El cerebro fragmentado

MUNDO PERDIDO Y RECUPERADO. HISTORIA DE UNA LESIÓN

Alexander R. Luria

KRK, Oviedo

Trad. de Joaquín Fernández-Valdés

304 pp. 29,95 €

El 2 de marzo de 1943, en el frente de Smolensk, la vida del soldado Lev Zasetski se rompió en fragmentos que nunca logró recomponer. Una herida en la región parietotemporal izquierda de su cerebro lo convirtió en una persona incapaz de comprender el mundo y a sí mismo. La mitad derecha de su cuerpo dejó de existir para él; podía distinguir las letras del alfabeto, pero ignoraba su significado; sabía que tenía una madre y hermanas, pero no recordaba sus nombres; era un estudiante universitario que ahora no podía sumar; oía perfectamente, pero no comprendía las frases más sencillas. La vida de este soldado, de nombre ficticio, fue seguida por el neurólogo Alexander R. Luria (1902-1977) y plasmada en un libro publicado por primera vez en 1972. Nos llega ahora en español acompañado de una esclarecedora presentación a cargo de Serafín Lemos.

El libro describe una historia dura, aunque pletórica de fuerza. Está constituida por el diario que el soldado escribió penosamente durante casi treinta años relatando sus frustraciones con los movimientos, la lectura y la memoria, así como los titánicos esfuerzos para recomponer su vida diaria. El texto está salpicado de breves comentarios de Alexander Luria que nos ayudan a entender el desarrollo de la lesión en el contexto de sus teorías sobre la cognición. Lev consiguió controlar suficientemente bien los movimientos de su mano como para poder escribir sus pensamientos, pero no llegó a ser capaz de leerlos. Su escritura no podía modularse por la comprobación visual de lo que escribía. Se trata de un libro ciego escrito a la luz de la imaginación. Aunque podía articular la fonación perfectamente, las frases y conceptos que, a duras penas, logró comprender nunca los pudo memorizar. Él mismo describe su caso como «afasia intelectual». Sorprendentemente, su imaginación y percepción emocional quedaron intactas, hasta el punto de convertirse en una forma exuberante para transmitir lo que su visión captaba con dificultad. Tras la muerte de Luria en 1977, la historia de su paciente se desvanece y, previsiblemente, debe de haber fallecido.

Los trabajos de Alexander Luria constituyen uno de los fundamentos de la neuropsicología moderna. Sus ideas, conjuntamente con las de su maestro Lev Vigotski, proponen una distribución de las funciones cerebrales durante la generación de procesos cognitivos y se contraponen a las ideas más localizacionistas de autores, principalmente occidentales, tales como Paul Broca, Carl Wernicke o Franz Joseph Gall. Luria diseñó uno de los primeros detectores de mentiras basado en la presión de los dedos al tocar una tecla en respuesta a asociaciones verbales. Además de heridos de guerra, entre sus pacientes singulares figura el memorizador Solomon Shereshevski (1886-1958), capaz de memorizar rápidamente discursos enteros o poemas en lenguas extranjeras con absoluta fidelidad. Según el diagnóstico de Luria, se trataba de un caso de sinestesia extrema. En estas personas se activan varias vías sensoriales cuando se recibe un estímulo de una sola modalidad. Por ejemplo, la visión de un número puede evocar también un concepto o una melodía, de forma que el sujeto establece asociaciones muy complejas simultáneamente entre varios sentidos. La contrapartida, al menos en el caso de Shereshevski, es que comer y leer al mismo tiempo le producía todo tipo de problemas en el gusto y la comprensión del texto. Por otro lado, sus pruebas de inteligencia reflejaban índices normales. Como en otros casos similares, su dedicación al mundo del espectáculo acabó arruinando su vida.

Otra de las aportaciones relevantes de Luria a la cognición humana deriva de sus estudios sobre los fundamentos neuropsicológicos del raciocinio. Ante la pregunta de si existe un razonamiento lógico universal, se dirigió a una población indígena de Asia Central y les planteó el siguiente silogismo: «En cierto pueblo de Siberia todos los osos son blancos. Tu vecino fue a ese pueblo y vio un oso. ¿De qué color era el oso?». La respuesta habitual de los encuestados fue: «¿Cómo voy a saberlo? ¿Por qué no se lo pregunta usted mismo a mi vecino?». Aprendemos un lenguaje porque tenemos estructuras cerebrales predispuestas para ello, pero no parece ser igual para la lógica abstracta. Frente a quienes proponen que los humanos poseemos una racionalidad innata, la adquisición de las herramientas formales del razonamiento y, por tanto, de nuestras creencias, son producto del aprendizaje y la educación. Quizá por esto nunca llegaremos a pensar igual ni a creer en las mismas cosas.

El soldado Zasetski nunca logró recuperar el mundo perdido y concluye el relato de su lucha con una amarga, por obvia, reflexión: «Una persona sana nunca será capaz de comprender la profundidad de mi enfermedad, porque no la conoce ni la conocerá, a no ser que le suceda lo mismo que a mí». Por su parte, Luria aprovecha esa reflexión para cerrar el texto con un epílogo sobre la crueldad de las guerras. Sus palabras, como las de tantos otros, volaron con el viento de la historiaDesde la muerte de Alexander Luria en 1977, se estima que han muerto o han sido heridas gravemente más de cien millones de personas en el mundo como consecuencia de la violencia armada entre países o grupos étnicos y culturales (http://remilitari.com/guias/victimario.htm).. Sin duda, hay algo muy mal diseñado en el cerebro humano o en los sistemas educativos de nuestras sociedades.

Ficha técnica

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