Archivo general de Revista de Libros

Las claves del futuro: de Homo sapiens a Homo Deus

La tesis central del libro sugiere que en los albores del tercer milenio la agenda humana ha cambiado y que los problemas que nos inquietan de cara al futuro son ahora bien distintos. Se refiere a la lucha contra el envejecimiento y la búsqueda de la inmortalidad, la conquista de la felicidad y la posibilidad de intervenir de manera activa en el futuro de la humanidad a través de los avances tecnológicos. Se trata de procesos sobre los que se intuye que puede llegarse a ejercer un control, pero que todavía están fuera de nuestro alcance. Está claro que estas nuevas preocupaciones no son, ni de lejos, las del común de los humanos, pero sí son las que inquietan a los principales centros de investigación científica y tecnológica y, por tanto, las que acaparan la mayor parte de las inversiones en investigación. En otras palabras, nos guste o no, la nueva agenda de la humanidad la decide sólo una elite y esto no es previsible que cambie en los años venideros. Volveremos sobre este tema más adelante.

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Un rebelde en la Unión Soviética

Ramón J. Sender tenía treinta y dos años cuando viajó a la Unión Soviética en mayo de 1933. Ya era un escritor conocido y aclamado en España como periodista y como novelista social. El viaje a Rusia lo llevó a cabo en el epílogo de la transición de una crisis política, cuando abandonó el anarquismo en que había militado hasta pocos meses antes, atraído por la eficacia revolucionaria de los preceptos comunistas (aunque nunca militó en el partido). Sender pretendía que su reflexión teórica sobre la revolución se afianzara con la experiencia directa de la nueva sociedad que estaba construyendo el bolchevismo. El resultado fueron unas crónicas publicadas primero en el periódico La Libertad, y reunidas más tarde en el libro Madrid-Moscú. Notas de viaje, 1933-1934. En él, Sender demuestra un enorme talento como escritor, una gran capacidad reflexiva y un espíritu que quizá fuera atrevido llamar escéptico, y que tal vez fuera sólo suspicaz, propio del periodista que sabe que la verdad es el objetivo rector de su trabajo.

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Presente y futuro de la desigualdad global 

Los setecientos expertos mundiales que participaron en la elaboración del informe Global Risks 2014 durante el Foro Económico Mundial celebrado en Davos (Suiza) designaron la desigualdad en los ingresos como el asunto que mayor impacto podría tener sobre la economía mundial en la próxima década, por delante de los eventos climáticos extremos, el alto desempleo, las crisis fiscales y los riesgos geopolíticos. Más recientemente, el mismo Foro de Davos incluyó la desigualdad global entre los ocho temas clave sometidos a discusión en 2016. Cuando parece vislumbrarse la salida de la profunda crisis económica y financiera vivida en el mundo desarrollado, pocas preocupaciones son tan visibles como los actuales niveles de desigualdad, que alcanzan en muchos países valores no conocidos desde finales de la Primera Guerra Mundial, en un proceso de elevación que se inició a comienzos de siglo y que se vio acentuado por la incidencia de la crisis económica.

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Arthur Koestler en París (1946)

Haber aprendido sus primeras letras en un Kindergarten experimental en Budapest y el hecho de que su madre hubiera sido paciente de Freud en Viena no explican, ellos solos, la vida desmedida que llevó Arthur Koestler desde su nacimiento (1905) hasta su muerte (1983). Siendo todavía adolescente, trabajó en la Viena de entreguerras dentro del movimiento sionista que entonces dirigía Zeev Jabotinsky. Después de irse a un kibutz en Palestina, de ejercer como aparejador en Haifa y de hacerse vendedor de baratijas en un bazar de El Cairo, abandonó el sionismo en 1932 y, de inmediato, se afilió al Partido Comunista alemán, trabajando a las órdenes de Willi Münzenberg.

Un tipo notable este Münzenberg, que acabó asesinado en Francia a manos de un agente estalinista durante los tormentosos días de la primavera de 1940. Fue él quien, por cuenta del Kominterm, inventó el halago político hacia los intelectuales europeos para utilizarlos en beneficio de la causa. Con cierto desdén, Münzenberg se refería a ellos como «el club de los inocentes». 

