¿Una pregunta cuya respuesta es un billete?

Como el monstruo del Lago Ness, el debate de la prostitución surge cada tanto. Agita las aguas, hace correr ríos de tinta; lo esgrimen unos contra otros como un espantajo en sede parlamentaria… y luego vuelve a hundirse en el sueño de los justos. Los últimos meses de la política española nos han ofrecido una nueva temporada de ese viejo sainete.

En junio del año pasado, una grabación de audio nos mostraba en qué términos un ministro aficionado a las «señoritas», José Luis Ábalos, y su fiel escudero, Koldo García, ambos militantes del Partido Socialista Obrero Español, se referían a las «señoritas» en cuestión. El episodio no tenía desperdicio. El cinismo de repartirse mujeres como quien cambia cromos. El cinismo elevado al cubo de que quien así hablaba en privado fuera la misma persona que en público, solemne y virtuosamente, proclamaba que la prostitución le daba «asco». El fiel escudero que le susurra a su jefe que él graba en secreto a sus interlocutores, y cuando el jefe le pregunta si a él también, exclama que no, por supuesto: «¡tú eres el hombre de mi vida!». Lo sabemos porque, mientras lo decía, estaba grabándolo. El halo ¿sórdido? ¿chusco? ¿ridículo?, y en todo caso, castizo, de la pareja Koldo-Ábalos, entre Celtiberia Show y Mortadelo y Filemón…

El vodevil fue inolvidable. Pero la salud moral de nuestra clase política quedó a salvo. Tirios y troyanos clamaron al cielo con unánime fervor. PSOE: «Quiero que sepan que los audios que se han filtrado me repugnan» (Pedro Sánchez). Sumar: esa manera de hablar de las mujeres «como si fuéramos un trozo de carne, da absoluto asco» (Mónica García). PP: «el abominable negocio de la prostitución» (Alberto Núñez Feijóo).

Dada tan loable y rara unanimidad, era de suponer que el siguiente paso sería que los partidos en cuestión, que suman mayoría, aprobaran una ley para abolir eso que están de acuerdo en tildar de abominable, asqueroso y repugnante. Pueees… El Partido Popular ha rechazado las iniciativas legislativas del PSOE en este sentido. En cuanto a Sumar, no es la prostitución lo que le parece mal, sino cómo se ejerce y cómo se habla de ella: quieren «desestigmatizarla y regularla», no abolirla. ¿Y el PSOE? Por boca de la ministra de Igualdad, Ana Redondo, el partido prometió una ley abolicionista. Incluso le puso fecha: en septiembre de 2025 presentaría el proyecto. Llegaron los idus de marzo, septiembre en este caso, pasaron, transcurrieron algunos meses más… y a principios de mayo, Félix Bolaños ha anunciado que, bien mirado, no. El Plan Anual Normativo de 2026 no lo incluye.

Resumo: ante la revelación de que un ministro era putero, la clase política, como un solo hombre, manifestó su escándalo (¡aquí se juega!). Y una vez manifestado… caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

Vienen estas reflexiones a cuento de una colaboración publicada hace poco en esta revista que me ha llamado la atención. Porque es un artículo que expresa, implícita pero claramente, un juicio ético sobre la prostitución, y que sin embargo desconoce —ignora, no examina, vacía de contenido— eso mismo que está juzgando.

El texto, firmado por Alba Díaz Cano, estudiante de Crítica y Argumentación Filosófica en la Universidad Autónoma de Madrid, y titulado: «No decía palabras», de Luis Cernuda, con un comentario» –lleva también un subtítulo: «Sexo mudo»— empieza con una afirmación: en el poema comentado, dice, «Luis Cernuda expone la lucha perpetua entre el deseo y el control, entre el impulso y la norma». Se trata de una interpretación muy discutible (yo, al menos, no veo en el texto de Cernuda alusión alguna a «norma» o «control»), pero dejemos de lado esa cuestión y atendamos a la antinomia que la autora plantea y, seguidamente, procede a desplegar.

De un lado, pues, «el deseo», «el impulso», «el sexo». Del otro, «la norma», «la respetabilidad», «los pilares de la familia», «el instinto propietario», «una moral hipócrita». La prostitución, prosigue Alba Díaz, es el síntoma más claro de la oposición entre ambos términos. Mientras el sexo se sujeta a las convenciones de «amor romántico», «monogamia», «refugio último de nuestra identidad y nuestra dignidad», no hay problema. Pero cuando se muestra como «mercancía, acto público o mero desahogo», provoca «hostilidad»: el debate sobre la prostitución es «el capítulo más ruidoso en ese intento de domesticación».

