El ojo en la nuca
Ilan Stavans y Juan Villoro
Barcelona, Anagrama, 2014
176 pp. 15,90 €

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Cuando terminé este libro con una sensación de gran decepción, incluso de haber sido timado de alguna manera, encontré algunas notas para esta reseña en el interior de la contracubierta, garabateadas al comienzo de mi lectura. Había palabras muy elogiosas. Era como si estuviera leyendo las notas de otro: para cuando acabé el libro no podía recordar haber llegado a sentir semejante entusiasmo. ¿Qué es lo que había pasado?

Dos escritores que publican sus conversaciones saben que se arriesgan a ser objeto de una comparación directa. Paul Auster y J. M Coetzee, dos respetados escritores contemporáneos de partes muy diferentes del mundo anglófono (la costa este de Estados Unidos y Sudáfrica, respectivamente), corrieron el riesgo el año pasado con un libro de correspondencia nacido de resultas de haber coincidido en un festival literario. El encuentro de las dos mentes tenía potencial –ambos escritores exploran cuestiones de existencialismo e identidad en obras en ocasiones egotistamente autorreferenciales–, pero Auster salía, en conjunto, peor parado. Quedaba empequeñecido ante el intelecto fiero e inflexible de Coetzee, mayor que él. La división no está tan clara en El ojo en la nuca, una serie de conversaciones entre los escritores mexicanos Juan Villoro e Ilan Stavans. Aunque sí que vemos desplegarse a dos personalidades engañosamente diferentes.

El libro adopta la forma de cinco conversaciones desenfadadas y digresivas sobre una serie de temas. Se trata de una transcripción, presumiblemente editada, de una serie de conversaciones por correo electrónico que intercambió la pareja el año pasado. A veces se lanzan entre ellos preguntas muy directas, otras vagan involuntariamente a su antojo. Villoro es sincero, masculino y travieso; Stavans es más analítico, en ocasiones incluso distante. Empieza sugiriendo que los dos hablen desde el punto de vista de sus propias autobiografías, ya que afirma que la autobiografía es «la más peligrosa de las ficciones» (suyas son muchas de las obvias perogrulladas de literato). Villoro se muestra realista y cercano de un modo mucho más natural en la romanticización de su niñez –«Todos los adultos que conocí de niño eran filósofos nacionalistas»–, mientras que en otros casos se expresa sin pretensiones: «Yo quería modernidad: ciudades, grupos de rock, pistas de hielo, chicas con minifalda». Pero Stavans no carece de su propio tono directo, ni Villoro de ocasionales y frustrantes generalizaciones.

Villoro empieza a su manera, relajada y casi prosaica, contando episodios de su infancia. Adopta un tono modesto y no teme mostrar su vulnerabilidad. De niño se encontraba lingüísticamente aislado tanto en su casa como fuera de ella, luchando por aprender alemán para seguir en el colegio, pero se encontraba con que no podía contar estas experiencias en casa: «Era un mal alumno porque nadie más hablaba alemán en mi casa y me costaba un enorme esfuerzo seguir el ritmo de mis compañeros». Esto dio lugar a una sensación de desarraigo, a un anhelo de pertenencia: «Con cierta desesperación, quise pertenecer a algo, formar parte de una tribu. Soy el primogénito, de modo que no tenía un hermano a quien seguir». La sensación de Stavans de tener orígenes complicados o múltiples procede de su origen y su educación judíos, uno de los efectos de lo que era también un entorno multilingüe. Creció hablando tanto yiddish como español, y se esfuerza por hablar en inglés con sus hijos, que se han criado en Estados Unidos. Sus sentimientos hacia México se caracterizan por «amor y miedo». Tras su primer ensayo sobre la mexicanidad y la sociedad mexicana, los dos escritores avanzan hacia un diálogo sobre la forma de ensayo, otro sobre el lenguaje y la sinceridad («Pelos en la lengua»), luego pasan al deporte y, finalmente, al arte de equivocarse.

Uno de los defectos de este libro es que la pareja, o su editor, gastan sus balas demasiado pronto. Digo esto porque el diálogo sobre México citado más arriba y el que le sigue–sobre la forma de ensayo, pero en realidad sobre el estilo literario en general– son, con mucho, las más sólidas. El dúo parece haberse desfondado por completo en «El gimnasio», una nadería en medio del libro sobre el deporte que no parece despertar el entusiasmo de ninguno de ellos (así que cabe fácilmente imaginar el efecto que produce en el lector).

Pero se recuperan algo hacia el final del libro. «El arte de equivocarse» les permite observar desde una distancia de seguridad lo que sucede cuando hablan en público, y aquí vuelven también sobre la cuestión de Dios y la religión que, aunque no rivaliza con las piezas anteriores en fuerza global, parece centrar sus mentes. Stavans: «Sería exagerado decir que soy un católico sin Iglesia porque tampoco practico por mi cuenta. Soy un outsider que a veces entra al templo y encuentra ahí un remedio». Villoro: «No veo mucho mérito en un mundo sin Dios. […] Es un poco como renunciar a buscar formas en las nubes». Otro tema que les impulsa a conferir claridad a pensamiento y expresión es la política, y el asunto de los escritores que son políticos. Los littérateurs latinoamericanos se encuentran en una buena posición para hablar sobre el tema, y da gusto ver cómo Villoro se expresa aquí sin pelos en la lengua:

En sociedades sin lectores, como la mexicana, el escritor adquiere un papel socialmente exagerado, pues domina una forma de la dificultad –la escritura– a la que muy pocos tienen acceso. Por lo tanto, se le pide que hable de cualquier tema, como si fuera un profeta múltiple. Esto explica que Rómulo Gallegos haya sido presidente de Venezuela y Mario Vargas Llosa haya estado a punto de serlo en Perú. Sólo en sociedades sin lectores se explica que un escritor sea candidato a arreglar la realidad.

