CHIQUITA
Antonio Orlando Rodríguez
Alfaguara, 2008
560 pp. 21,50 €

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Esta reseña va a ser como el parto de los montes: 560 páginas de lectura resumidas en 1.800 espacios. Pero más no amerita (creo) una novela que se titula por su protagonista, Chiquita, en vez de hacerlo por su propio tamaño: Grandota. Y conste que hay grandotas sublimes, baste recordar «La giganta» de Baudelaire. Sólo que Baudelaire era un genio: le bastó con un soneto.
Chiquita cuenta –hasta dejar ahíto al lector– la vida de Espiridiona Cenda, una cubana de estatura diminuta que vivió a caballo entre los dos siglos pasados (14 de diciembre de 1869-11 de diciembre de 1945). Un espacio de tiempo amplio y «rico en aventura», que el autor explota de manera inmisericorde. Pero hay demasiado relleno disfrazado de trama, y el hastío no tarda en hacer su aparición. Pasado el ecuador del relato, la impresión que se tiene es que estamos leyendo una novela por entregas publicada como volumen. Y el recurso a las notas a pie de página la convierte en algo así como una edición de Fernández y González en la colección Letras Hispánicas (por cierto, que en la de la página 423 se desliza un error muy común: McKinley no fue el 25.º, sino el 24.º presidente de Estados Unidos).
Confieso que he luchado contra el tedio durante la lectura de esta novela. Corre el siglo XXI y una novela no puede ser ya más una mera relación de peripecias y anécdotas, más o menos entretenidas. Transformada en pictograma, Chiquita tendría la estructura de la doble hélice del ADN: una cadeneta interminable de polígonos verbales que podrían desenhebrarse si faltara el mínimo –en este caso diminuto– común denominador de Espiridiona.
Ahora bien: sin duda, estos productos tienen un público lector, y si la apuesta del Premio Alfaguara es llegar a ese público, el galardón está concedido con rigor y justicia. Pero que tenga ello que ver con la literatura… Ah, eso es otra historia.

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