Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Biología de la violencia

La agresividad está presente en todos los animales y su manifestación puede alcanzar diversos grados de violencia. Suele admitirse que ciertos niveles de agresividad facilitan la supervivencia del individuo y del grupo social, pero, ¿cómo se genera en el cerebro un acto violento? Si conociéramos los mecanismos, quizá podríamos intervenir para modificarlos y, al menos, reducir las páginas de sucesos en los diarios de noticias. El libro es una exposición, profunda y didáctica, del conocimiento actual sobre esos mecanismos. Su autor, Robert Sapolsky, es un endocrinólogo que ha investigado el estrés y la agresividad en grupos de monos en Kenia, imparte docencia en la Universidad de Stanford y mantiene una intensa actividad de divulgación. Como prueba de honestidad, Sapolsky comienza reconociendo la inspiración recibida de su mentor, el antropólogo Melvin Konner, y su libro sobre el comportamiento social humano. Sapolsky aborda muchos comportamientos, pero la agresividad es el tema dominante: por eso me centraré aquí en ella.

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Homo lupus versus Homo beatus

El comportamiento altruista y el destino de los genes que lo promueven ha sido objeto de intensos debates desde que Darwin enunciara su interpretación de la evolución de las especies. El problema reside en que el comportamiento altruista implica una disminución de las probabilidades de reproducirse y, por tanto, de transmitir los genes que lo propician; en consecuencia, dichos genes deberían haber desaparecido a impulsos de la propia selección evolutiva. Los avatares del problema y su solución han sido objeto de un acertado y muy profesional ensayo en estas mismas páginas. Básicamente, la interpretación actual de la selección de comportamientos sociales se resume en la llamada regla de Hamilton, según la cual un gen que promueve una determinada actividad social o comportamiento será seleccionado en función de tres factores: 1) el grado de parentesco entre el actor y el perceptor del comportamiento; 2) el efecto en la probabilidad de tener descendencia por parte del actor; y 3) la probabilidad de tener descendencia por parte del perceptor. Un ejemplo clásico de comportamiento altruista es el del joven que salva a un niño en un incendio al precio de perecer él mismo. 

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¡Peligro! Divulgación

Comunicar la ciencia es justo y necesario. La tarea, sin embargo, no es trivial y por eso los buenos divulgadores científicos no abundan. En todo caso, para divulgar un tema es preciso conocerlo en profundidad, por lo que se espera que los buenos divulgadores sean especialistas. Tras esta declaración de principios, debo confesar mi alarma cuando me enfrento a un libro que se anuncia como «No es sólo un libro sobre el cerebro. Es un libro sobre casi todo» y a cuyo autor se le presenta como «La estrella del rock de la neurociencia (según The Telegraph)». Ya sé que la publicidad es esencial para las ventas, pero aquí nacen los problemas.

Para empezar, la traducción del título resulta equívoca en español. Cabría esperar un contenido sobre la evolución de nuestro cerebro. El título original: The Brain. The Story of You, hubiera reflejado más fielmente el contenido del libro si se hubiera traducido como: El cerebro. Un relato del yo. Confusión adicional se produce por el uso aleatorio de los términos conciencia y consciencia. Los neurocientíficos preferimos el segundo, mientras que los moralistas prefieren el primero. En otro lugar (p.128), el lector no especialista puede sentirse horrorizado.

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El cerebro de Babel

Si el lenguaje nos hace humanos, ¿ser bilingüe nos hace doblemente humanos? O bien, en un contexto mucho más controvertido, si el lenguaje nos proporciona una identidad cultural, ¿qué identidad cultural tiene un bilingüe? ¿Puede tenerse la misma fluidez verbal en dos lenguas tan diferentes como el mandarín y el castellano? ¿A qué edad hay que aprender las lenguas para llegar a ser bilingüe? ¿Será multilingüe la sociedad del futuro? Estas y muchas otras preguntas hacen que el fenómeno sea fascinante desde cualquier punto de vista. Su estudio científico, sin embargo, es particularmente difícil por dos razones principales: los sujetos de estudio son personas y las técnicas de imagen cerebral no tienen aún el nivel de resolución espacial y temporal necesario para detectar los cambios sutiles que, presumiblemente, deben ocurrir mientras se aprenden y practican dos o más lenguas.