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Izquierda, capitalismo y utopía: comedia para el fin de los tiempos

«Estoy harto de utopías», exclama Visarión Belinski, crítico literario que formaba parte de la camarilla modernizadora liderada por Aleksandr Herzen y Mijaíl Bakunin durante las décadas centrales del siglo XIX, en un momento de La costa de la utopía, la espléndida trilogía que Tom Stoppard dedica a aquellos exiliados románticos de la Rusia zarista. En ese hartazgo, nuestro hombre se parece más a nosotros que a sus contemporáneos, impregnados de la esperanza en un futuro de armonía social y abundancia material. Tiene su lógica: aunque la literatura utópica poseía ya entonces una larga solera, su realización histórica no se produciría hasta décadas más tarde con la llegada al poder de los bolcheviques rusos. Es ahora, pasados cien años del exitoso golpe de Estado bolchevique y casi veinte después de la caída del Muro de Berlín, que simbolizó largamente la vigencia de la alternativa comunista, cuando esa ingenuidad nos resulta alarmante: la negra luz de la historia ha debilitado nuestros anhelos utópicos mediante una amarga cura de realidad. ¡Nadie otorga ya crédito a las utopías! O, al menos, eso creíamos.

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Du côté de chez Duchamp

Es frecuente que el arte contemporáneo nos confunda, unas veces por incomprensible y otras por excesivo. Les daré un ejemplo literalmente descomunal: según nos informa la autora en la página 290 de su libro, el madrileño Santiago Sierra negoció con un museo la venta de una instalación de ochocientas toneladas de peso. ¿Para la primera planta? No señor, para la última. Un elefante africano de sabana oscila entre las cinco y las siete toneladas, según el sexo, de donde se desprende que el mamotreto de Santiago Sierra habría hundido cualquier espacio en el que no pudieran juntarse sin riesgo ciento sesenta hembras elefantinas adultas, apretadas las unas contra las otras. Los técnicos echaron cuentas, y el proyecto salió adelante por los pelos. El desafío a lo déjà vu adopta en ocasiones formas más sibilinas. Allá por los sesenta, Sol LeWitt inauguró un género consistente en pintar murales… con fecha de prescripción. Al cabo de unos días la pared se revocaba de nuevo y desaparecía la obra o, mejor, su provisional materialización en el espacio/tiempo. ¿Fin de la historia? Todavía no. Un diagrama, debidamente acreditado por el autor en un documento anexo, permitía reproducir la misma imagen en cualquier otra pared que se pusiera a tiro. 

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Picasso y el Guernica

El pasado 26 de abril se cumplieron ochenta años del bombardeo aéreo de la villa foral de Guernica por aviones de la Legión Cóndor nazi y de la Aviazione Legionaria fascista. Para celebrar la efeméride, los sectores radicales del nacionalismo vasco han vuelto a exigir que el famoso cuadro se traslade a la ciudad que lleva su nombre, mientras que los más moderados ofrecen el Museo de Bellas Artes de Bilbao como sede, parece que temporal, del lienzo. Por el momento se desconoce la respuesta del Gobierno de la nación, aun cuando lo más probable es que se limite a aducir razones técnicas para denegar el traslado del Guernica.

Vuelven así a plantearse tres cuestiones que tienen una respuesta clara desde hace mucho tiempo: primera, cómo se gestó el cuadro; segunda, quién es su propietario; y, tercera, dónde debe exhibirse según la voluntad de su autor. Sin embargo, la insistencia, una vez más, de diversos sectores de la opinión pública vasca aconseja recordar una serie de hechos que aclaren una polémica que hace tiempo debería haberse zanjado.

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Dylan y el cancionero americano: la república invisible

El libro Dylan’s Visions of Sin, de Christopher Ricks, apareció en 2004, poco antes, si no recuerdo mal, de que comenzaran los primeros rumores sobre el Nobel. Ricks ha sido Poetry Professor en Oxford (cátedra ocupada, entre otros, por Matthew Arnold, W. H. Auden, Robert Graves y Seamus Heaney) y es autor de reconocidos estudios sobre poesía inglesa. En su libro analiza un buen número de letras de Dylan, comparándolas línea por línea con grandes poemas de la tradición anglosajona. Toma «Lay, Lady, Lay», de Dylan, por ejemplo, y la coteja con un bellísimo poema erótico de John Donne, la famosa elegía titulada «To His Mistress Going to Bed». Para Ricks, ambos textos están, en la práctica, a la misma altura. ¿Por qué? Bueno, básicamente porque los dos son invocaciones a una mujer y en los dos aparece una cama, además de ciertos paralelismos formales, como la fórmula de apertura: «Come, Madame, come», en Donne, y «Lay, lady, lay», en Dylan. Poco más. Es posible que Dylan conociera el poema de Donne. Poco importa. El caso es que el poema del siglo XVI es una rara gema, una compleja y refinada red de alusiones y resonancias, mientras que el texto de la canción de Dylan, impreso en papel y leído en silencio, es una pieza romanticona llena de burdas metáforas sexuales y de sangrantes lugares comunes.

