Archivo general de Revista de Libros

Por qué el hombre es diferente

La especie humana moderna surgió hace aproximadamente doscientos mil años en la sabana africana. Desde ahí, se ha extendido por todo el planeta, ocupando todos los continentes menos la Antártida. Aunque algunos se propagaron por África y fuera de ella con anterioridad, todos los humanos actuales provienen de una migración relativamente reciente que se produjo hace poco más de sesenta mil años. A través del actual Oriente Próximo, se extendieron por el sur de Eurasia y llegaron a Australia hace cuarenta y cinco mil años. Su expansión continuó por Europa y Asia, alcanzando el océano ártico hace treinta mil años. Cruzó hacia Alaska y Canadá y colonizó el continente americano, de norte a sur, en sólo unos pocos miles de años. Ninguna otra especie animal, incluyendo otros homininos como Homo erectusHomo heidelbergensis o nuestros parientes más próximos, los neandertales y los denisovanos, ha sido capaz de una proeza similar. La diversidad de hábitats ha exigido que nuestra especie haya desarrollado una amplia gama de conocimientos, herramientas y conductas que le ha permitido sobrevivir en medios tan hostiles como las estepas heladas del norte de Eurasia, muchas regiones desérticas o las distintas selvas tropicales que ha ido encontrando en su dispersión. 

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¡Marx, Mao, Marcuse!

En el libro de conversaciones entre Chantal Mouffe e Íñigo Errejón, Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia, la profesora belga de Teoría Política realiza una interesante radiografía del universo de movimientos sociales e izquierdas de distinto color que había legado al mundo Mayo del 68. De un lado estaban los nuevos movimientos ecologistas, feministas, pacifistas, las luchas antirracistas o contra la discriminación sexual, etc., cuyo proyecto político no encajaba con la lógica de la lucha de clases. O, al menos, la interpretación plena de su contenido emancipador no podía ser satisfecho desde el determinismo de clase. Del otro lado, los movimientos obreros clásicos cuyo fundamento marxista les mantenía anclados en una suerte de esencialismo de clase, en virtud del cual «las identidades políticas dependen de la posición del agente social en las relaciones de producción, que son las que determinan tu conciencia» (pp. 9-10).

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Las imágenes y sus secretos

Han coincidido estos días sobre mi mesa de trabajo cuatro libros para su reseña. Libros, en apariencia, muy distintos entre sí, tanto en sus formatos como en los períodos que estudian o en los enfoques teóricos de que hacen gala, pero similares por su énfasis en las cuestiones que suscitan las imágenes, en su más amplio sentido, tanto en su elaboración como en los mecanismos de su percepción o incluso en los períodos artísticos con que se relacionan. Se trata, en primer lugar, del tomo de las conversaciones mantenidas entre el pintor David Hockney y el crítico e historiador del arte Martin Gayford, titulado (en la edición española, algo sobre lo que habremos de volver) Una historia de las imágenes. De la caverna a la pantalla del ordenador. Se trata de un libro de gran formato, excepcionalmente bien ilustrado, no sólo por la calidad y cantidad de sus reproducciones, sino por la inteligente utilización de las mismas, como si se tratara de un texto visual paralelo al escrito, lo que convierte su lectura en un placer no sólo intelectual, sino también sensorial.

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Para la historia de un mal sueño: fascismo y cultura

Al comienzo de este interesante, meticuloso y también inquietante libro, Benjamin G. Martin nos recuerda una reunión secreta de oficiales de la Wehrmacht en la que un cercano colaborador de Joseph Goebbels, Leopold Gutterer, habló de la inminente imposición de un «Nuevo Orden» en política y economía, que comportaría el establecimiento de una perdurable hegemonía germánica. El momento de aquella alocución, recuerda Martin, era muy propicio: en junio de 1940, Francia acababa de ser ocupada, Inglaterra parecía abocada a la rendición, faltaba casi un año para la invasión de la Unión Soviética (que entonces era un aliado de conveniencia del nazismo) y Estados Unidos no parecía tan decidido a intervenir como lo estuvo en 1917.

