Lutero light

El dedo del ángel

ADA CASTELLS

Anagrama, Barcelona

186 págs.

1.800 ptas.

Además de la profesionalización del ejército y del progresivo descuido en la ortografía, existen otros elementos no menos sintomáticos que hermanan esta nuestra época con aquella en que se desarrolló la lenta agonía del Imperio romano. Uno de esos indicios es, qué duda cabe, la facilidad con que, merced al aplauso de algunos y a la transigencia de muchos más, la frivolidad y la tontería son capaces de enseñorearse de cualquier manifestación artística. Sólo desde esta contemplación –reconozcámoslo– catastrofista de nuestra actualidad puede entenderse que una editorial como Anagrama, habitualmente seria en la selección de sus títulos, haya decidido publicar una novela como El dedo delángel, tomándose además la molestia de trasladarla de su catalán original al maltrecho castellano con que aquí la encontramos.

En su primera obra narrativa Ada Castells se propone un tour de force nada desdeñable: simultanear un repaso a la historia del protestantismo en Cataluña, a través de la historia de la familia de la narradora, con –y ahora viene lo pasmoso– el planteamiento de todas las zozobras que aquélla padece a lo largo del fin de semana en que escribe esa crónica familiar, texto que camufla levemente con algo de ficción para satisfacer al agente literario que le ha animado a escribir una novela de «tema protestante», confiando en que su habitual oficio de chef bien le puede valer para pergeñar algún guisote literario. Para mayor dificultad, ambas facetas (ficción sobre la saga familiar y plano metanarrativo) no aparecen netamente separadas, sino que se entreveran de manera caprichosa según las inescrutables disposiciones de la novelista primeriza.

Hace falta mucha habilidad, además de ambición y buen juicio, para saber conjuntar dos vertientes tan distantes en una unidad con sentido. No es este el caso, y no lo puede ser por dos razones. La primera es que, como ya hemos anticipado, la voz narradora –que se dirige al lector con una confianza marujil– oscila entre narración y metanarración con la misma lógica y dirección que un buscapiés, interrumpiendo, por ejemplo, las dificultades de sus ancestros luteranos para sobrevivir en una sociedad católica, con las trabas que impone a su incipiente oficio de escritora el tener novio o las libidinosas visitas de su agente.

La segunda razón de la sinrazón atañe al tono, a la peculiar constitución de la mirada de la narradora, capaz de convertir en desahogada fruslería todo aquello sobre lo que recae. Así, si acudimos a los pasajes de reflexión (término poco adecuado) sobre la propia actividad creadora, a lo más que podemos aspirar es al hallazgo de observaciones como «Se me va la olla. No sé qué poner» (pág. 104), reveladoras de la encarnizada lucha de la artista en pos de la belleza. Y si, buscando tal vez abisales conflictos religiosos el lector decide refugiarse en el asunto del protestantismo, tampoco espere bergmaniana densidad. La famosa historia de la saga familiar se reduce a un recuento de ancestros más propio de la mesa camilla que de una novela: se suceden los noviazgos, las anécdotas carentes de gracia, mientras que el contexto histórico y social, junto con la indagación moral y religiosa quedan completamente obviados. Las inquietudes de la narradora respecto a la fe en la que se ha educado consisten, verbigracia, en el conflicto que le plantearía el saber que Jesucristo, en la actualidad, fuera ese mendigo que duerme en la calle y al que debería ayudar; pero «¿y si es un psicópata? ¿Un sádico? ¿Un degenerado?» (pág. 158). La trivialidad con que se enuncian estos interrogantes da idea de lo mucho que importan aquí las respuestas. Todo es sacrificable –y lo primero son los significados-en pro del relajante principio de la frivolidad.

Ficha técnica

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