Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Man Ray, el hombre que no sabía pintar

Éste es un libro modesto, interesante, de poco brillo literario y mucho relumbrón en el reparto. Se lee hasta el final sin la tentación del abandono porque es de Man Ray, aunque eso no implica rareza: en la mayoría de las memorias autobiográficas lo que atrae nuestra atención es la firma. Pese a su dadaísmo temprano, Ray inicia el relato de la vida de Emmanuel Radnitzky (su verdadero nombre) como un novelista victoriano; el niño Emmanuel robaba tubos de pintura en los colmados de Brooklyn, adonde su familia se trasladó desde Filadelfia, la ciudad en que había nacido en 1890, y lo único que quería en este mundo era dibujar, frente a la voluntad de sus padres, recelosos del poco

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Emblemas: nostalgia de lo oscuro

Hubo un tiempo en el que los artistas no tenían que preocuparse de ser entendidos. La novela propiamente dicha aún no existía (aunque sí los romances en clave exótica y las fantasías caballerescas), los dramaturgos, por inverosímil que hoy pueda parecer, usaban la mitología y la retórica latina para impresionar al público de los corrales, y el pintor sólo tenía que convencer a su patrón, orgulloso de ser el pagador de un secreto programa particular. Las delicias de ese arte cifrado siguieron existiendo, en decadencia, hasta el siglo XIX, cuando el limpio espejo humano de la novela, el teatro naturalista, los comienzos de la fotografía y, sobre todo, la voluntad igualitaria nacida de las revoluciones del siglo desbarataron el cuadro

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