Es norma estratégica de la divulgación anglosajona que un libro arranque con una anécdota reveladora que introduzca la reflexión general que nos lleva a la materia de las páginas que siguen. Pero Martin no ha elegido quizá la más significativa de las anécdotas, porque Gutterer hablaba a convencidos de la superioridad germánica y es posible que una referencia a la monografía de George L. Mosse sobre las raíces decimonónicas de la ideología supremacista alemana y sobre el culto a los caídos hubiera explicado mejor la climatología en que se mezclaban los deseos de la revancha de 1919 y el orgullo satisfecho de 1940.

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Cara a cara con Ingmar Bergman

El valor de una obra no depende de los vientos que soplen en cada época. El hombre de hoy elude hablar de la muerte, apenas busca un sentido a su existir y ha prescindido de Dios. Un gran parte del cine de Ingmar Bergman gira alrededor de estos temas. De hecho, el cineasta sueco se mueve en la órbita del existencialismo, afrontando con angustia la posibilidad de estar atrapado en un universo absurdo, fruto del azar y carente de significado. Algunos apuntan que vivimos en una «época posreligiosa». Quizás esa sea una de las razones por las que el primer centenario del nacimiento de Ingmar Bergman no ha suscitado demasiados homenajes. En la mayoría de los casos, la prensa sólo le ha dedicado artículos que cumplen someramente con la obligación de evocar su figura y trayectoria. Por otro lado, la hegemonía de un cine de entretenimiento que combina un ritmo vertiginoso con unos guiones infantiles también ha contribuido a confinar al cineasta en el desván de lo presuntamente apolillado y caduco. Se pasa por alto que olvidar o postergar su obra sólo contribuye a mermar nuestra comprensión del siglo XX. Su cine es un testimonio privilegiado de su tiempo.

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Izquierda, identidad y nación

«Los obreros no tienen patria»: Marx y Engels fueron categóricos, en esto como en todo, al afirmar en el Manifiesto comunista el carácter forzosamente apátrida del proletariado y su vocación internacionalista. La conciencia de clase era incompatible con cualquier sentimiento ligado al país de origen en un momento (1848) en el que la burguesía había hecho del nacionalismo su gran caballo de batalla para consagrarse como clase dominante, utilizando la nación como elemento de cohesión social y antídoto de la lucha de clases, como trasunto sentimental de un mercado blindado a la competencia extranjera o como metrópoli de un imperio colonial en construcción. La clase obrera debía mantenerse firme ante la capacidad de sugestión de los mitos políticos, desde la nación hasta la democracia, creados por la burguesía para desviar a los trabajadores de sus objetivos históricos como clase dotada de su propia cosmovisión y de un proyecto alternativo a la sociedad de clases.

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Al-Andalus, convivencia e islam: mucho ruido y pocas nueces

Un reciente documental andaluz, Las llaves de la memoria, da voz a quienes «desmienten algunos de los pilares históricos fundamentales sobre los que se ha sustentado el relato oficial del Estado español», con objeto de recuperar la «historia desconocida o silenciada de Andalucía» en referencia a su pasado islámico, por ejemplo, la así considerada «falsa invasión árabe» del año 711. Se sugiere de esta manera que los libros disponibles sobre la época en que los territorios que se llamaron al-Andalus, y que hoy forman parte de la Comunidad Autónoma de Andalucía, no sirven para entender su historia, e incluso la desvirtúan. Es esta una idea que parece estar prosperando en Andalucía y que se repite en varios foros.

No deja de ser llamativo que se hable de historia desconocida o silenciada, siendo así que la historia de al-Andalus es una de las mejor conocidas del mundo islámico medieval, no sólo por lo que se refiere al registro escrito, sino también al arqueológico. Para hacerse una idea.

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Cambio tecnológico y progreso social: ¿es posible un futuro mejor?

Estamos asistiendo a la materialización de unos procesos de innovación tecnológica que a todos nos sorprenden, no sólo por su relevancia, sino porque la velocidad con que se producen y se incorporan a nuestra vida diaria no tiene precedentes en la historia. Apple introdujo el iPhone hace diez años. Cuando todavía una de cada seis personas vive sin electricidad y más de la mitad de la población mundial no tiene acceso a Internet, el número de tarjetas SIM supera ya a dicha población. Resulta difícil mantenerse actualizado respecto a todas las innovaciones que se producen y, en el plazo de una vida, estamos viendo que los usos de las generaciones más jóvenes y las de mayor edad son bien diferentes, en términos de cómo establecen sus relaciones con otras personas, así como del modo en que difunden y reciben información. Los entretenimientos han cambiado drásticamente. Los hábitos de lectura también han cambiado, al igual que los sistemas de aprendizaje, en los que las plataformas online han entrado con fuerza y ofrecen posibilidades de formación antes impensables y llegan a lugares donde apenas existe infraestructura educativa.