Pero ¿qué es, para Alba Díaz, la prostitución? «Mercado», «desahogo», «intercambio comercial», «sexo promiscuo», «objeto de transacción», «accesibilidad inmediata», «encuentro crudo entre carne y carne», son los términos que emplea. ¿No falta algo?

Sorprende que un artículo sobre prostitución no incluya ninguna referencia a la pobreza y a la violencia. Bien es cierto que en el último párrafo, la autora reconoce: «El debate sobre la prostitución es mucho más complicado que la forma en la que entendemos la sexualidad, y sería un gravísimo error reducirlo a este único punto». Pero es que es, precisamente, en su concepto de «sexualidad» donde empieza el problema. Pues parece dar por supuesto que «la sexualidad» del acto de prostitución supone y significa lo mismo para prostituidores y para prostituidas.

Dicho de otra manera: si el único eje interpretativo es «deseo» frente a «norma», y si la prostitución, así en bloque, se sitúa del lado del «deseo», ¿debemos entender que es el impulso sexual lo que mueve a las prostitutas? ¿Ellas desean esos actos por los que cobran, es placer lo que buscan en ellos? Si se trata de un «encuentro entre carne y carne», en el mismo plano, ¿por qué una de las carnes paga y la otra cobra?… Me parece, la verdad, un ejemplo extraordinario de hasta qué punto se ha naturalizado la sinonimia entre sexualidad y deseo masculino.

La cuestión, claro, no es lo que a mí me pueda parecer, sino lo que les parece al otro polo de la prostitución: las mujeres. Se lo podemos preguntar a algunas que lo han expresado en detalle. Tomaré dos extremos: una que fue vendida por 300 euros, siendo menor de edad, por proxenetas de su país (Rumanía) a un proxeneta español y ejerció la prostitución durante cinco años en más de cuarenta prostíbulos de Alicante, y una joven canadiense de clase media, estudiante de literatura en Montreal, que un buen día vio un anuncio de una agencia de escorts y decidió presentarse. Comparemos sus experiencias.

La canadiense, Nelly Arcan, acompañaba a hombres ricos a cenar en exquisitos restaurantes, o a vacaciones en hoteles de lujo en Acapulco. Su vida consistía en «pasar de la cama al peluquero a la maquilladora al gimnasio a la boutique a la manicura a la dieta al cirujano al strip-tease y de vuelta a la cama», según relata ella misma (42).  La de Amelia Tiganus: «vivir desnuda, encerrada y hacinada; con el miedo constante a la muerte, mientras cientos de hombres desconocidos —de uno en uno o en grupo— te manosean, te babean, te sudan encima, te escupen, te insultan, te pegan, te empalan, te meten su pene por boca, vagina y ano» (188). Notemos, por cierto, que Tiganus no se consideraba víctima de trata. Daba su consentimiento, convencida como estaba —así se lo decían los proxenetas— de que prostituirse era «ser lista», sacarle partido a la única baza de la que disponía: su condición de objeto sexual. Llevaba muchos años, desde los trece, sufriendo violaciones (nada excepcional: «todas venimos de tremendas historias de pobreza, de desamor parental, malos tratos en el hogar, incestos, violaciones…», apunta, p. 122); ahora, al menos, cobraría por ello.

¿Deseo? ¿Placer?… Para Amelia Tiganus, los puteros «pagan por mujeres sin alma, sin deseo. Pagan por follar con muertas» (55). En el burdel, el sexo se convierte para ellas en «una de las más brutales formas de tortura» (90).

Otra cosa será, es de suponer, para Nelly Arcan… Rubia, de ojos azules, culta, con cuerpo de modelo (las cicatrices de la cirugía ocultas bajo la lencería fina) y clientela de papel couché, Arcan encarna una prostitución ideal. La que tantas mujeres jóvenes aprueban, la que incluso juegan a ejercer en formas soft y aparentemente inocuas: OnlyFans, sugar daddies… Una vida de lujo, rebosante de placer sexual y apuntalada por la validación del deseo masculino. Pero ella también termina descubriendo el carácter solipsista, masturbatorio, del sexo ejercido por el prostituidor: «A estas alturas, sé demasiado bien lo que le pasa por la cabeza a mis clientes para creer que sus erecciones tienen algo que ver conmigo» (56). Es el de ellos un deseo impersonal, sin la menor empatía, «al que no le importan ni el dolor ni el asco» (126).