Lo cierto es que al final mi deseo es que hubiesen dedicado menos tiempo a lo personal y más a lo político. Más polémica les habría hecho bien. Villoro arremete contra el empleo cínico del catalán en el mundo del libro: «Conozco escritores barceloneses que de pronto escriben un poemario en catalán porque así pueden ser publicados o recibir una beca […] [N]o creo en la promoción política de las lenguas». A Stavans le provoca menos entusiasmo la cuestión política, pero es refrescantemente irreverente sobre los niños mimados de las letras estadounidenses: «En fin, creo que los Estados Unidos cultivan la literatura light, la literatura del performance, del consumo, aun en casos como Salinger, Pynchon, Richard Ford y Jonathan Franzen. […] Para mi gusto, la literatura es un oficio de necios para un público que no lee». Creo que es en estos momentos cuando dan lo mejor de sí mismos, cuando se ponen de mal humor, cuando se cierran en banda y cada uno de ellos utiliza las preguntas del otro como una excusa para despotricar contra lo que creen que está mal en los mundos literario, académico o político.

Hasta aquí en cuanto a los aspectos del libro que me habían suscitado interés; pasemos ahora al lado más débil. Al igual que la calidad y la riqueza de sus diálogos desciende según va avanzando el libro, hay una cuestión más profunda que tiene que ver con la ambición, o con lo que podría llamar «alcance». Como muchos otros entusiastas de la lectura, yo también he estado a menudo enfrascado con cinco o seis libros a la vez. Y no es, por tanto, culpa de Stavans y Villoro que, al mismo tiempo que su libro, en mi pila se encontrase el Banquete de Platón, que había sacado después de asistir a una reciente representación teatral aquí en Londres. Sin embargo, en un aspecto importante no salían bien parados de la comparación. Hay una especie de carga eléctrica que recorre los diálogos socráticos, alimentados por cuán esenciales son los temas que están cubriendo: las diferentes formas del dios del amor y el mejor modo de vivir a su servicio. Está lejos de tratarse de un debate teológico o abstruso: de lo que está hablándose es de cómo vivir. Los interlocutores comparten una vigorosa amistad y el afán de sabiduría, y es por ello por lo que se retan directamente unos a otros en sus puntos de vista.

Naturalmente, al lado de esto, unos ensayos educados y afectados sobre temas muy manidos entre dos escritores contemporáneos parecerá únicamente eso. Puede que sea injusto comparar a un escritor con Platón, pero no podía dejar de soslayo el hecho de que gran parte de El ojo en la nuca es exasperantemente educado y correcto. A veces puede parecer como si aquello que más temen Villoro y Stavans –y que evitan, digan lo que digan sobre otros– es a mostrarse en desacuerdo entre ellos. La preponderancia del verbo «discrepar» nos dice algo sobre esto: un ocasional «Discrepo un poco de ti» es, con frecuencia, todo lo que pueden permitirse. La no inhabitual angustia por la reputación puede llegar hasta el extremo de la adulación. Esto puede ser también una manera de evitar la competitividad. Así se expresa Stavans mientras se despacha a gusto en contra de los premios literarios en general: «Mientras tanto, yo te nomino, Juan, al Premio Coherencia. O mejor todavía, al Premio Sensatez. Aunque el jurado ha estado constituido por un solo miembro, su dictamen ha sido unánime». Borges, entretanto, es deificado y se vuelve a él una y otra vez. En el peor de los casos, la pareja se asemeja a unos niños hablando de un muy temido profesor del colegio: «Stavans: Yo una vez me atreví a corregir un cuento de Borges, ¿te imaginas? Me alegra haberlo hecho. – Villoro: Eres de una audacia desmedida. A Borges no me atrevo ni a subrayarlo». Puede que haya sido un semidiós del mundo de las letras, pero yo no dejaba de desear que Stavans y Villoro se hubieran atrevido a ir directamente al templo más veces, y no sólo para encontrar «remedio», sino para derribar los ídolos; para expresar más de su iconoclastia, y quizás incluso más de su rabia. Hacia Borges y hacia cada uno de ellos.

Ollie Brock es traductor y crítico literario. Ha cotraducido libros de autores como Eduardo Halfon y Javier Montes. Sus críticas han aparecido en The Times Literary Supplement, The New Statesman y Time. En la primavera de 2013 fue traductor residente en el Free Word Centre. Vive en Londres.

Traducción de Luis Gago

Este artículo ha sido escrito
especialmente para Revista de Libros

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