Archivo general de Revista de Libros

España y Europa en un entorno de inestabilidad global

He de agradecer la oportunidad de pronunciar estas palabras ante una audiencia tan cualificada y, desde luego, hacerlo en representación de los colegas que hoy ingresan conmigo en la institución. Lo siento por ustedes, pero este será el primer coste de oportunidad en que incurrirán al prescindir de las consideraciones de ellas y de ellos, que, a buen seguro, serían más valiosas que las mías.

De lo único que puedo atreverme a hablar, y no será demasiado, es de economía. Pretendo compartir con ustedes la inquietud asociada a un entorno internacional plagado de amenazas que pueden condicionar el comportamiento de la economía española en los próximos meses. Es mi intención destacar el alto grado de dependencia que el bienestar de los españoles, de la evolución de su renta por habitante, mantiene de las condiciones exteriores y, en particular, del área con la que compartimos moneda, banco central y reglas esenciales de comportamiento fiscal y financiero. No en vano, la economía española es una de las más abiertas de Europa por todos los indicadores al uso: comercio exterior de bienes y servicios, inversiones extranjeras en España y las de empresas españolas en el extranjero.

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Estamos progresando y usted no lo sabe

Cualquiera de estos cinco libros reúne a buen seguro méritos suficientes para ser reseñado por separado, pero también es cierto que guardan entre sí un parentesco que autoriza y alienta su reseña conjunta. En la práctica me centraré en el libro de Steven Pinker, que es el que tiene un recorrido conceptual más rico y completo, y emplearé los demás para contrastar o prestar apoyo a algunas de las afirmaciones que hace el psicólogo canadiense.

Esto es lo que nos cuenta Giorgio Manganelli sobre cómo era la vida en Londres en el primer tercio del siglo XVIII: «Pero en 1737 Londres no era sólo un lugar de arrebatadora vitalidad, el gran escenario de la vida. Era una ciudad torva y sórdida, increíblemente sucia ?puesto que aún no existía un servicio municipal de limpieza urbana? y mal iluminada; las calles estaban sin pavimentar y desprovistas de aceras; no había alcantarillado ni conductos de desagüe, de modo que toda la inmundicia se acumulaba y fluía hacia el centro de las calles; los informes de la época insisten especialmente en los gatos y perros muertos […]. Era frecuente la pena de la argolla, que solía recaer en los calumniadores, categoría de la que formaban parte los libelistas, los polemistas temerarios y los periodistas agresivos.

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¿Qué está en nuestro ADN?

En 1942 se publicó Evolution. The Modern Synthesis, la obra de Julian Huxley que suele tomarse como el manifiesto de la integración de distintas disciplinas biológicas, previamente inconexas, en torno al principio darwinista de evolución por selección natural especificado en los modelos matemáticos de la genética de poblaciones. Esta proclamación del flamante neodarwinismo suscribía tácitamente el pacto de dejar a un lado cualquier referencia a una posible base hereditaria de la naturaleza humana, en atención a las atrocidades cometidas por la aplicación de programas eugenésicos, en especial las perpetradas por el nacionalsocialismo. La aparición en 1975 del libro de Edward O. Wilson, cuyo título Sociobiology. The New Synthesis era palpablemente intencionado, rompió con el convenio previo en su último capítulo, al proponer una interpretación de la condición humana inspirada en un ultradarwinismo reduccionista apoyado en un modelo genético rígido. La sociobiología contó desde su inicio con la militante oposición de muchos, pero Wilson aceptó decididamente el reto. Primero, ampliando y defendiendo su tesis en On Human Nature (1978), texto galardonado con el premio Pulitzer. Segundo, reforzando los fundamentos teóricos de su proyecto (en colaboración con Charles J. Lumsden) en Genes, Mind and Culture. The coevolutionary process (1981) y Promethean Fire. Reflections on the Origin of Mind (1983). 

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Steven Pinker: el paladín del progreso

Con motivo del fallecimiento de Gustavo Bueno, alguien rescató la contestación que diera el filósofo riojano cuando se le preguntó qué libros, entre los que había escrito, consideraba todavía válidos al final de su vida: «Con fecha, todos; sin fecha, ninguno». Viene a cuento este juicio tan severo por la publicación en España, apenas unos meses después de su aparición en lengua inglesa, del último libro del psicólogo norteamericano Steven Pinker. Y es que este voluminoso manifiesto sobre las bondades de la modernidad ilustrada presenta la peculiaridad de ser simultáneamente un libro con fecha y sin fecha. Es un libro con fecha porque trata de dar respuesta al pesimismo agresivo que caracteriza a nuestra época, pero también porque sitúa en el centro de su argumentación un abrumador conjunto de datos empíricos que exigirán ser actualizados en futuras ediciones. Sin embargo, es también un libro sin fecha, pues aquello que quiere reivindicar no conoce limitaciones temporales: los principios de la Ilustración tienen un origen histórico, pero resulta difícil concebir una sociedad donde no puedan aplicarse o, cuando menos, reivindicarse. Cuestión distinta es que su defensa sea exitosa. Y a esta pregunta sólo puede responderse con los debidos matices.

