Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

En tierra hostil

Con El director, de David Jiménez (Barcelona, 1971), me han venido a la memoria las palabras de Emmanuel Carrère en noviembre de 2017, durante su discurso de recepción del premio de Literatura en Lenguas Romances de la Feria del Libro de Guadalajara (México): «Un escritor que habla de sí mismo detiene la experiencia cuando quiere y, aunque sea muy sincero, muy audaz, muy exhibicionista, en el fondo no se arriesga demasiado». La frase del escritor francés, tan dotado él para el relato basado en hechos reales, sirve como advertencia para los lectores de El director, crónica del año en que David Jiménez estuvo capitaneando el periódico El Mundo, entre 2015 y 2016, antes de su fulminante destitución. Como venía a apuntar Carrère, un relato autobiográfico es un testimonio de parte, un monólogo en el que toda objeción al autor es ficticia. Es más, los protagonistas y los sucesos del relato no tienen por qué ser completamente veraces (puede haber medias verdades, tergiversaciones y hasta falsedades), por mucho que la credibilidad del texto –es decir, su capacidad persuasiva– adopte para su éxito el disfraz de lo verdadero.

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Un crítico amable

Contra todo pronóstico, E. M. Forster dio por terminada su carrera de novelista a los cuarenta y cinco años, con Pasaje a la India (1924), en opinión de muchos su obra maestra y, sin duda, la novela más popular de las cinco que publicó en vida. Dejó una sexta, de tema homosexual, en el cajón, y al parecer pasó a otras cosas sin grandes pesares. En los cuatro largos decenios adicionales que duró su vida, llevó a la imprenta cuentos, una biografía, crónicas de viaje, un libreto, teatro, conferencias y muchísima crítica literaria. Su fama, de hecho, no hizo sino crecer después de las novelas. Y, en los años de posguerra, Forster se consolidó como una versión muy británica del intelectual público: el literato amable, mezcla de asceta y activista, sabio y diletante, crítico y comunicador.

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La República incómoda

La Segunda República española estaba a punto de cumplir un año de vida. Corría el mes de marzo de 1932 y la presidencia del Consejo de Ministros estaba ocupada por el republicano de izquierdas Manuel Azaña. En el gabinete no estaban ya representados ni la derecha ni el centro republicanos. La nueva Constitución apenas llevaba tres meses vigente. Tras su aprobación no se había celebrado un referéndum ni se habían convocado elecciones. Esta era la voluntad de la coalición de republicanos de izquierdas y socialistas; querían tiempo para impulsar lo que consideraban desarrollos constitucionales indispensables sin tener que pasar por las urnas. No obstante, las oposiciones empezaban a denunciar que las Cortes no representaban a la opinión; e incluso la derecha católica no republicana había iniciado una campaña a favor de la revisión de algunos artículos de la Constitución. Mala forma, pues, de echar a andar la consolidación democrática, sin conocer el estado de la opinión tras el debate constituyente y sin saber si, como denunciaban sus críticos, la Carta Magna tenía muchos y fervientes opositores.

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El gran selfie

Es difícil exagerar lo que la crisis catalana ha supuesto para toda una generación de españoles nacidos en democracia. Aunque al grado de apasionamiento ha sido muy diverso, y no han faltado las muestras de hastío, no creo que haya muchos españoles jóvenes interesados en política que hayan podido, nolens volens, mantenerse al margen de la gran discusión colectiva originada al arrimo del procés. Cataluña será ya siempre para ellos –para nosotros– la primera gran batalla donde la verdad desapareció, las masas comparecieron como un actor político y la razón quedó subordinada a las emociones de la pertenencia grupal.

Cierto, mi generación había experimentado ya la amenaza al orden constitucional proveniente de ETA, mucho más trágica que el procés, por cuanto esa fue una batalla en sentido literal en la que se perdieron muchas vidas.

