Historia de opereta

La boda del poeta

ANTONIO SKÁRMETA

Areté, Madrid, 304 págs.

Uno de los leitmotivs de la última novela del escritor chileno Antonio Skármeta es que la historia que no se escribe, no existe. Asimismo, en el prólogo a este libro explica cómo «vistas en grande, las conflagraciones nos impresionan como tragedias. Conocidas en pequeño, hay intersticios de comedia, sátira y melodrama».

Y, en efecto, este melodrama bufo y tierno en que consiste La boda del poeta se desarrolla en vísperas de la Gran Guerra, en un islote perdido del litoral dálmata (la costa de Malicia, en la novela), a mitad de camino entre Aspalathon (Split) y Ancona, no muy lejos de donde, mientras se redactaba, ardía de nuevo en odio y «patrioterismo» (otro de los temas de la novela) ese magma tribal, religioso y étnico que conforman los pueblos «eslavos del Sur». Pues bien, hay que decir cuanto antes que La boda del poeta es una buena novela menor, una suerte de estupendo y entrañable divertimento, una opereta cruel y divertida a un tiempo, a la que, acaso, le sobran motivos, temas, y le falta (como corresponde al género, por otra parte) perfilar un poco más alguno de ellos.

De ese modo, se nos sirve una bebida sabrosa y entretenida, liviana, hecha a base de toques de realismo mágico (la campana de la iglesia y sus imposibles dimensiones); folletín amoroso; reflexión sobre el poder y el nacionalismo; friso histórico quasikakánico; galería de personajes secundarios (algunos admirables como el inventor Torrentes, otros extravagantes, otros, en fin, puramente ocurrentes), en mi opinión excesivos dadas las dimensiones e intenciones de la obra; y, también, parábola y homenaje a la oleada de inmigrantes centroeuropeos a América.

La historia, la fábula, se teje en torno a dos actos «heroicos» (de «lucha» por la «patria») y dos bodas marcadas por un destino trágico y brutal. Los veinte años que distan entre ambos hechos se vislumbran a retazos con las retrospecciones que dan cuenta de los antecedentes de algunos de sus protagonistas: la bella Alia Emar, los hermanos Coppeta o Jerónimo Franck y sus respectivos progenitores. De este modo, la novela se construye mediante la concatenación de escenas que van gestando la «tragicomedia» en que, al cabo, se convierten las nupcias interruptas entre la nínfula isleña y el millonario austriaco, incapaz a la postre de escapar a la insidia de ser, para siempre, un extranjero en la feraz isla de Gema y un «personaje» condenado a repetir la suerte legendaria del anterior dueño de su almacén.

El problema de estas escenas «independientes» que conforman la historia estriba en que algunas de ellas son más inverosímiles que divertidas, otras más efectistas que estructurantes del relato, y que las hermosas secuencias onírico-eróticas entre Esteban y la bella Alia se quedan en eso, en la ensoñación, en la farsa y tramoya de una historia divertida que, como tal leída, cumple con creces su función en la opereta, no en la psicología erótica de los amantes. Al final, el lector no entiende bien ni por qué ama tanto a Alia, ni por qué odia tanto a su hermano.

Acaso, el «error» reside en el tratamiento estilístico: el primor y la piedad con que se dibuja léxicamente a los personajes disuena mucho de la poca finura psicológica de que se les dota. Insisto, nada que objetar en un mero divertimento, pero cuando el escritor desea elevar su voz hacia alturas trágicas y reflexiones filosóficas, el juguete chirría y se descascarilla.

Una última reflexión sobre esta bella fabulita: la sombra de Crónica de una muerte anunciada, novela con la que ésta emparenta en más de un motivo, se vuelve siempre contra La boda del poeta: el tropel de asuntos comunes y los ejercicios de estilo imitativo no le hacen ningún bien a ésta, por otro lado, entrañable opereta sobre el amor, la pasión, el poder, la vanidad, la soledad, la terrible condición del ser humano en situaciones límite. Sobran temas y personajes, pero se agradece la ternura, el amor y el humor con que han sido tratados.

Ficha técnica

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