Como es habitual, RdL suspende la publicación de novedades durante las fiestas navideñas. El siguiente boletín se recibirá el 12 de enero de 2022

Evolución en asfalto

La selección natural puede concebirse como un mecanismo que utiliza por combustible la variación genética para producir las modificaciones que confieren a los seres vivos una mayor adaptación al medio en que viven, esto es, para suministrar a las poblaciones de cualquier especie la mejor solución posible al desafío planteado por una alteración ambiental determinada. Evidentemente, este proceso no tiene garantizado el éxito, que sólo se alcanzará si previamente existen mutaciones ventajosas que la selección pueda favorecer aumentando su frecuencia poblacional y, si esto es así, la velocidad de incorporación de dichas mutaciones al repertorio genómico será función de la magnitud de sus efectos.

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La genealogía del Homo sapiens

En 1900, año que marca el inicio de la moderna genética, la antropología al uso seguía recurriendo a los preceptos establecidos en 1735 por Linneo para encasillar a la humanidad en razas, esto es, en poblaciones de distinto origen geográfico caracterizadas por una dotación hereditaria esencial que diferenciaba a unas de otras, determinante tanto de las cualidades físicas, intelectuales y morales de sus miembros como de los rasgos externos utilizados a modo de indicadores de éstas, entre los que el más conspicuo era el color de la piel. Aunque el número de esas razas variaba de acuerdo con las múltiples preferencias taxonómicas de los investigadores en cada momento, todos ellos coincidían en situar a la suya, invariablemente blanca, en la cúspide de la jerarquía racial.

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¿Qué está en nuestro ADN?

En 1942 se publicó Evolution. The Modern Synthesis, la obra de Julian Huxley que suele tomarse como el manifiesto de la integración de distintas disciplinas biológicas, previamente inconexas, en torno al principio darwinista de evolución por selección natural especificado en los modelos matemáticos de la genética de poblaciones. Esta proclamación del flamante neodarwinismo suscribía tácitamente el pacto de dejar a un lado cualquier referencia a una posible base hereditaria de la naturaleza humana, en atención a las atrocidades cometidas por la aplicación de programas eugenésicos, en especial las perpetradas por el nacionalsocialismo. La aparición en 1975 del libro de Edward O. Wilson, cuyo título Sociobiology. The New Synthesis era palpablemente intencionado, rompió con el convenio previo en su último capítulo, al proponer una interpretación de la condición humana inspirada en un ultradarwinismo reduccionista apoyado en un modelo genético rígido. La sociobiología contó desde su inicio con la militante oposición de muchos, pero Wilson aceptó decididamente el reto. Primero, ampliando y defendiendo su tesis en On Human Nature (1978), texto galardonado con el premio Pulitzer. Segundo, reforzando los fundamentos teóricos de su proyecto (en colaboración con Charles J. Lumsden) en Genes, Mind and Culture. The coevolutionary process (1981) y Promethean Fire. Reflections on the Origin of Mind (1983). 

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El dictador benévolo

Miguel Pita, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid especializado en citogenética molecular y genética del comportamiento, acaba de publicar un libro cuyo hilo conductor está compuesto por un relato de las andanzas de Ale y su perro Canelo interpretadas en clave genética. La acción transcurre a lo largo de un día, desde el amanecer, cuando, al mirarse al espejo, el primero se reconoce como un conjunto de células interconectadas, hasta que a la noche llega el previsto encuentro con su pareja para comunicarle una meditada decisión de ruptura, que sólo consigue expresarse mediante un torpe balbuceo, acaso debido a la intervención incontrolada de algún travieso neurotransmisor. Las múltiples ocurrencias que proporciona el quehacer diario al ejecutivo de una empresa multinacional sirven para establecer la influencia que sobre su comportamiento y el de sus congéneres ejerce la dotación hereditaria, el llamado ADN dictador moldeado por la operación de las fuerzas evolutivas a lo largo del tiempo, frente a la capacidad personal de decisión, que proporciona los medios para contrarrestar ese influjo en determinadas circunstancias, pero no en otras. La historia, de acuerdo con la receta tradicional popularizada por los hermanos Grimm, concluye felizmente con la reconciliación de la pareja y el posterior nacimiento de una hija, asegurando así la supervivencia de sus respectivos ADN y, con ello, la perpetuación del acervo genético de la especie.

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La historia de los humanos contada por su genoma

Como ocurre con no pocos documentos, la larga secuencia formada por los tres mil millones de nucleótidos que componen el genoma humano admite diversas lecturas. Me ceñiré aquí a aquellos repasos que se valen de los llamados SNP («single nucleotide polymorphisms» = polimorfismos de un solo nucleótido), esto es, de las variantes determinadas por la substitución de un nucleótido por otro que se dan en unos diez millones de posiciones del genoma. Por radicar en su gran mayoría en zonas externas a los genes codificadores de proteínas, dichas variantes suelen ser neutras, es decir, sus frecuencias no están sometidas a la acción de la selección natural, o al menos ésta no es intensa. Esta circunstancia hace posible escudriñar la historia demográfica del ser humano, desde sus remotos orígenes africanos hasta el momento presente, puesto que la variabilidad de los SNP está regida únicamente por dos agentes evolutivos antagónicos que disminuyen o aumentan su magnitud. Estos son, respectivamente, el azar o deriva genética, cuya intensidad está inversamente relacionada con el número de progenitores de las poblaciones consideradas, y la migración, cuya capacidad de intervención es directamente proporcional al valor de la tasa de intercambio de reproductores entre ellas.