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Democracia Digital: el nuevo poder inaprensivo

A medida que pasa el tiempo, más conscientes somos de la compleja relación entre Internet y Democracia. Y aunque esto pudiera parecer una obviedad, lo cierto es que nos ha costado verlo. Habría que retrotraerse a aquel intempestivo 6 de junio de 2013, cuando el diario británico The Guardian se hizo eco de las revelaciones de Edward Snowden, el extécnico de la CIA que trabajó como consultor para la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos, desencadenando una convulsión global. Fue cuando perdimos la inocencia: pedir resguardo al Leviatán que controlaba nuestras vidas digitales, dijo Ulrich Beck, era como «poner al lobo a guardar las ovejas». Ese monstruo al que pedíamos la protección de los derechos individuales había extendido su poder de control con una profundidad y amplitud difíciles de captar hasta entonces. Vamos viendo ahora de qué manera la privacidad muere o, al menos, la conciencia sobre el valor de la misma. Crecientemente colonizados, hemos convertido nuestras vidas en una mercancía para el consumo público.

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Inteligencias alternativas

Existen huellas de vida en la Tierra desde hace tres mil ochocientos millones de años, cuando apenas habían transcurrido setecientos millones de años desde la formación del planeta. Este escaso período de tiempo fue suficiente para que surgieran los primeros organismos unicelulares y, a partir de ellos, las dos líneas evolutivas que condujeron hacia bacterias y arqueas. Esta rapidez permite conjeturar que la génesis de un sistema viviente es un acontecimiento con una probabilidad no despreciable cuando se dan las condiciones apropiadas. De ahí el interés que despierta el descubrimiento de exoplanetas de características similares al nuestro o la posible presencia de agua en un plantea como Marte, en el que quizás pudo también surgir la vida a pesar de poseer un ambiente más inhóspito para la misma.

La unidad de vida tal como la conocemos es la célula. Las células son sistemas complejos capaces de reproducirse y de mantener una organización y una homeostasia interna a través de una buena cantidad de reacciones químicas que constituyen el metabolismo celular. Son capaces de percibir cambios en el medio externo e interno y de reaccionar en consecuencia, generando reacciones químicas y, a veces, movimientos. 

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Demos gracias a la ley

Hay algo de doblemente paradójico en las fronteras que demarcan las comunidades políticas soberanas, esas unidades a las que comúnmente nos referimos como «Estados»: son contingencias sin pedigrí moral, pero su existencia y eventual modificación no son asuntos moralmente baladíes. Me explico.

El trazado de las fronteras políticas es arbitrario –en el sentido de que no demarcan realidad ontológica o natural alguna, como la membrana plasmática o el pericardio?, si bien su existencia genera consecuencias de relevancia moral indudable a poco que miremos cómo está el mundo, es decir, cuáles son las muy distintas oportunidades de que disfrutan los seres humanos dependiendo de cuál sea el lado de la frontera en el que les haya tocado nacer: una pura lotería, esta sí, natural. Comparen ustedes la esperanza de vida, la renta disponible y cualquier otro indicador socioeconómico de los surcoreanos de Daeseong-dong con los norcoreanos de Kij?ng-dong, distanciados por metros.

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Kafka en Cataluña

«El proceso resulta aparentemente incomprensible y una inagotable fuente de sorpresas e incredulidad. […] A pesar de estar viviendo en un Estado de derecho, en paz y con todas las leyes en vigor, el proceso se desencadena fatalmente». ¿Estamos hablando de Cataluña y el proceso catalán? ¡No, por favor, no sean suspicaces! Jordi Canal está haciendo una breve glosa de una de las obras maestras de Franz Kafka titulada como ustedes saben ?¡también es coincidencia!? El proceso. Escrita entre agosto de 1914 y enero de 1915, en un mundo que literalmente se desmoronaba –los inicios de la Gran Guerra?, permaneció inédita hasta la muerte del autor, siendo publicada póstumamente en 1925. Todos hemos sufrido y sentido la angustia de Josef K, no tanto por lo que le pasa como por no entender cabalmente todo aquello que está pasándole. Tanto es así que la dimensión trágica de la obra queda relegada a un segundo plano por la incomprensión y la incredulidad y se convierte en un fresco tragicómico. Llega un momento en el que no podemos reprimir una risa nerviosa. Según indican algunas fuentes, las personas que asistieron a una primera lectura del texto por parte del autor se rieron bastante. No me extraña. Hasta a los acontecimientos más siniestros les exigimos una cierta lógica. Y si no, no podemos evitar reírnos.

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¿Cómo podemos reducir la alta tasa de paro y la dualidad laboral en España?

