El jardín donde el tiempo se reposa

Amyntas

ANDRÉ GIDE

Eds. del Oriente y del Mediterráneo

Trad. y notas de Fernando García Burillo

181 págs.

Si la recepción en España de la obra de André Gide (1869-1951) ha sido irregular, no se debe sólo a la censura a nuestro proverbial desinterés por lo autobiográfico (lo que explicaría que no se haya publicado aquí su obra magna, el diario) sino a la propia, desconcertante variedad de la producción gideana. «Si vemos de ella intensamente un solo aspecto, descuidamos lo importante de ese aspecto, que consiste en no estar solo y en admitir también la verdad del aspecto opuesto. Si subrayamos esa afirmación de los contrarios, olvidamos la tendencia al equilibrio, a la armonía y al orden que no dejó de animarla» (M. Blanchot: La part dufeu, Gallimard, París, 1949). Pero si Gide es «nuestro contemporáneo capital», según la célebre definición de Malraux, se debe precisamente a sus contradicciones. Profunda y atormentadamente creyente hasta la madurez (Numquid et tu?), criticó a protestantes (La sinfonía pastoral) y católicos (Los sótanos del Vaticano) y terminó siendo ateo. Clásico en su prosa, revolucionó la estructura de la novela y abrió el camino al nouveauroman (Los monederos falsos). Partidario del arte por el arte, se comprometió en numerosas causas (Viaje al Congo). Rico burgués, se convirtió al marxismo, pero criticó el sistema soviético (Regreso de laURSS). Hombre de vastísima cultura, buscó en los países árabes la sensación en estado puro (Los alimentosterrenales). Homosexual y pederasta (Corydon), fue a la vez un moralista. Se casó con su prima, su gran amor, pero no consumó el matrimonio (Et nunc manet in te); deseaba a los chicos, pero dejó embarazada a la hija de su mejor amiga… Y si hay una obra que englobe todo ello, es sin duda su Journal (del que por cierto la selección y traducción española, realizada por quien esto firma, no tiene en estos momentos editor). Muchos lo consideran su obra maestra; es, en todo caso, el depósito del que extrajo todas las demás.

De la fascinación por el Maghreb reflejada en el diario surgen Los alimentos terrenales (1897), El inmoralista (1902), y este Amyntas (1906) con que las exquisitas Ediciones del Oriente y del Mediterráneo inauguran Periplos, una colección de viajes. Mientras que los otros dos textos están más elaborados, lo que no los hace forzosamente mejores, Amyntas es la simple transcripción de fragmentos del diario. Conserva una de las mayores cualidades de éste: lo que su prologuista Éric Marty define como «intensidad del presente». Aquí potenciada porque en estos países el presente parece eterno; son «el jardín donde el tiempo se reposa» (pág. 17).

Como en un cuaderno de croquis, Gide capta en unos trazos magistrales escenas, instantes, personajes: un águila sobrevolando una duna, un pastor agitando la rama de un albaricoquero cuyas hojas otoñales caen como una lluvia de oro sobre las cabras, la sala de espera del cadí, un teatro de sombras, una ceremonia de exorcismo, una tormenta de arena, cuatro rayos de sol que penetran en el verdoso hammam… Su sensibilidad para olores, colores, sonidos, es prodigiosa, y tal vez los momentos más inolvidables son aquellos en los que no sucede nada, en que solamente se percibe algo tan inmediato y sutil como un racimo de uvas que «era a la vez violeta y dorado; era transparente y parecía opaco» (pág. 85), o el momento en que «los invisibles pájaros de la higuera de la plaza comienzan un piar tan fuerte que todo el árbol se embriaga con él» (pág. 78), o un «olor a urea, eructo y mugre tibia» (pág. 103).

Como vemos, Gide no elude lo feo o miserable: los enjambres de larvas que obligan a proteger con tapaderas los platos de un restaurante, unos niños sentados en el puerto compartiendo «no un pescado, sino una raspa econtrada Dios sabe dónde», (pág. 100), un vagón de tercera que parece «una leprosería» (pág. 79)… Es una de las diferencias entre un viajero, como él, y los turistas a los que observa con desdén: «nunca me los encontré cuando había algo interesante» (pág. 52). No retroceder ante las incomodidades y pasar largas temporadas in situ, como hacía él (no en vano vivía de renta), permite que los lugareños se acostumbren a uno, de modo que «sus costumbres, alteradas al principio, vuelven a su cauce» (pág. 35). Digamos entre paréntesis que la diferencia entre viajero y turista (todo el mundo reclama para sí la prestigiosa condición de lo primero, asignando a los demás la segunda) es muy relativa, como bien mostró J. Urbain en su interesante ensayo L'Idiot du Voyage (Plon, París, 1991). Pero está claro que sólo conviviendo, día a día, con otras formas de vida podemos extraer las enseñanzas que encierran. Y la que extrajo Gide fue poner en tela de juicio el puritanismo recibido: «¡No, no me voy a perder este día espléndido trabajando! (…). Esta mañana, toda mi devoción para el Apolo sahariano de dorado cabello, miembros morenos y ojos de porcelana…» (pág. 152).

A la edición, cuidada y minuciosa, se puede reprochar a lo sumo algún leve error, como creer que la sigla «MAG» significa «Madame André Gide», cuando es en realidad «Madeleine André Gide», o traducir «Pues claro que no, sofista Maurras, no se trata de cortar sus raíces…» cuando lo correcto sería «cortar uno sus raíces» o «cortar las propias raíces». Detalles que no empañan el placer de leer esta obra espléndida de sensualidad, radiante de felicidad, una joya de la literatura de viajes.

Ficha técnica

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