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El microscopista y el pintor

Nacieron ambos en la última semana de octubre de 1632, vivieron en la ciudad neerlandesa de Delft, realizaron grandes contribuciones a la historia del arte y de la ciencia y, sin embargo, no hay constancia de que se conocieran. Ni rastro ha quedado que garantice un diálogo, un encuentro, siquiera fugaz, entre los dos protagonistas de este libro: el pintor Johannes Vermeer y el microscopista Antoni van Leeuwenhoek. Parece improbable que no coincidieran en alguna dependencia del ayuntamiento, quizás en el local de un comerciante de telas o de algún marchante de pinturas. Es casi imposible que el poeta, humanista y diplomático Constantijn Huygens no los presentara, y muy sintomático que el microscopista fuera designado por el consistorio albacea de los bienes (y las deudas) del pintor tras su fallecimiento. Se cree que el geógrafo de Vermeer es el propio Leeuwenhoek. Observadores agudísimos, tuvieron que verse en alguna ocasión. Es difícil que sus miradas no se cruzaran. Sus ojos debieron encontrarse y reconocerse.

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Epílogo: Durbar en Ejura (Ghana), diez años más tarde

Silvia y yo estamos llegando a Ejura, la capital de la región maicera, en pleno territorio Ashanti. Vamos en el todoterreno que me tiene asignado la empresa, equipado con doble depósito de gasolina para evitar la frecuente eventualidad de que la gasolinera de turno no pueda bombear gasolina por falta de electricidad. Hemos estado un par de días en el Parque Nacional Digya, donde nos ha llovido la mayor parte del tiempo. Parece que en Ejura lucirá el sol durante el Durbar del Día de la Agricultura, al que tengo que asistir. Silvia ha decidido acompañarme a esta celebración cuando se ha enterado que en ella dará un discurso el duradero presidente de Ghana, Jerry John Rawlings.

Aparcamos a cierta distancia del estadio de futbol donde ha de celebrarse el acontecimiento y enseguida nos subyuga el imperioso ritmo de la música, la potente percusión. Gentes vestidas de vistosos colores se agolpan en todas las entradas, menos en la que da acceso a la tribuna principal, donde nos dan paso tras mostrar nuestras credenciales. El estadio está a rebosar y la ensordecedora música nos incita, sin posible resistencia, a dar pasos de baile. Después de un rato, los miles de asistentes se transforman en un armonioso coro que entona lo que no puede ser sino el himno nacional.

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¡Jóvenes de todos los países, uníos!

En un reportaje especial titulado «The Young. Generation Uphill»The Economist nos informaba de que aproximadamente una cuarta parte de la población mundial tiene una edad comprendida entre los quince y los treinta años. En muchos aspectos, continúa el semanario británico, son el grupo de jóvenes más afortunados de la historia. Tienen más ingresos que cualquiera de las generaciones anteriores, disfrutan de una esperanza de vida más larga, están mejor educados y no les va a tocar sufrir la polio, ni a Pol Pot, ni (con un poco de suerte) la moda de las hombreras o el pelo cardado de los años ochenta. Si uno es mujer o gay, en muchos países va a disfrutar de un grado de libertad inimaginable hace tan solo dos o tres generaciones. ¿De qué se quejan entonces los jóvenes? ¿No estaremos ante la generación más afortunada de la historia, pero también la más narcisista e insustancial?

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La casa de los líos

En los hábitos estadounidenses de lectura figura siempre, con un espacio tan privilegiado en el interés como extenso en volumen, el dedicado a la vida, hazañas, milagros, desventuras y escándalos de la clase política del país. En particular, en lo referido a los presidentes. Es un género que, naturalmente, cuenta en su haber con una larga y brillante nómina de profesionales dedicados a la historia –no en vano, los llamados «presidential historians» cuentan con un especial reconocimiento entre los colegas del ramo?, pero que se ve habitual y frecuentemente enriquecido por volúmenes pegados a la realidad del momento y cuyos autores suelen tener el periodismo como profesión. Unos y otros cubren exhaustivamente, y en general con ilustrada prosa, los detalles más insignificantes o trascendentes de la trayectoria de los mayores y menores dirigentes del país y forman por sí mismos un capítulo de imprescindible recordación para una ciudadanía que tiene a gala conocer la complejidad de su peripecia para, en lo posible y deseable, aprender de ella. Es, por lo demás, un género poco o nada dado a la hagiografía y nutrido de, por lo general, cuidadosas investigaciones. Aunque luego no falten quienes, por sí mismos o por encargo, tengan la tentación de poner en duda su veracidad.

