ARTÍCULO

Trieste, tres veces triste

Trad. J. A. González Sainz Anagrama, Barcelona, 1999. Trad. Pedro Luis Ladrón de Guevara Huerga y Fierro Editores, Madrid, 1999
322 págs. 2.400 ptas. 395 págs. 2.200 ptas
 

En Microcosmos, las máscaras están arriba, sobre el mostrador de madera negra del café San Marcos de Trieste. Y el universo es un café, parece decirnos Claudio Magris. Uno no se aleja demasiado de Trieste y de las máscaras del San Marcos y piensa en el Marthino de Arcada, ese café de Lisboa en el que Pessoa habló de las metafísicas perdidas por los rincones de los cafés de todas partes, de las ideas casuales de tanto casual, de las intuiciones de tanto don nadie, que quizá un día con fluido abstracto y sustancia implausible formen un Dios y ocupen el mundo.

De las ideas casuales de tanto casual nos habla Magris en su introducción al mundo de Microcosmos, al mundo del café San Marcos, que es también el Mundo. Ideas casuales de ese cliente, por ejemplo, que cada día cuenta en el San Marcos la misma historia, una atormentada novela conyugal: «En el fondo, estaba enamorado de ella, pero no me gustaba, mientras que a ella yo le gustaba pero no estaba enamorada de mí».

Atormentadas novelas conyugales y las metafísicas perdidas por los rincones de los cafés de todas partes. Se alzan voces, se confunden, se apagan, se las oye a la espalda, preparándose para salir al fondo de la sala, un murmullo marino de resaca. Trieste –tan triste como ella, que decía Onetti–, Trieste, tres veces triste, o el mundo en un café o el café en un mundo lleno de voces: «infinito vocerío sobre el que la muerte no tiene poder».

En medio de ese vocerío: Claudio Magris (Trieste, 1939), con su «incierta identidad de frontera»Trieste. Un'identità di frontiera. Angelo Ara y C. Magris. Einaudi, 1982., perteneciendo a un mundo que Sergio Pitol ha definido muy bien en un ensayo sobre Tabucchi. Ahí, en mitad del vocerío, Magris en el mundo, en su café. Ese mundo lo ha definido muy bien Sergio Pitol cuando ha dicho que los enclaves multilingües –Trieste no puede serlo más– tienden a enriquecer la literatura con personalidades que asimilan las diferentes culturas ambientales y que, nutridos en las espesas tensiones que una forzada vecindad cobija, logran, sin quizás habérselo propuesto, configurar una voz estrictamente individual.

Esas personalidades surgen del magma lingüístico y lo superan a través de una escritura que recoge sus tonos más secretos. «Engendran –dice Pitol– una obra que nace ya con sus propios cánones. Tan diferente es la partitura como la manera de emitir y modular la voz. Trieste, Odesa, Alejandría, Dublín, Praga, las ciudades de la Galizia polaco-ruso-austriaco-ucraniana, la Viena de otros tiempos, han visto nacer a tales hijos.»

Claudio Magris es uno de esos hijos y comparte con otros escritores –también con «identidad de frontera»– algo que podría resumirse así: despegue de la tradición y ajenidad a las corrientes que les son contemporáneas. Pitol dice que la modernidad de estos escritores es de otro tipo, posee una radicalidad no programática. Ejemplos obvios: Joyce, Kafka, Babel, Cavafis, Bruno, Schultz, Canetti. No cita a Magris porque su obra todavía está en expansión, pero es muy evidente que Magris tiene un lugar importante entre estos escritores excéntricos, entendiendo este adjetivo en su sentido más literal, escritores que siempre vagaron en un propio y extraño fuera que no posee un dentro, como astillas a la deriva de un todo que para ellos nunca ha existido.