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El homínido que aprendió a cocinar

Los mitos tardan en morir. Nos habían dicho que los humanos tenemos un cerebro desproporcionadamente grande para el peso de nuestro cuerpo y eso nos hacía especiales. También nos dijeron que tenemos cien mil millones de neuronas, células especializadas en la transmisión rápida de señales, y diez veces más de otras células que cumplen funciones de apoyo bajo el nombre genérico de células de glía. Nos explicaron, incluso, que la evolución del cerebro siguió un curso ascendente de complejidad por el procedimiento de sumar nuevas estructuras sobre las más ancestrales hasta alcanzar la cúspide: Homo sapiens, nosotros. La única especie que, llegados al día de hoy, algunos creen que ha dejado de evolucionar. Estas afirmaciones aparecen no en textos populares poco rigurosos, sino en libros con los que se ha enseñado a generaciones de universitarios en todo el mundo. Se trata del «estado de opinión». Sobre estas verdades oficiales del momento han crecido leyendas populares tan extravagantes como las que señalan un «cerebro reptiliano» en las zonas más profundas de nuestro cerebro o, plenamente en el terreno de lo ridículo, que, puesto que tenemos diez veces más glía que neuronas y son estas últimas las que ejecutan la actividad cerebral, cabría afirmar que «sólo utilizamos la décima parte de nuestro cerebro para pensar».

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Elogio de la imperfección

Kluge es un término inglés que usan los ingenieros para designar algo construido de forma chapucera aunque funcional. En español podríamos traducirlo por «apaño». Con ese nombre se refiere el psicólogo Gary Marcus a la mente humana en un libro en el que pone de manifiesto las incongruencias y fallos de lógica que tiene el cerebro humano. A través de ejemplos como la memoria, el lenguaje o el placer, nos demuestra que incluso un ingeniero lo habría diseñado mejor. Algunos ejemplos sobre la poca fiabilidad del cerebro son verdaderamente inquietantes por sus implicaciones. Según nos demuestra la profesora Elizabeth Loftus, la honradez de un testigo no garantiza su fiabilidad. Por ejemplo, si hemos sido testigos de un accidente de tráfico

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El cerebro fragmentado

El 2 de marzo de 1943, en el frente de Smolensk, la vida del soldado Lev Zasetski se rompió en fragmentos que nunca logró recomponer. Una herida en la región parietotemporal izquierda de su cerebro lo convirtió en una persona incapaz de comprender el mundo y a sí mismo. La mitad derecha de su cuerpo dejó de existir para él; podía distinguir las letras del alfabeto, pero ignoraba su significado; sabía que tenía una madre y hermanas, pero no recordaba sus nombres; era un estudiante universitario que ahora no podía sumar; oía perfectamente, pero no comprendía las frases más sencillas. La vida de este soldado, de nombre ficticio, fue seguida por el neurólogo Alexander R. Luria (1902-1977) y plasmada en

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Las pasiones, al descubierto 

Sólo un ciudadano del país donde se utilizó profusamente la guillotina puede comenzar su libro afirmando: «para matar a un hombre, basta con cortarle la cabeza». Es la manera, indiscutiblemente eficaz, que Jean-Didier Vincent tiene de anunciar al lector del libro aquí reseñado que ese órgano representa todo nuestro yo. Bueno, «todo» quizá no. Aunque el texto incluye información y diagramas sobre los mecanismos y circuitos que median en actividades como dormir, comer, reír, amar, recordar o hablar, entre otras, la invocación del alma es constante. El libro es extenso, pero posee una estructura fragmentada que permite una lectura a saltos. Todo depende de lo que busque el lector. Para cada actividad hay una sección con datos anatómicos y biológicos,

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No puedo saber quién seré

Steven Rose es un neurocientífico inglés que ha dedicado su actividad investigadora a desentrañar las reacciones químicas que suceden en un cerebro cuando éste construye una memoria. Además de científico, Steven Rose es también un ferviente defensor de los oprimidos por la violencia de quienes detentan el poder e imponen la línea de pensamiento oficial. Un quijote científico que se granjea nuestra simpatía desde el primer momento. Su larga producción literaria se ha visto recientemente incrementada con la aparición en español del libro que aquí se comenta. Como en publicaciones anteriores, Rose transmite persuasiva y reiteradamente un mensaje fundamental: estamos muy lejos de entender el cerebro porque los métodos analíticos que aplicamos no son adecuados. El empirismo no es suficiente

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