Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Todo lo que nos gusta

El Pop Art fue el último gran «ismo» del siglo XX que no impuso una penitencia a los fieles del arte. Eso no significa que careciese de credo, o de clero, ni que sus componentes más conspicuos fueran unos descreídos. 

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Sontag madura

Cinco días después de la muerte de Stravinsky, Susan Sontag escribe una anotación de su diario con fecha del 11 de abril de 1971, recordando cómo, todavía adolescente, ella y Merrill, amiga desde la infancia, solían discutir entre clase y clase «si ofrendaríamos nuestra vida para dar a Stravinsky un año más de vida – o cinco». El apunte retrata condensadamente a la Sontag: precocidad, curiosidad, esnobismo de gama alta, hubris

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El arte de contarlo todo

A este magnífico novelista inglés nacido en 1954 le gusta jugar traviesamente con la Historia, con las identidades sexuales, con la literatura, sin dejar nunca de ser él mismo en lo mejor y en lo peor; lo peor también aflora en El hijo del desconocido, lo que no impide que la lectura del libro sea fundamentalmente placentera. Lo peor de Hollinghurst está entreverado con lo mejor, como les pasa a muchos artistas.

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El mensaje del médium

En los primeros días de septiembre de 1922, André Breton, acompañado por el poeta Robert Desnos, se enfrentó a dos magnetizadores que practicaban sus artes en una de las ferias periféricas que tanto le gustaba frecuentar. Dos semanas después de haber puesto en evidencia a esos charlatanes, los profesores Donato y Bénévol, Breton se deja arrastrar por René Crevel, pese a que este escritor de veintidós años mostraba ya su adherencia a Tristan Tzara en la disputa que separaría a los dadaístas del grupo bretoniano. 

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La roquera piadosa. La afamada vida de Patti Smith

Siempre me han gustado las canciones de Patti Smith (sobre todo las de los álbumes Easter y Horses), su voz un poco rauca, su estilo salmódico, pero nunca la he visto actuar en vivo. En vivo la vi sólo a la muerte de Susan Sontag, enterrada en París el 17 de enero del año 2005 en un acto que Smith podría haber narrado bien, de haber llegado a tiempo ese luto, en este libro. Había muchas celebrities en el cementerio de Montparnasse aquella mañana de frío medular y cielo en sombra, y estando allí Salman Rushdie (sin escolta visible), Ian McEwan, las actrices Fiona Shaw e Isabelle Huppert (que leyó en francés textos de Baudelaire, Beckett y Barthes elegidos por

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Tiepolo y el otro

Este libro trata de demostrar que el artista que más gozo infundió al arte italiano de la pintura era un gran infeliz, y que el poseedor de una de las paletas más luminosas del Siglo de las Luces tenía su pensamiento y tal vez su vida privada en sombras. Para llevar a cabo tal demostración, Calasso despliega las artimañas del sofista que tan brillantemente ha desarrollado desde su fenomenal mutación literaria: de editor de refinado olfato al frente de la firma Adelphi a ensayista de creación y mitógrafo de las religiones, tanto trascendentales como terrenas. La mutación empezó en 1983, con la publicación en Italia de La ruina de Kasch, que a España llegó en 1989, cuando Jorge Herralde, sin

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El lado masculino de García-Alix

A Alberto García-Alix le gusta autorretratarse, más que a la mayoría de los grandes fotógrafos contemporáneos entre los que se cuenta. No por ello es más vanidoso que el resto. Él se muestra ante el objetivo de su cámara con la misma impudicia con que retrata a sus demás modelos, siguiéndoles a menudo en los castigos de la crueldad del tiempo. Y, como ellos, se desnuda genitalmente o se pone elegante, se mete en las venas la jeringuilla, se enmascara o exhibe los accidentes de su piel. García-Alix es en esos abundantes autorretratos el modelo de García-Alix, y señalar la duplicidad de la persona no es un apunte mío de psicocrítica; en el arranque del libro Moriremos mirando que aquí

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Los zapatos del franciscano

Hace unos años, en un curso de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo dedicado al arte español contemporáneo, intervino, en un diálogo con el director del curso, Francisco Calvo Serraller, Antonio López. Abierto el turno de intervención del público al final de la charla (en la que el gran pintor manchego hizo gala, no sin encanto, de su conocida sencillez franciscana), recuerdo muy bien la primera pregunta que se le hizo, más bien una reflexión en voz alta. Un muchacho sentado en la primera fila del aula (y que con el tiempo se ha convertido en un valioso artista plástico) se extrañaba –y no parecía haber «demasiada» malicia en sus palabras– de que hombre tan recatado y espartano estuviera

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