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Un viaje a través de la «materia oscura» de los intangibles

Un viaje provechoso a terrenos aún poco explorados exige disponer de un guía no sólo experto, sino también capaz de seleccionar lo importante y que evite perdernos en la maraña de detalles superficiales. En este caso se trata de internarnos en la economía de la materia oscura, en el misterio, la niebla de lo intangible y lo simbólico, del conocimiento, las ideas y la innovación. Pero contamos con dos guías de primer nivel internacional: Jonathan Haskel y Stian Westlake.

Haskel es un catedrático de Economía de laImperial College Business School, con múltiples publicaciones, durante los últimos diez años, sobre inversión en intangibles, tecnología y empleo, grandes bases de datos (big data) o efectos de derrame (spillovers) del conocimiento y crecimiento de la productividad. Westlake tiene una amplia carrera como consultor de empresas, asesor del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Reino Unido, así como miembro y director de investigación de Nesta, la conocida fundación centrada en innovación.

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Los últimos utópicos

En junio de 1994, Peter Sutherland acudió al estrado para impartir la Tercera Conferencia Anual Conmemorativa Hayek ante el público congregado en el Instituto de Asuntos Económicos en Londres. Un avatar de los líderes de la Posguerra Fría, Sutherland estaba acostumbrado a deslizarse de un lado a otro, pasando de los negocios globales (presidente de Allied Irish Banks, presidente de British Petroleum y, más tarde, presidente del ubicuo Goldman Sachs International) al servicio civil global (comisario europeo de Competencia, representante especial de Naciones Unidas para la Migración Internacional). Ocupó durante su vida profesional suficientes sillones de presidente como para llenar un pequeño auditorio. En Londres anunció las deudas que tenía contraídas con Friedrich Hayek, el gran pensador austríaco, al presentar un modelo de integración global que habría de resolver una búsqueda que se había prolongado durante siglos.

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Los enemigos de la Ilustración en el mundo de hoy

Uno de los hechos más asombrosos de la historia de la humanidad es la explosión del avance del intelecto humano que se produjo en un corto espacio geográfico de Europa y en breve extensión de tiempo, y que fue la concatenación, casi sin solución de continuidad, del Renacimiento, la Revolución Científica y la Ilustración.

De esos tres hitos de la historia de las grandes ideas de la filosofía hay pocas dudas de que el más importante, sobre todo desde un punto de vista filosófico, psicológico, sociológico, ético, político y económico, sea la Ilustración, entre otras razones porque incorpora de forma muy señalada valores como el humanismo renacentista y el triunfo de la ciencia moderna. Es, sin duda, el cenit de lo que ha venido denominándose modernidad.

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Sexo, sangre y muerte: un cóctel victoriano

La popularidad se apodera en ocasiones de la imagen de personas que estuvieron en su tiempo en primera fila en la feria de las vanidades; unas veces las banaliza, y otras levanta sobre ellas extraños mascarones cuya relación con la verdad apenas trasluce bajo la fantasía o el mito. De lo primero es buen ejemplo Napoleón; de lo segundo, un príncipe balcánico del siglo XV, Vlad III de Valaquia, componente, ni siquiera antecedente propiamente dicho, del mito contemporáneo del conde Drácula.

Ese mito data de la novela de Abraham Stoker publicada en 1897, compuesta por imbricación de ingredientes independientes y distintos en su naturaleza y antigüedad, pero tan bien fundidos que millones de personas los consideran consustancialmente inseparables. En lo esencial, estos tres: la vida y hazañas de Vlad III, la tradición folclórica y literaria acerca del miedo a los muertos y su retorno al mundo de los vivos, y la remodelación en el siglo XIX del personaje literario llamado «villano gótico». 

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