Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

El dandi, el incorruptible y el famoso

Al preguntarle alguien cuál era su lago escocés favorito, George Bryan Brummell se volvió a su mayordomo: «¿Cuál es mi lago favorito?». «Windermere, señor», apuntó el criado respetuosamente. «Ah, sí, Windermere», bostezó el apodado «bello Brummell». La anécdota (recogida por Scaraffia en su Diccionario del dandi) condensa la actitud del dandi ante la vida: la falta de deseo, la desgana, el desprecio por los gustos del vulgo. Y el aburrimiento: otro dandi notorio, el francés Barbey d’Aurevilly, llevó un diario en el que la frase más repetida, a lo largo de decenas de años y centenares de páginas, es «Je m’ennuie». El personaje del dandi irá fundiéndose progresivamente con el del artista, un tipo de artista por lo menos: el

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Mecanismos de relojería

La historia de la edición española en el último medio siglo es errática. Desde el fin de la guerra, la censura –continuando la obra entrañable y españolísima de la Inquisición– impidió que se publicara con normalidad buena parte de la literatura extranjera contemporánea. Llovía sobre mojado, además, si recordamos la amarga sentencia de Unamuno: «Aquí no interesa nada de nada». Al llegar la democracia, muchas editoriales se lanzaron de cabeza a publicar lo que el franquismo y el desinterés patrio habían dejado en el limbo. Pero lo hicieron con más entusiasmo que método, y descubrimos ahora que muchos pequeños o grandes clásicos no gozan de una edición española viva: o no llegaron a publicarse nunca, o sólo existen de ellos

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No tan loca

¿Por qué ha habido tan pocas escritoras? Virginia Woolf se lo preguntaba en un ensayo hoy celebérrimo, A Room of One's Own (Hogarth Press, Londres, 1929; Una habitación propia, Seix Barral, Barcelona, 1989) en el que no sólo respondía a esa cuestión, imaginando las desventuras de una hipotética hermana de Shakespeare, sino que se planteaba otras. Comprueba Woolf que las mujeres han sido presentadas en infinitos libros escritos por varones (y no viceversa), y señala la necesidad de que surjan escritoras para presentarnos personajes femeninos por sí mismos y no sólo a través de sus relaciones con los hombres; de lo contrario nunca tendremos un retrato completo del ser humano. Sería una lástima, prosigue, que las mujeres escribieran como varones,

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Joyas agridulces: el Diario de Renard

Sus obras completas ocupan diecisiete volúmenes; perteneció a la Academia Goncourt; Toulouse-Lautrec ilustró sus Histoires Naturelles y Ravel las musicó; tuvieron gran éxito sus ácidas comedias y su novela autobiográfica Poil de Carotte (Pelo dezanahoria), historia de un niño sometido a una madre odiosa; pero si Jules Renard (1864-1910) sigue vivo entre nosotros, es sobre todo por su Diario, que no ha dejado de ganar admiradores con los años. Lo primero que puede decirse de Renard es que es un escritor profundamente francés. Nació y vivió siempre en Francia, a medias en París, inmerso en el mundillo literario, y a medias en un pueblecito del que era alcalde, en la «Francia profunda»; leía casi exclusivamente literatura francesa; su Diario se

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De la práctica a la teoría

¿Se puede ser escritor y crítico, autor de una obra literaria valiosa y también de una reflexión convincente sobre el género que se practica? La negativa sería ingenua: correspondería a una visión romántica del escritor como genio irracional, puramente intuitivo; visión no sólo trasnochada sino desmentida por los excelentes ensayos que debemos a un Salinas o un Kundera, pasando por Duras, Gil de Biedma, Woolf o Cortázar. Como sabrá el lector, Andrés Trapiello viene publicando desde 1990 sucesivos volúmenes de su diario; es en nuestra opinión el mejor diarista español contemporáneo. Entonces, ¿por qué su ensayo sobre El escritor de diarios es tan decepcionante? La respuesta parece obvia: por su falta de rigor. Trapiello –al igual, ay, que numerosos críticos,

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El jardín donde el tiempo se reposa

Si la recepción en España de la obra de André Gide (1869-1951) ha sido irregular, no se debe sólo a la censura a nuestro proverbial desinterés por lo autobiográfico (lo que explicaría que no se haya publicado aquí su obra magna, el diario) sino a la propia, desconcertante variedad de la producción gideana. «Si vemos de ella intensamente un solo aspecto, descuidamos lo importante de ese aspecto, que consiste en no estar solo y en admitir también la verdad del aspecto opuesto. Si subrayamos esa afirmación de los contrarios, olvidamos la tendencia al equilibrio, a la armonía y al orden que no dejó de animarla» (M. Blanchot: La part dufeu, Gallimard, París, 1949). Pero si Gide es «nuestro contemporáneo capital»,

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