El último retrato
No me quiero poner demasiado siniestro, de manera que déjenme empezar con una anécdota personal. El 1 de agosto de 1992 mi padre falleció después de una de esas enfermedades que van consumiendo indefectiblemente al que las padece. Y también a los que le quieren. Cuando murió –la muerte es siempre una sorpresa– yo acababa de llegar a Londres con mi mujer para pasar unas cortas vacaciones. Imagínense lo que fue encontrar en esas fechas un viaje de vuelta en avión que me permitiera llegar a tiempo para despedirme de él para siempre. Al llegar a Madrid, fuimos directamente al tanatorio. Pude ver a mi padre tras un cristal, ya colocado en su féretro, los rasgos afilados, la tez cerúlea,






