Archivo general de Revista de Libros

Felipe II: retrato en negros y grises

Hubo una época en la que artistas como Francis Bacon y otros decidieron emplear su talento en lo que se conoce como retrato fantástico o imaginario. Pinterest ofrece una nutrida galería de semejantes especímenes bajo la no menos extravagante etiqueta de «Fantastic and Otherwordly Portraits». Nos resulta familiar el Inocencio X de Bacon tanto como las variaciones de Picasso sobre Las meninas. Una de éstas (María Agustina Sarmiento), guarda cierta similitud con el Felipe II de Antonio Saura que luce en la cubierta de El demonio del Sur. Nunca antes había prestado especial atención a otra cosa que no fuera el texto. Pero la mera contemplación de este Felipe de Saura, y su inequívoca filiación con los retratos debidos a Alonso Sánchez Coello, Juan Pantoja de la Cruz o Sofonisba Anguissola, me ha llevado a pensar que acaso el diseño de la cubierta –en la que los colores dominantes no son otros que el gris y el negro– no haya sido fruto de la mera casualidad. Pues fantástico o imaginario (mejor, tal vez, imaginado) resulta ser en buena medida el asunto tratado por el autor, al ocuparse como lo hace de una leyenda que, además, es negra. Esta y todas ellas pertenecen, en efecto, a un género literario que el Diccionario de la Real Academia define en su segunda acepción como un «relato basado en un hecho o un personaje reales, deformado o magnificado por la fantasía o la admiración».

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¿Se puede ser todavía comunista?

Cuando tenía veintitrés años, fui un verano a conocer el comunismo y aprender alemán en la ahora extinta República Democrática Alemana. A poco de llegar, paseando por una aldea del Hartz, alguien me gritó desde donde no pude verlo un agresivo «Kommunist!» Que en un país comunista se utilizara como insulto tal adjetivo me sorprendió; que toda la población, incluida la muchachada en camisa azul añil de la Freie Deutsche Jugend, echaran pestes en privado y a veces en público del comunismo, también me dejó perplejo; pero lo que de verdad no había imaginado era la realidad misma del comunismo. Si el periodista norteamericano Lincoln Steffens pudo decir, tras pasar tres semanas en la Unión Soviética en 1917, que había viajado al futuro y funcionaba («I have been over into the future, and it works»), viajar a la República Democrática Alemana en los años ochenta era viajar por un túnel del tiempo que nos retrotraía hasta 1945 y que, evidentemente, no funcionaba. Eso sí, era un viaje al pasado muy peculiar, porque todo estaba deslucido por el envejecimiento y, junto a las ruinas de antaño, se alzaban de vez en cuando los bloques de viviendas prefabricados de hormigón, que algún día se desmontarían, cuando hubiera recursos para restaurar la Alemania cuarenta años antes destruida por la guerra: «Dem Sozialismus gehört die Zukunft!» «¡El socialismo es el futuro!», pregonaba la propaganda con que se adornaban las calles, pero el paisaje no hablaba de futuro, sino de congelación en el tiempo y de degradación física y humana.

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Populismo: anatomía del espectro

Si 2016 fue el año del populismo, coronado por la victoria de Donald Trump en las presidenciales estadounidenses y la decisión de los votantes británicos de abandonar la Unión Europea, 2017 fue el año en que se frenó su irresistible ascenso: esperábamos lo peor y lo peor no llegó. Pese a la incesante alerta mediática, no se concretó ninguna de las amenazas previstas: el partido de Geert Wilders apenas subió cinco escaños en las elecciones holandesas, Marine Le Pen cayó con estrépito en la segunda ronda de las presidenciales francesas y Norbert Hofer, candidato de la ultraderecha a la presidencia de Austria, no logró superar al político verde Alexander Van der Bellen. A ello podríamos añadir el fracaso del procés independentista en Cataluña, fenómeno nacionalista de tintes populistas, así como la creciente sensación de que el Brexit ha sido un fenomenal error colectivo cometido en nombre del pueblo. Si el proverbial espectro recorría Europa, en fin, dejó su sitio a un hondo suspiro de alivio.

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Las pensiones en España: solidaridad y demagogia

Hace no muchos días escuché un programa de radio a la hora del Ángelus en el cual su director, con voz grave y tono magistral, presentaba los dos temas principales que iban a debatirse: la dramática situación de los jóvenes ?acosados por los costes de las hipotecas y obligados a seguir viviendo en casa de los padres, ¡o de los abuelos!? y las indignas pensiones recibidas por la mayoría de nuestros jubilados. Pero lo que llamó mi atención es el silencio respecto a la posible relación entre ambos. O, dicho de otra manera, la posibilidad de que no puedan elevarse las pensiones sin agravar aún más la situación de las generaciones más jóvenes, que ya obtienen una remuneración muy escasa en trabajos generalmente temporales o están en paro y, por añadidura, corren el riesgo de no percibir pensión alguna cuando lleguen a los sesenta y cinco años sin lograr un empleo estable. Y de todo ello se hablaba cuando no habían transcurrido muchos días desde la turbulenta manifestación de los jubilados ante el Congreso de los Diputados y se anunciaba ya otra ante el Ministerio de Hacienda. 