El mundo que a Magris le interesa es el que ha perdido el centro y flota a la deriva. Es curioso ver cómo los mejores escritores de este siglo –a excepción de Proust que, en cualquier caso, vivió descentrado, marginado por el señor Gide y otros ilustres bustos solemnes– han escrito siempre alejados de los principales centros culturales de su época, fuera de esos lugares donde se suponía que se cocía todo: Musil, Joyce, Kafka, Borges, Svevo, Gombrowicz, Walser, Schulz, Roth, Bufalino, Pirandello.

He hablado de astillas y una de ellas, una de esas astillas a la deriva de un todo que para muchos nunca ha existido, es la ciudad donde nació y vive Magris, esa ciudad de Trieste que, para el escritor, es un lugar tres veces triste, un lugar cuya historia ha tenido una grandiosidad tanto literaria como artística y vital, pero cuyo desarrollo se bloqueó, se ahogó, y desde entonces se vive a sí misma como el lugar de una «promesa no mantenida».

«O sea –ha dicho MagrisClaudio Magris, una identidad de frontera. Entrevista de Mercedes Monmany. Culturas, Diario 16, 15 de julio de 1989.–, mientras Milán, por ejemplo, que es una ciudad que tiene su historia, su grandeza, su cultura, es una ciudad positiva, en el sentido que de algún modo da la sensación de una ciudad viva y vital, luego están esas otras ciudades como Nápoles, por supuesto; Praga, muchísimo; Trieste, también muchísimo, y Viena bastante, que, a pesar de las lógicas diferencias entre todas ellas, tienen un pasado glorioso de historia y cultura, a la vez que dan la impresión de no haber comenzado nunca realmente a existir: se tiene la impresión de que la grandeza no está nunca en el presente, y que en cambio parece estar en el pasado.»

Que esa grandeza se encuentre en el pasado es, para Magris, una sensación engañosa. En realidad, Trieste es una ciudad con la que se tiene una relación edípica, no resuelta. Siempre se dice que había estado mejor antes, pero también los de antes decían lo mismo: que había estado mejor antes, en otro tiempo. Es Trieste, por tanto, como los escritores excéntricos, una astilla a la deriva de un todo que nunca ha existido. Es una ciudad que nunca ha tenido un momento de afirmación presente: está siempre el ocaso, quizá el futuro, o bien la falta de futuro. Es una ciudad que habría podido ser: una promesa no mantenida, la llama Magris, y nos dice que ésta es una categoría muy importante, y que toda la Mitteleuropa está hecha de ella.

De Magris, escritor fronterizo que vaga en un propio y extraño fuera que no posee un dentro, escritor que vaga y divaga desde una ciudad que es una promesa mantenida –y tiene un café que es el mundo–, escritor de quien se diría que cuanto escribe procede siempre de su vagar y divagar desde una de las deliciosas mesas de hierro colado que Trieste, tres veces triste acaban en un pedestal apoyado sobre garras de león del café San Marcos, se ha publicado ahora entre nosotros, al mismo tiempo que Microcosmos, el libro de artículos y ensayos literarios Ítaca y más allá.

En Ítaca y más allá encontramos frases sobre esa promesa no mantenida y «lugar de la escritura» que es Trieste, frases tan bellas y tan tres veces tristes como ésta: «La patria por la que él siente nostalgia no existe realmente en ningún lugar, porque ningún lugar le ofrece una identificación completa». Robert Musil decía que no existe ya un hombre completo frente a un mundo completo, sino un algo humano que se mueve en un líquido nutritivo común. Magris comparte esta idea, su mirada es lúcida en torno al tema o drama de la dispersión, es lúcida pero nunca excesivamente amarga. No le angustia la diversidad que desdibuja su identidad, la confusión entre el mar italiano y el carso esloveno. Es más, encuentra ahí nada menos que la poesía. «Pero esa diversidad imprecisable e incomprendida –de la cual el poeta se congratula porque necesita sentirse incomprendido para saber que existe, ya que de lo contrario, no pudiendo definirse, podría dudar de la propia existencia– es el lugar de la poesía.»

