Hace unos días leí unas declaraciones de un conocido periodista, asiduo contertulio e intelectual crítico de guardia, en las que señalaba con manifiesta displicencia —cito casi literalmente— que no había aprendido nada en la actual crisis porque no había nada que aprender. Discrepo por un doble motivo: primero, porque mantengo la ingenua opinión de que se puede o, mejor dicho, se debe aprender de casi todo y más cuando se trata de un acontecimiento fuera de lo común, como es el caso; segundo y más concretamente, porque esta excepcionalidad es tal en la más profunda acepción del término, con una ruptura abrupta de las pautas que han marcado nuestra vida desde que tenemos uso de razón, al menos para las generaciones actuales (los más longevos se pueden remitir a la guerra civil o la inmediata posguerra). No me refiero ahora tanto a las rupturas obvias —de la actividad económica, la circulación de mercancías o el comercio, por mencionar las más evidentes— como a la propia quiebra de la vida cotidiana, reducida por largo tiempo a un estado de hibernación que muchos hemos vivido como auténtico arresto domiciliario. Pero fuera de las derivaciones políticas, lo que me interesa subrayar es que la mencionada singularidad de la situación ha favorecido el cuestionamiento o, como mínimo, la reflexión sobre determinadas actitudes que antes dábamos por normales o naturales, en buena medida como reflejo del mundo en el que nos insertábamos.