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Caravaggio, Modigliani y Fortuny: vida y novela de los artistas

A estos tres artistas no les une su modo de pintar ni su tiempo, sino la desgracia. Fueron enormemente admirados cuando vivían: Modigliani por los «happy few» del París bohemio de Montparnasse y Montmartre, lo que le hizo célebre y pobre; Caravaggio por una pléyade de cardenales, príncipes y embajadores proclives a perdonar sus desmanes; Fortuny, que llegó a rico, por lo más selecto del coleccionismo internacional. Y en los juicios del gusto, el veredicto de la posteridad les ha sido propicio. A Caravaggio se le tiene con toda justicia como el fundador de una fecunda estirpe de pintores de la luz y la nueva realidad convulsa afrontada por el Barroco; Modigliani dejó un sello figurativo lánguido, pero no melifluo, en una época en la que sus contemporáneos rompían o desfiguraban las formas; Fortuny, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando otros soñaban ya el cubismo y practicaban un simbolismo delicuescente, cultivó la estampa orientalista, las escenas de costumbrismo anecdótico, el retrato a monarcas y damas de la alta sociedad, seduciéndonos hasta hoy por la sabiduría de la pincelada y el secreto de una felicidad pictórica hecha de gracia en el dibujo y genio en el color.

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Paul McCartney, el Beatle tranquilo

John Lennon ha pasado a la posteridad como el principal genio creativo de los Beatles. Sus propias declaraciones contribuyeron a promover esa imagen: «Yo empecé la banda. Yo la disolví. Tan simple como eso». Paul McCartney siempre ha ocupado un lugar secundario, lastrado por la fama de blando y sentimental. La trágica muerte de John Lennon consolidó su condición de mito moderno. No ya sólo del pop, sino de la cultura, donde ocupa un lugar privilegiado como un espíritu inconformista, provocador y visionario. Su oposición a la guerra de Vietnam, su pacifismo militante y sus originales performances lo situaron más allá de la música, aproximándolo a una especie de santidad laica. Aunque algunas biografías han cuestionado esta interpretación, aireando sus flaquezas y sus miserias, el apego al mito ha prevalecido sobre cualquier intento de rebajarlo. Mientras tanto, la figura de Paul se ha mantenido en el plano de los mortales. Nadie ha negado su talento musical, pero su celebridad nunca ha disfrutado de una connotación mítica. Simpático, sencillo y avispado, podría ser el hijo de un vecino de escalera. Su éxito colosal produce asombro y quizás envidia, pero la fama no lo ha transformado en una leyenda. Podría ser el yerno perfecto, cariñoso y atento o, sencillamente, la estrella que no ha olvidado a sus amigos. ¿Verdaderamente es así? ¿Lennon debe ser recordado como un genio que ha trascendido el terreno de la música, y McCartney como un brillante compositor, pero con una mente mucho menos inspirada y una trascendencia artística notablemente menor?

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Sexo sin derecho: las lecciones de Martha Nussbaum

A principios del año 2016, y a propósito de la imputación por agresión sexual del actor Bill Cosby, la conocida filósofa Martha C. Nussbaum, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (2012) y una de las más prolíficas e influyentes pensadoras contemporáneas, se descolgaba con un artículo en The Huffington Post en el que rememoraba un desagradable episodio de su juventud. En los siguientes términos: «En el invierno de 1968, cuando era una emprendedora joven de veinte años, tuve un enorme flechazo con un actor conocido que pronto se convirtió en otro de esos idolatrados papás de la televisión americana. Era verdaderamente un buen actor y en aquella época representaba un papel importante en la escena teatral neoyorquina. Tenía alrededor de cuarenta años. Tras salir un par de veces con él una noche le pedí que me llevara a mi apartamento. Tenía alguna experiencia sexual, pero no mucha; sin embargo, decidí ser lanzada pues nos encontrábamos a finales de los años sesenta y sentía que debía sumarme a la cultura imperante. A diferencia de las mujeres agredidas por Cosby, ciertamente yo quería acostarme con él. A lo que no consentí fue al repugnante, violento y doloroso abuso que él se permitió conmigo. Recuerdo gritar pidiendo ayuda, sin resultado, y a él diciendo: “Es parte del sexo”».

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El enigma de los nazis cultos

¿Hay alguien que todavía dé por hecho que los nazis eran masas incultas o que las atrocidades del Tercer Reich fueron cometidas mayoritariamente por sádicos borrachos sin formación? A esas personas, este libro de Christian Ingrao les resultará revelador, aunque a estas alturas de la abundante historiografía sobre el nazismo parece improbable que esa opinión siga estando extendida. En las últimas décadas ha ido abriéndose paso con éxito en nuestro imaginario occidental un nuevo arquetipo: el del nazi elegante y altamente cultivado, que disfruta de la música y de la poesía mientras ejecuta sin vacilar a cientos de civiles por su propia mano. Por citar sólo unos pocos ejemplos conocidos, Luchino Visconti da vida al nazi elegante y culto Aschenbach, el oficial de las SS de La caída de los dioses (1969); éste asoma de nuevo en la figura histórica de Amon Göth en La lista de Schindler (1993), de Steven Spielberg; y más recientemente, en el SS ficticio Maximilian Aue de la novela Las benévolas (2006), de Jonathan Littell. Es probable que, entretanto, la creciente popularización de esa otra idea tipificada de nazi haya ido ganando terreno a la figura del bárbaro embrutecido.