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La libertad de expresión en Cosmópolis

Que la libertad de expresión está de actualidad en España es indudable. De hecho, la oímos invocar constantemente: por ejemplo, cuando se ha pitado el himno nacional en algún encuentro futbolístico presidido por el rey de España, se nos ha dicho por parte de los patrocinadores de la protesta que nadie tiene derecho a una reparación, y que la libertad de expresión está por encima de todo. Igualmente, tras los terribles atentados en Barcelona del 17 de agosto de 2017, la manifestación de solidaridad y respeto hacia las víctimas que se celebró el 26 de agosto fue apropiada para la causa independentista catalana con profusión de banderas secesionistas e insultos al rey, y quienes ignoraron la prioridad del respeto a los afectados y el pluralismo de la sociedad alegaron nuevamente el valor sagrado de la libertad de expresión. Por tanto, si a alguien le molestó, nos dijeron, que se aguante. Lo mismo podría decirse de las quemas de banderas constitucionales; de retratos del jefe del Estado, etc. Se diría que en España la libertad de expresión es un burladero sagrado e infranqueable desde el que puede insultarse impunemente a los demás.

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(Otra) utopía fracasada

Cuando los mesías, filósofos, tecnólogos y directores de los departamentos de marketing de las empresas de alta tecnología de Silicon Valley describieron a mediados de los años noventa esa futura Era de Acuario digital que haría más libre la cultura, más eficiente la economía y más democrática la democracia, olvidaron que su bella hipótesis iba a aplicarse sobre feos seres humanos de carne y hueso y que el producto resultante podría no coincidir con el mostrado en el anuncio. No lo ha hecho. Hoy, Internet y las redes sociales distan mucho de ser ese paraíso de inteligencia colectiva e información sin barreras que nos prometieron.

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El cuarto poder

El columnista de un gran periódico a veces no se diferencia mucho de un gánster. En Sweet Smell of Success (Chantaje en Broadway, 1957), J. J. Hunsecker (Burt Lancaster) cuenta con el apoyo de sesenta millones de lectores. Su columna en The New York Globe forja o arruina reputaciones. J. J. Hunsecker es narcisista, autoritario y egocéntrico. Se codea con senadores, empresarios, estrellas de cine y teatro. Aficionado a las palabras grandilocuentes, invoca el patriotismo y la ética, pero sus artículos se abastecen de chismes, calumnias y venganzas personales. Sidney Falco (Tony Curtis) es su agente de prensa, un joven sin escrúpulos que sueña con llegar a lo más alto. Su única preocupación es no defraudar a Hunsecker para algún día ocupar su lugar. Cuando Hunsecker le encarga que rompa el idilio entre su hermana Suzie (Susan Harrison) y un guitarrista de jazz, Falco recurre a las artimañas más sucias, desencadenando un drama de consecuencias imprevistas.

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Un rebelde en la Unión Soviética

Ramón J. Sender tenía treinta y dos años cuando viajó a la Unión Soviética en mayo de 1933. Ya era un escritor conocido y aclamado en España como periodista y como novelista social. El viaje a Rusia lo llevó a cabo en el epílogo de la transición de una crisis política, cuando abandonó el anarquismo en que había militado hasta pocos meses antes, atraído por la eficacia revolucionaria de los preceptos comunistas (aunque nunca militó en el partido). Sender pretendía que su reflexión teórica sobre la revolución se afianzara con la experiencia directa de la nueva sociedad que estaba construyendo el bolchevismo. El resultado fueron unas crónicas publicadas primero en el periódico La Libertad, y reunidas más tarde en el libro Madrid-Moscú. Notas de viaje, 1933-1934. En él, Sender demuestra un enorme talento como escritor, una gran capacidad reflexiva y un espíritu que quizá fuera atrevido llamar escéptico, y que tal vez fuera sólo suspicaz, propio del periodista que sabe que la verdad es el objetivo rector de su trabajo.

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