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La amistad de dos mentes geniales

El avance de las ciencias sociales durante el siglo XIX está en deuda con las relaciones de amistad que se establecieron entre muchos de sus protagonistas. Este fue el caso de, por ejemplo, David Ricardo y Thomas Malthus, Jeremy Bentham y John Stuart Mill, Nassau Senior y Alexis de Tocqueville, o Eugen von Böhm-Bawerk y Friedrich von Wieser. En esta tradición, el estudio de la relación de amistad fraterna entre David Hume y Adam Smith abre al interesado un panorama fascinante del ambiente intelectual en la Escocia del siglo XVIII y de la personalidad de estos dos grandes del pensamiento social y filosófico. El libro del politólogo Dennis C. Rasmussen (profesor en la Tufts University) aborda la relación de amistad de estos dos genios desde su encuentro en 1749 hasta la muerte de Hume en Edimburgo en 1776 y el período posterior, hasta 1790, en que desaparece Smith. El libro es un relato detallado de este aprecio mutuo en el que destaca, de forma llamativa, la ausencia de debate entre los dos autores.

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Capitalismo de rostro humano

Señalaba con sorna el premio Nobel de economía George Stigler que «el clero antiguo había dedicado sus mejores esfuerzos a enderezar la conducta de los individuos, y el clero moderno los suyos a enderezar las políticas sociales» (The Economist as Preacher, 1980). La relación entre el cristianismo y la economía viene, en efecto, de muy antiguo. Desde la formalización misma de la doctrina cristiana en la Edad Media, su inclinación social llevó a los escolásticos a la reformulación del orden aristotélico y a sus conocidos dictámenes sobre el carácter orgánico de la sociedad, la necesidad de un precio justo en el intercambio, la diferencia entre valor y precio, la naturaleza insana de la asimetría en el comercio, la acumulación culpable de riqueza y todos los demás supuestos de la tradición tomista. Es cierto que algunos escolásticos ?como los nuestros de Salamanca? hicieron avances relevantes en el estudio de la libertad de mercado y el sistema de precios, pero, en general, el cristianismo se inclinó casi siempre hacia el colectivismo y la economía dirigida. A partir de mediados del siglo XIX, la doctrina social de la Iglesia en el mundo católico y el socialismo cristiano en el protestante acentuaron aún más su oposición al liberalismo y su visión benevolente ?como un error bienintencionado? del colectivismo marxista. 

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Economía y psicología, y viceversa

Hace ya tiempo que el racionalismo no está de moda en el mundo moderno. La vieja propuesta de Condorcet ?«reducir toda la naturaleza a leyes similares a las que Newton descubrió con la ayuda de las matemáticas»? sería el camino del raciocinio hacia un futuro próspero y armonioso de paz y amor fraterno basado en la razón y la extensión del conocimiento. Pero esa promesa se esfumó más tarde a manos del sentimentalismo hegeliano, leninista y hitleriano, y el mundo racional de los ilustrados dio paso a las pasiones populistas y nacionalistas que ahora, además, vuelven con más emoción, si cabe. El cuestionamiento del racionalismo se produjo también en el campo científico y, con mayor intensidad, en las ciencias sociales. El pensamiento económico moderno surgió en el siglo XVIII a partir de supuestos racionalistas como la maximización de la utilidad individual y la persecución del bien general a través del privado. 

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La vieja Biblia socialista

Mientras el mundo católico europeo reaccionaba contra el industrialismo con la fundación de la Unión de Friburgo (1884) y la publicación por León XIII de la encíclica Rerum novarum (1891), simultáneamente, una parte del cristianismo protestante expresaba también su rechazo al capitalismo y al fenómeno que Arnold Toynbee bautizó como la Revolución Industrial. En ambos casos se trataba de poner de manifiesto la incompatibilidad del sistema de mercado con algunos preceptos morales del cristianismo, así como de incorporar al ideario social y económico la concepción del hombre como ser transcendente con un fin último en Dios. Para ser verdaderamente humana, la sociedad y su sistema económico habían de basarse en supuestos antropológicos de carácter religioso. La crítica protestante al sistema de mercado nunca alcanzó la influencia de la Doctrina Social de la Iglesia católica, que llegó a convertirse en un programa de gobierno en diversos países, pero tuvo una influencia decisiva en la socialdemocracia laborista. 

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