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Cuando los vascos eran de Marte y los catalanes de Venus

Durante el llamado «procés» (y quizá como parte esencial de él) se puso de moda la idea ciertamente extravagante de que la ausencia de una solución en el horizonte para el secular «problema catalán» era culpa exclusiva del Gobierno del Partido Popular y que, por encima de todo, hacía falta diálogo ante el golpe de Estado perpetrado en Cataluña bajo el repetido eufemismo de «procés». No seré yo quien elogie el talento o la sutileza política del partido en el gobierno; pero todo parece indicar que, muy al contrario, el PP no ha sido culpable de nada, salvo en la medida en que ya haya dialogado demasiado con el nacionalismo catalán a lo largo de décadas de concesiones constitucionalmente inaceptables, y ello con grave perjuicio para la minoría castellanohablante, sistemáticamente preterida en el debate político, y de la que, sorprendentemente, sigue sin hablarse bajo su genuina denominación de minoría segregada.

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Contra el nihilismo

Por absurdo que parezca, la idea de que uno puede tener razones para hacer unas cosas y abstenerse de hacer otras es controvertida. En la rama analítica de la filosofía ?la que se practica en los países anglófonos? ha dominado hasta nuestros días un subjetivismo que niega que existan genuinas razones prácticas. Para esta corriente filosófica, la normatividad, en sentido estricto, no existe. Según reza la conocida expresión de Hume, «la razón no es ni puede ser más que la esclava de las pasiones, siendo su única función servirlas y obedecerlas». No puede considerarse irracional, continúa Hume, «a quien desea su propia ruina o la destrucción del mundo». Cuando alguien dice que tiene una razón para hacer algo y que, por tanto, debe hacerlo, está disfrazando con lenguaje normativo lo que, en realidad, no es sino la expresión de un deseo. Las razones son, según esta teoría, deseos encubiertos; y la racionalidad práctica, una quimera.

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Pongamos que hablo de Madrid

Madrid, como toda gran ciudad, y más si es capital y vieja, ha prestado el paisaje y el paisanaje a multitud de obras literarias. Mas la personalidad literaria de Madrid se ha convertido, con el paso del tiempo, en un cúmulo de contradicciones y también de despropósitos que podrían volver loco a cualquier compilador que pretendiera sistematizar las opiniones –literarias o no– que, desde tiempo inmemorial, viajeros o vecinos de esta Villa han venido desgranando sobre ella con aprecio o con desprecio, con amargura o cariño, con una sonrisa o con un látigo. «Ciudades tan descabaladas, tan faltas de sustancia, tan traídas y llevadas por gobernantes arbitrarios, tan caprichosamente edificadas en desiertos, tan lejanas de un mar o de un río, tan ingenuamente contentas de sí mismas al modo de las mozas quinceañeras, tan pobladas de un pueblo achulapado, tan heroicas en ocasiones sin que se sepa a ciencia cierta por qué»: así se expresaba acerca de Madrid el donostiarra Luis Martín-Santos en su madrileñísima novela titulada –y con tanta razón– Tiempo de silencio (1961). Unos años antes (1949), un cronista enamorado de Madrid, Federico Carlos Sáinz de Robles, había escrito: «Destartalada ciudad sin pretensiones por su pasado y sin exigencias para su futuro».

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Eugenio d’Ors: entre la frustración y la coherencia intelectuales

Madrileño de 1952, Javier Varela Tortajada es profesor de Historia de las Ideas Políticas en la UNED y autor de obras historiográficas de singular calado y de muy variada temática, entre las que resulta necesario destacar La muerte del Rey, Jovellanos, La novela de España y El último conquistador: Blasco Ibáñez. Ahora aborda minuciosa y sistemáticamente la trayectoria vital de Eugenio D’Ors y Rovira. No se trata de un estudio sobre la filosofía d’orsiana, ni tampoco sobre su obra literaria. Es una reconstrucción de su biografía con especial consideración hacia la política. Como es frecuente en la producción de Varela, su contenido no está exento de un talante irónico, declarándose enemigo de la «corrección política», a la hora de señalar que la obra pretende ser «un ejercicio de recuperación –me atrevería a decir “de restauración”? de un autor con el que –he de confesarlo? no simpatizo». «El dandismo del personaje, su carácter acomodaticio, la insondable vanidad –la pasión dominante entre académicos e intelectuales?, el cinismo –tan visible en muchas ocasiones?, no propician la identificación». Y es que las ideologías que defendió D’Ors –el nacionalismo, primero, y el falangismo, después? figuran, según el autor, «entre lo más abominable del siglo XX». No obstante, Varela ha procurado «escribir sobre esta antipática personalidad sine ira studio».

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