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Las historias de Fukuyama

Corrían los tiempos sombríos de la dictadura del general Franco y, una noche, en algún lugar, los servicios de guardia despertaron al gobernador civil con un telegrama apremiante del ministerio: «Riesgo de movimiento sísmico en su provincia. Epicentro localizado en su capital. Adopte medidas urgentes». El gobernador civil, persona bien mandada, rendía cuentas a las pocas horas: «Movimiento sísmico bajo control. Epicentro y compinches detenidos y confesos. Viva el glorioso Movimiento Nacional». La broma me ha venido a las mientes al reparar en que el hábil interrogatorio al que Fukuyama somete a la historia universal resulta tan banal, tan arbitrario y tan previsible en sus conclusiones como el que Epicentro y otros sospechosos habituales sufrieron a manos de la Brigada Social en la localidad del cuento.

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Por qué debe aumentar la edad de jubilación

Lo que se contiene en el recuadro siguiente hace referencia a la propuesta original de Podemos referida a la generalización de la jubilación a los sesenta años. Esta propuesta quedó desdibujada en la presentación del Programa Económico del partido de Pablo Iglesias, elaborado con la participación de los economistas Vicenç Navarro y Juan Torres, presentado el 27 de noviembre de 2014 en Madrid. El diario La Razón se hizo eco de dicha presentación al día siguiente, destacando justamente, entre otros análisis, que en el programa se echaba de menos la referencia a la propuesta original. En una entrevista que le hizo el periodista Jordi Évole, Pablo Iglesias se manifestaba rotundamente a favor de la medida y reiteraba que podía llevarse a cabo en cuatro años.

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Democracia por sorteo

En épocas de confusión y malestar brotan los arbitristas, esos seres que tienen, o creen que tienen, la capacidad de identificar con precisión la causa de los males de la sociedad y, además, la de encontrar y señalar su solución. Que casi siempre suele ser sencilla, directa y fácil. Si sus descubrimientos son presentados como algo novedoso y sus propuestas son rompedoras, el éxito de audiencia está asegurado, aunque la contribución que finalmente hacen al conocimiento humano sea nula. Esto es lo que sucede con esta breve incursión de David Van Reybrouck en la filosofía y ciencia políticas, materias en las que se desconoce su previa maestría o dedicación (su editor nos informa de que «estudió Arqueología y Filosofía», aunque su doctorado en Leiden parece más bien referirse a la Etnografía). Es poco más que una ocurrencia poco fundamentada y menos desarrollada, aunque, eso sí, diseñada con habilidad para provocar la atención de los medios: ¡anda, fíjate, aquí hay uno que dice que hay que suprimir las elecciones y nombrar a los gobernantes por sorteo!

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En la estela de Marx: filosofía y ciencia social

En algún lugar, cuando la epidemia maoísta se propagó entre los intelectuales parisienses, Philippe Sollers dejó escrito que el marxismo-leninismo «era la única ciencia social». Sollers lo ignoraba todo sobre ciencia social y, por lo que le leí, casi todo sobre marxismo. Pero no estaba solo en aquellos años. Lo ilustra bien la historia de la tesis doctoral de Jon Elster, uno de los más competentes conocedores de la teoría social contemporánea. En 1968 acudió a París con la intención de que Louis Althusser le dirigiera su tesis doctoral, un intento de valorar la obra de Marx a la luz del conocimiento disponible y de la filosofía de la ciencia. No necesitó mucho tiempo para caer en la cuenta de que el marxista más famoso de la época no era su mejor mentor. Acabó defendiendo la tesis, Production et reproduction. Essai sur Marx, en 1972 ante Raymond Aron, su director, y Raymond Boudon, uno de los mejores sociólogos matemáticos; ambos liberales, si hay que adscribirlos ideológicamente.

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