Arcan y Tiganus coinciden en describir lo que su experiencia en el burdel les enseña en cuanto a su lugar en tanto que prostitutas y en tanto que mujeres: «Una mujer no es más que eso, una muñeca, una Pitufina, una puta», escribe Arcan (43). Tiganus sentía, dice, que se había convertido en «una cosa para los demás», que «existía solo cuando era elegida para ser usada» (162).  «Te llenan, además de con su semen, con desprecio y odio por las mujeres» (188). Pero ella seguía buscando ser la elegida «porque era lo único que me daba valor» (162), igual que Arcan, que está en el séptimo cielo cuando oye decir a la recepcionista, al teléfono: «¿Una cita con la señorita Nelly? Va a ser difícil, ¡está muy solicitada!». Tres mil hombres después, lo que siente hacia ellos se define con una sola palabra: «odio» (64). Un sentimiento bastante comprensible cuando se leen los comentarios de puteros en sus foros. Sirva de muestra este botón: «No chupa con entusiasmo, se retuerce de dolor cuando se la meto por el ano, no besa, vagina no muy profunda, se nota que no disfruta…» (Gimeno, 245). ¿Cómo podemos haber pasado del bellísimo poema de Cernuda a esto?

Amelia Tiganus salió de la prostitución el día en que, ante la insistencia de un cliente en besarla contra su voluntad («Los puteros saben que hay reglas que no deben transgredir, pero les encanta transgredirlas. Es lo que más satisfacción les produce», 206), le mordió los labios hasta hacerle sangrar. Pasó unos años de desorientación hasta que cayó en sus manos el libro de Nuria Varela Feminismo para principiantes. Se convirtió —lo sigue siendo— en una activista por la abolición de la prostitución. «El feminismo me salvó la vida», afirma (222). En cuanto a Nelly Arcan, terminó la suya el 24 de septiembre de 2009, a los treinta y seis años, ahorcándose en su piso de Montreal.

«La hostilidad que la prostitución genera no nace solo de una preocupación ética, sino de una construcción política», afirma Alba Díaz. No queda claro, a tenor de cómo desarrolla esa idea, si la «construcción política» en cuestión consiste en «la familia, la norma social, la monogamia, la doctrina religiosa» o más bien «la identidad y la dignidad sagrada del ser humano». Si lo primero, cabe objetar que hace dos mil años que la prostitución convive pacíficamente, hipocresía mediante, con la construcción política en cuestión, religión incluida (¿no justificaba San Agustín el lenocinio como «mal necesario»? ¿acaso se han manifestado alguna vez contra él los obispos, tan ruidosos cuando protestan contra el matrimonio homosexual? ¿y cuándo hemos visto a católicos rezando de rodillas ante burdeles, como lo hacen ante clínicas abortistas?). Si lo segundo, no se ve en qué «la identidad» sería hostil a la prostitución, ni en qué sentido «la dignidad sagrada del ser humano» es una construcción política (entendida esta como algo ajeno a la ética).

Pero bienvenido sea el análisis de la construcción política de la prostitución. Lo han llevado a cabo con especial acierto, en mi opinión, dos ensayistas españolas: Rosa Cobo y Beatriz Gimeno.

Nos explica Rosa Cobo en su libro La prostitución en el corazón del capitalismo cómo se ha transformado esa institución en las últimas décadas. Por supuesto, nunca fue un fenómeno «natural», ni siquiera «el oficio (femenino) más viejo del mundo» (este sería, si acaso, el de comadrona), sino que aparece junto con la sociedad de clases y el patriarcado. La globalización neoliberal le confiere una nueva dimensión: de ser, dice Cobo, algo «casi artesanal», con escaso impacto económico, pasa a convertirse, a partir de los años 70 del siglo pasado, en el corazón de una gran industria multinacional, que abarca muchos otros negocios, desde la pornografía y OnlyFans hasta la hostelería o el turismo, y que se apoya en la economía ilegal, en particular a través de la trata. Esta última no es una excrecencia, sino la base imprescindible de la prostitución. Solo aplicando la violencia, la extorsión o el engaño a mujeres sometidas a la pobreza se puede reclutar a un número suficiente de ellas para satisfacer la demanda.

Por su parte, en Alegato contra la prostitución, Beatriz Gimeno intenta comprender una evolución contradictoria: ¿cómo se explica que, justo cuando avanza la igualdad entre mujeres y hombres, y cuando hay más libertad sexual que nunca, la prostitución, en vez de disminuir, haya aumentado?