El mercado de trabajo español genera unos pésimos resultados económicos y sociales, que se traducen en una altísima tasa de paro estructural y unos niveles muy pobres de calidad del empleo. Basta una simple comparación internacional para percatarse de esta realidad. Como muestra el Cuadro 1, referido al último trimestre de 2017, nuestra tasa de paro prácticamente duplica la media de los países del área del euro y cuadruplica la de Estados Unidos, y algo muy similar sucede con la tasa de paro juvenil. Además, nuestra tasa de empleo ?definida como el empleo dividido por la población en edad de trabajar? es significativamente inferior a las tasas de estas dos áreas y nuestra tasa de temporalidad ?definida en términos del empleo asalariado? es también muy superior a la tasa media de los países del área del euro.

Otras dimensiones con malos resultados, que no discutiré aquí, son las desigualdades tanto salariales como de tasas de paro por sexo y a nivel geográfico, la altísima tasa de paro de los trabajadores menos cualificados o la alta proporción de empleo a tiempo parcial involuntario. Finalmente, una importante secuela de la última crisis económica es el paro de larga duración ?es decir, un desempleo de duración superior a un año?, que representa actualmente alrededor de la mitad de los parados, a pesar de los cuatro años largos de recuperación económica transcurridos desde la última crisis.

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¿Un nuevo realismo?

El terreno de juego de la sociedad mediática es un ámbito incómodo para la filosofía. Aunque durante todo el siglo XX sus salidas a la palestra pública han sido constantes, tenía un espacio propio de creación, generalmente la universidad, en el que se producía el intercambio fundamental de ideas y del que surgían los incentivos básicos para la producción filosófica. Pese a todas las acusaciones de academicismo, basta mirar al siglo pasado para comprobar que ese anclaje de la filosofía en la universidad era simultáneo con una atención casi obsesiva por la situación de la época y por los cambios sociales. Pero los criterios de enjuiciamiento capaces de calificar la calidad de una obra filosófica no provenían de la palestra pública, sino de los pares, los filósofos. Como ocurría con todos los «intelectuales», ese concepto típico del siglo XX, el valor de la palabra pública del filósofo se asentaba en el prestigio adquirido en su campo propio, el de la creación filosófica, donde había obtenido el renombre necesario que le permitía una proyección pública más allá de él. Este esquema clásico de presencia social de la filosofía está claramente tambaleándose. El dominio casi total del ámbito público por parte de la televisión y las redes sociales está cambiando decisivamente las condiciones formales y materiales del discurso que quiera acceder a él y, con ellas, la forma en que los ámbitos particulares de creación (ciencia, filosofía, arte, literatura) se ven a sí mismos

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Buscando a Dios a través de la ciencia

Bien sabido es que la sociedad estadounidense es enormemente diversa, muy compleja y que está llena de contradicciones. Recientemente, por ejemplo, y con ocasión del inefable y folclórico National Prayer Breakfast (Desayuno nacional de oración, algo inequívocamente americano), el pasado 9 de febrero, los medios de comunicación liberales, de orientación política demócrata, así como los sitios de Internet y redes sociales de librepensadores, han puesto el grito en el cielo ante las declaraciones del presidente Donald Trump ensalzando la tradición religiosa de Estados Unidos: «La fe es central en la vida estadounidense y para la libertad».

Según datos del reputado Pew Research Center de noviembres de 2015, tres cuartas partes de los adultos estadounidenses dicen que la religión es, cuando menos, «algo» importante en sus vidas, y más de la mitad (53%) aseveran que es «muy» importante. Aproximadamente uno de cada cinco manifiesta que la religión es «no demasiado» (11%) o «nada» importante en sus vidas (11%). Además, entre considerables sectores de los cristianos, las creencias están fuertemente influidas por una interpretación muy literal de las Sagradas Escrituras. 

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Un sol poble, una sociedad dividida

Insurrección independentista; insurrección civil, pacífica pero agresiva; insurrección ciudadana; abierta rebelión; revolución nacionalista de masas; revolución ciudadana y tecnológica; golpe parlamentario que ha conducido a una revolución, literalmente; revolución que será legalista; revolución popular en las calles: no, no se trata de definiciones extraídas del auto de procesamiento de varios dirigentes del procés dictado por el magistrado del Tribunal Supremo Pablo Llarena; se trata, por el contrario, de conceptos que repiten una y otra vez Enric Ucelay-Da Cal y Arnau Gonzàlez i Vilalta, el primero destacado historiador del catalanismo político e historiador nacionalista el segundo, no menos destacado por su activismo en pro de la independencia catalana, para definir, según las impresiones que les llegan de la calle y de las instituciones de la Generalitat, lo que ha ocurrido en Cataluña durante los meses de septiembre y octubre de 2017.

No hay más salida que la derrota con honor o el éxito: cualquier otra sería tomada como una rendición, sostiene el ciudadano Gonzàlez i Vilalta, añadiendo que, aunque parezca al revés, la Generalitat posee una gran fortaleza para que esta insurrección ciudadana o esta rebelión abierta triunfen, como muestra el hecho de que Carles Puigdemont y su gobierno se hayan «saltado decenas de sentencias, avisos, interlocuciones, la Constitución, el Estatuto, las fiscalías, las audiencias y… siguen en sus cargos». 

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