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John Ford: El sargento negro

Cuando en 1960 se estrena El sargento negro (Sergeant Rutledge) aún faltan cuatro años para que el presidente Lyndon B. Johnson apruebe la Ley de Derechos Civiles (Civil Rights Act) que pondrá fin a la segregación racial en escuelas, empresas, cargos públicos y comicios electorales. Sergeant Rutledge, un hermoso alegato a favor de la igualdad y la tolerancia, está ambientada en Arizona en 1881. Braxton Rutledge (Woody Strode) es sargento de primera del Noveno de Caballería, una unidad compuesta por soldados negros bajo el mando de oficiales blancos. Son los «Buffalo Soldiers» (Soldados Búfalo), de acuerdo con el nombre que les asignaron los indios tanto por el color de su piel como por los abrigos y sombreros de piel de búfalo que usaban en invierno. La mayoría procedía del IX y X Regimientos del Ejército de la Unión. Casi todos habían sido antiguos esclavos y habían luchado contra la Confederación, a veces después de fugarse de las plantaciones del Sur. Su experiencia en la guerra civil les ayudó en sus escaramuzas contra los indios. Su eficacia en combate alumbró la leyenda del «Captain Buffalo» (Capitán Búfalo), un imaginario soldado ejemplar con unos galones vetados en esas fechas a los afroamericanos, pues Washington había acordado que los soldados negros sólo podrían aspirar al grado de sargento.

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Epílogo: Durbar en Ejura (Ghana), diez años más tarde

Silvia y yo estamos llegando a Ejura, la capital de la región maicera, en pleno territorio Ashanti. Vamos en el todoterreno que me tiene asignado la empresa, equipado con doble depósito de gasolina para evitar la frecuente eventualidad de que la gasolinera de turno no pueda bombear gasolina por falta de electricidad. Hemos estado un par de días en el Parque Nacional Digya, donde nos ha llovido la mayor parte del tiempo. Parece que en Ejura lucirá el sol durante el Durbar del Día de la Agricultura, al que tengo que asistir. Silvia ha decidido acompañarme a esta celebración cuando se ha enterado que en ella dará un discurso el duradero presidente de Ghana, Jerry John Rawlings.

Aparcamos a cierta distancia del estadio de futbol donde ha de celebrarse el acontecimiento y enseguida nos subyuga el imperioso ritmo de la música, la potente percusión. Gentes vestidas de vistosos colores se agolpan en todas las entradas, menos en la que da acceso a la tribuna principal, donde nos dan paso tras mostrar nuestras credenciales. El estadio está a rebosar y la ensordecedora música nos incita, sin posible resistencia, a dar pasos de baile. Después de un rato, los miles de asistentes se transforman en un armonioso coro que entona lo que no puede ser sino el himno nacional.

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