de un mercado blindado a la competencia extranjera o como metrópoli de un imperio colonial en construcción. La clase obrera debía mantenerse firme ante la capacidad de sugestión de los mitos políticos, desde la nación hasta la democracia, creados por la burguesía para desviar a los trabajadores de sus objetivos históricos como clase dotada de su propia cosmovisión y de un proyecto alternativo a la sociedad de clases.

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Los últimos utópicos

En junio de 1994, Peter Sutherland acudió al estrado para impartir la Tercera Conferencia Anual Conmemorativa Hayek ante el público congregado en el Instituto de Asuntos Económicos en Londres. Un avatar de los líderes de la Posguerra Fría, Sutherland estaba acostumbrado a deslizarse de un lado a otro, pasando de los negocios globales (presidente de Allied Irish Banks, presidente de British Petroleum y, más tarde, presidente del ubicuo Goldman Sachs International) al servicio civil global (comisario europeo de Competencia, representante especial de Naciones Unidas para la Migración Internacional). Ocupó durante su vida profesional suficientes sillones de presidente como para llenar un pequeño auditorio. En Londres anunció las deudas que tenía contraídas con Friedrich Hayek, el gran pensador austríaco, al presentar un modelo de integración global que habría de resolver una búsqueda que se había prolongado durante siglos.

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Jugamos como nunca y perdimos como siempre: un balance de la izquierda

De acuerdo con un gráfico de Pippa Norris, la politóloga de Harvard, que ha hecho cierta fortuna en las redes sociales, los ochos años del período 2010-2017 han sido los peores de la historia para los partidos socialdemócratas, sólo por detrás de la década anterior al estallido de la Primera Guerra Mundial. Por sí solo, esto debería ser un motivo de alerta para el centro-izquierda. Pero lo es más si tenemos en cuenta que la crisis de 2008, repleta de casos de estafa, fraude, indemnizaciones multimillonarias y salidas a Bolsa temerarias parecía diseñada para asegurarle unos años de vino y rosas a la izquierda. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué la izquierda no sólo no ha sacado réditos electorales de lo que muchos consideran el fracaso del proyecto neoliberal, sino que está en uno de los peores momentos de su historia?

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John Ford: Río Grande

John Ford finaliza su trilogía de la Caballería con una historia de amor. Se ha acusado al cineasta de no mostrar ningún interés por las relaciones sentimentales entre un hombre y una mujer, pero lo cierto es que rodó dos de los romances más memorables de la historia del cine: The Quiet Man (1952) y The Man Who Shot Liberty Valance (1962). Con Río Grande (1950), componen una especie de «trilogía romántica». Eso sí, John Ford nunca se interesó por las pasiones que desafían a la moral convencional. Católico convencido, pero escasamente practicante, sólo hizo pequeñas incursiones en los amores prohibidos, sin disimular la turbación y el desagrado que le producían. En Mogambo (1953), el adulterio aparece bajo la sombra del ridículo, la vanidad y el egoísmo. Linda Nordley (Grace Kelly) engaña a su insípido marido, pero cuando sospecha que su amante, Victor Marswell (Clark Gable), se entiende con la seductora y buscavidas Eloise Kelly (Ava Gardner), reacciona como una histérica, revelando la inconsistencia de sus afectos. En Seven Women (1965), la pasión reprimida de Agatha Andrews (Margaret Leighton) por Emma Clark (Sue Lyon) se disfraza de puritanismo e intransigencia para ocultar su incapacidad de amar de una forma sincera y responsable. En lo que he llamado «trilogía romántica», desviándome temerariamente de la ortodoxia fordiana, las historias siempre transcurren en el ámbito del matrimonio. 

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El entusiasmo como trampa

Al leer sobre el problema de los creadores o entusiastas actuales en este libro, premio Anagrama de Ensayo 2017, me he acordado de un texto que me dejó tocado de jovencito, en los años ochenta. En la antología Joven poesía española (1979) que publicó la editorial Cátedra, la poética de uno de los antologados, José Luis Jover, consistía en una lista de decenas y decenas de nombres de poetas en ejercicio entonces, al término de la cual decía: «Una sola cosa es cierta. Que somos demasiados». La conciencia de ser demasiados se ha multiplicado exponencialmente en estas cuatro décadas, debido sobre todo a Internet. Y este es uno de los aspectos de los que se ocupa la autora en su libro. Un libro que es de ensayo, pero que –intentaré explicarlo luego– puede leerse en parte como una novela. Una novela de tesis.

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Tras cuarenta años, España vive un final de ciclo histórico

Tras cuarenta años de franquismo, España conquista la democracia. Cuarenta años después, la democracia española parece entumecerse. ¿Qué ha pasado? Este ensayo de Tom Burns es una reflexión subjetiva que trata de «ordenar, entender y enjuiciar hechos y actitudes» para mostrar que España se encuentra ante una crisis constitucional y ante un final de ciclo.

El punto de referencia de la historia de estas cuatro décadas es la Constitución de 1978, fruto del consenso. Es una historia con luces y algunas sombras, porque han quedado temas sin resolver o mal resueltos. La cuestión territorial y las Autonomías, que, al no solucionar adecuadamente su financiación, han generado unas administraciones costosísimas. La Ley Electoral de 1977, nacida para garantizar una inicial estabilidad parlamentaria, sigue vigente, aunque no responde a la representatividad real, originando clientelismo y prácticas corruptas.

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