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El retorno del gen egoísta

El fenotipo extendido (1982) es la continuación, ligeramente corregida y considerablemente ampliada, de El gen egoísta (1976), la primera y, con mucho, más popular de las obras de Richard Dawkins, adelantada en la floreciente empresa divulgadora del pensamiento evolutivo que, hasta entonces, estaba mayormente circunscrito al estricto dominio académico . Como indica su autor en una nota añadida a la edición de 1989 (p. 19), los capítulos iniciales del libro «son respuestas a las críticas de la versión del “gen egoísta” de la evolución que ahora es aceptada ampliamente», los centrales «tratan de la polémica sobre las “unidades de selección” […] [donde] quizás la contribución más útil […] sea la distinción entre “replicadores y vehículos”», y los finales se dedican a la elaboración del flamante concepto de fenotipo extendido: «la idea del gen como el centro de una red de un poder radiante». En lo que sigue trataré de establecer, siguiendo el orden expresado, lo que aún permanece de esta declaración de intenciones, con el conveniente distanciamiento que proporcionan los treinta y cinco años transcurridos desde la publicación original del texto reseñado, cuya traducción al castellano acaba de aparecer.

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El escurridizo gen

En el corto intervalo comprendido entre 1865 y 1868 se propusieron tres teorías de herencia biológica que, por sus posteriores consecuencias, merece la pena examinar con algún detalle. En especial, porque en dos de ellas se expusieron por vez primera razonamientos científicos fundados en regularidades estadísticas en lugar de consideraciones especulativas sobre la naturaleza física de las causas operantes.

La más antigua, bautizada como «ley ancestral de la herencia» por su autor, Francis Galton, postulaba equivocadamente que las contribuciones promedio de padres, abuelos, bisabuelos, etc. a la constitución hereditaria de un individuo son, respectivamente, 1/2, 1/4, 1/8, etc., de manera que la suma de todas ellas es igual a la unidad. Aunque Siddhartha Mukherjee equipara esta regla a una «especie de homúnculo matemático […] al que un disfraz de fracciones y denominadores dan la apariencia de ley moderna» (p. 69), las cosas no son tan sencillas. 

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A vueltas con Lamarck

En 1802, Jean-Baptiste Lamarck dio a la prensa su novedosa concepción evolucionista del mundo orgánico en Recherches sur l’organisation des corps vivants, más tarde completada con ligeras adiciones en Philosophie zoologique (1809) e Histoire naturelle des animaux sans vertèbres (1815-1822). La excelente traducción al castellano de la primera de estas obras, objeto de la presente reseña, se debe a Francisco Iribarnegaray, que es también autor de una cuidada introducción en la que ofrece una semblanza biográfica del biólogo francés, junto con una exposición de su teoría ampliada con minuciosos comentarios, tanto en lo tocante a la originalidad de la hipótesis propuesta como a su posible papel en la génesis de la biología moderna.

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Del neodarwinismo al neoliberalismo

Un personaje de Fortunata y Jacinta, doña Lupe la de los pavos, aconsejaba así a su sobrino, el boticario Maxi Rubín: «Si inventas algo, que sea panacea, una cosa que lo cure todo, absolutamente todo, y que se pueda vender en líquido, en píldoras, pastillas, cápsula, jarabe, emplasto y en cigarros aspiradores». Un empeño semejante pudiera haber estimulado la redacción de The Evolution of Everything, un texto que propone, con más descaro que decoro, que el neodarwinismo es sólo un caso particular de una teoría general de la evolución que no es aplicable únicamente a la vida y los genes, sino que también abarca la moralidad, cultura, economía, tecnología, mente, personalidad, educación, población, liderazgo, gobierno, religión, dinero e Internet.

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Genes de raza

La convicción de que el grupo propio es a toda luz superior al ajeno debe de ser casi tan antigua como el hombre, pero los intentos de justificar esta pretensión revistiéndola de un cierto barniz científico son relativamente recientes. Así, en la décima edición del Systema Naturæ (1758), Linneo añadía a los distintivos físicos de las cuatro variedades en que clasificó a la especie Homo sapiens los pertinentes a su condición moral, gobernada por las leyes en el caso de los críticos e inventivos Europaeus, regida por la reputación en los adustos y melancólicos Asiaticus, tiranizada por el capricho en los flemáticos y perezosos Afer, o dominada por la rutina en los coléricos e inconstantes Americanus.

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La especie accidental

El mínimo contenido del concepto de evolución biológica, a la vez necesario y suficiente, se resume en el incesante cambio espacio-temporal experimentado por la composición de los acervos genéticos de las poblaciones de distintas especies mediante la acción de unas fuerzas que son, en sí mismas, inmutables. Así lo anunciaba Darwin en la frase final de El origen de las especies: «mientras este planeta ha gravitado de acuerdo con la ley inalterable de la gravedad […] innumerables formas más bellas y más maravillosas han estado, y están, evolucionando».

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Prometeo desencadenado

Cuentan que hubo un tiempo en que los servidores de la ciencia vivían en un mundo feliz donde se consagraban al desempeño de su afán por mor del progreso de la humanidad, sin aspirar a otras recompensas que un modesto pasar y el reconocimiento público de sus logros, mientras dejaban para los técnicos al servicio del capital el desarrollo de las aplicaciones prácticas de sus invenciones. Con los años, la tentación corrompió ese paraíso, los científicos –modernos Prometeos– se convirtieron en empresarios poseídos por un desenfrenado afán de lucro que, cegados por su codicia, se entregaron a manejos perversos que prometían lo inalcanzable a una sociedad ansiosa por resucitar el mito de Fausto. 

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