Su respuesta, compartida por Rosa Cobo, es que se trata de una reacción patriarcal.  Precisamente cuando todas las profesiones, todas las instituciones, se están volviendo (al menos, en principio) igualitarias: cuando hay hombres cuidadores y mujeres generalas o arzobispas (lo es, desde hace poco, la de Canterbury), la prostitución reafirma los lugares opuestos de mujeres y hombres:  posición de objeto versus de sujeto. (Entre paréntesis, ni en la prostitución entre hombres, ni en la de —numéricamente ínfima— de mujeres como clientas y hombres prostituidos, hallamos la misma desigualdad. Por ejemplo, no hay trata, ni violencia de persona prostituidora sobre persona prostituida; si acaso, puede haberla en sentido contrario: chaperos que agreden a sus clientes.)

Gimeno se fija además en algo tan interesante como poco estudiado: la resistencia de ciertos sectores de la izquierda a cualquier análisis político y ético de la sexualidad. A este respecto, trae a colación a una autora que es, precisamente, la única (junto con Cernuda) citada por Alba Díaz: Gayle Rubin. Díaz se apoya en la división propuesta por Rubin entre el sexo que la sociedad considera «bueno» (heterosexual, monógamo, privado, no comercial y procreador) y el que se tacha de «malo» (homosexual, promiscuo, comercial, público o con objetos); celebra que se haya ampliado el catálogo del que consideramos correcto, pero piensa que debería ampliarse aún más. El problema, como señala Gimeno, es que Rubin «coloca la sexualidad más allá del análisis y la crítica social, renaturalizándola como algo valioso en sí mismo» (233). ¿Consecuencias? Pues, por ejemplo, la sugerencia de Díaz de que deberíamos cuestionar esa «moral aceptada que se escuda en la protección de la infancia para evitar mirar de frente al deseo», sugerencia que la deja a una, para decirlo con una palabra juvenil, ojiplática…

«La hostilidad que la prostitución genera » —era, lo repito, el diagnóstico de Alba Díaz— «no nace solo de una preocupación ética, sino de una construcción política». En mi opinión, podríamos revertir la frase y afirmar que la simpatía que le suscita a Díaz el sexo de pago, el juicio ético positivo que le aplica, nace de una ausencia de conciencia política. Si la tuviera, en vez de un enfrentamiento psicológico y moral —deseo contra norma— en abstracto, en el vacío, constataría que estamos hablando de un ejercicio —un abuso— del poder de unos: masculino, neocolonial, de clase, sobre la vulnerabilidad de otras.

Sin duda tiene razón Cernuda cuando escribe que «el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe». Pero, en la práctica, el ejercicio de la sexualidad contiene «respuestas a preguntas fundamentales como ¿Quién tiene el poder?», señala Eva Illouz (Illouz, 53). Que es la pregunta política por excelencia. Y cuya respuesta queda más clara en la prostitución que en ningún otro sitio.

Retomemos, para terminar, el poema de Cernuda. Me gustaría resaltar uno de sus últimos versos, el que se refiere a los cuerpos entrelazados como  «iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo». Sabemos que Luis Cernuda era homosexual, pero quiero creer que esa «igualdad» que celebra puede realizarse aun entre personas de diferente anatomía. Y quiero creer también que así lo piensa nuestra estudiante de Crítica y Argumentación Filosófica, pues al final de su artículo define el sexo como «el territorio del respeto, la consideración mutua, el consentimiento y el placer». Un ideal que comparto de todo corazón. Pero que es imposible cuando la pregunta del deseo se intenta responder, desde el abuso, alargando un billete.

Bibliografía
Nelly Arcan, Putain, Paris, Éditions du Seuil, 2001. Existe versión española: Puta, Logroño, Pepitas de calabaza, 2021.
Rosa Cobo, La prostitución en el corazón del capitalismo, Madrid, Catarata, 2017.
Beatriz Gimeno, Alegato contra la prostitución. Razón y emoción, Madrid, Catarata, 2025.
Eva Illouz, Erotismo de autoayuda, Madrid, Clave intelectual, 2014. Amelia Tiganus, La revuelta de las putas. De víctima a activista, Barcelona, Penguin Random House, 2021.

Laura Freixas es una escritora española, autora de novelas y ensayos, así como crítica literaria y articulista en diversos medios.

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Ficha técnica

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