Desde ese lugar de la poesía está escrito todo Ítaca y más allá, libro publicado por primera vez en Italia en 1982 y que dio a conocer a Magris entre la inmensa minoría de los lectores de su país, libro hecho a base de artículos publicados en la prensa diaria: unos artículos en los que Magris ofrece un modelo de ensayo culto, preciso y legible; un género en el que se mueve como pez en el agua.

Dos años después de Ítaca y más allá se consagraría Magris con El anillo de Clarisse, donde retoma y amplía algunos de los temas ya esbozados en los artículos breves de Ítaca y más allá. Pero la consagración absoluta llegaría en 1986 con su mítico Danubio, donde con un lenguaje nuevo y muy vivo explora, como ha escrito José Andrés RojoEl mundo que ha perdido el centro, José Andrés Rojo. El País, 24 de julio de 1993., lo que ocurre en la conciencia individual cuando el suelo se abre bajo la suela de nuestros zapatos: «En sus ensayos interroga sobre todo a la conciencia por sus reacciones ante un universo que pierde sus fundamentos. Surgen entonces las respuestas: como metáforas, como personajes, como gestos... Y hablan los vagabundos de Walser, el fugitivo de Hamsun...» o las grietas que Svevo dice que le separan de la vida, o el loco de Canetti, todos esos personajes solitarios que pueblan la literatura del siglo XX : hombres como astillas a la deriva, pequeños kafkas que dicen, una y otra vez, que sin duda ha habido un malentendido, y ese malentendido será nuestra ruina.

Sobre esas ruinas aparece la esencia del discurso de Magris, sus derivas en torno al nihilismo contemporáneo. La literatura –viene a decirnos el escritor– es un viaje, una odisea. Pero, ¿qué odisea se presenta ante nosotros, se presenta ante el nihilista de nuestro tiempo? Debemos elegir entre dos odiseas muy distintas, nos dice Magris, y a continuación las contrapone. Está, por una parte, la odisea clásica, desde Homero a Joyce, donde el individuo regresa a casa con una identidad reafirmada. Pero está también la de los hombres sin atributos de Musil, que se mueven, por el contrario, en otra odisea, rectilínea y sin retorno, una odisea en la que el individuo se lanza hacia adelante, sin volver jamás a casa, cambiando su identidad en lugar de reafirmarla.

Si en Ítaca y más allá el viaje ya era circular, en Microcosmos sigue siéndolo, se alcanza en él la última playa a la que arribado el nihilismo occidental. Magris insinúa que nuestro futuro está en la capacidad de ir más allá de esa playa, de poder hacernos de nuevo a la mar. Microcosmos es circular porque se inicia en las máscaras del café San Marcos y luego se lanza a perseguir la sombra del autor en un trayecto que va recorriendo todo el entorno de Trieste, es decir, el Friuli, el Piamonte, el Veneto, Eslovenia y el Tirol austriaco, laberinto de calles, plazas, bosques, colinas, refugios, lagos, ríos, anécdotas, recuerdos de la memoria personal y de la colectiva, escisiones, digresiones, textos olvidados, voces a la deriva, pinturas, hasta regresar a Trieste y entrar en una iglesia en la que encontraremos dos ángeles pintados en el ábside, cercanos en el espacio a un espacio que les es muy próximo y donde se cierra el círculo: el lugar de la literatura, el café de las sombras errantes, ese café que es una especie de Arca de Noé que contiene a todo y a todos, el San Marcos de Trieste.

Si Danubio alcanzaba un espacio geográfico inmenso, en Microcosmos nos movemos por lugares mucho más reducidos: sitios recónditos, existencias mínimas, mundos pequeños de pronóstico grave, mestizajes, fronteras, habitantes de un café o de unas islas, un perro abandonado, el oso del Monte Nevado, figuras que perdieron su existencia: toda una cartografía del alma de esas sombras desplazadas que habitan en cada uno de nosotros, y en definitiva el mapa de una memoria privada.

La gran diferencia entre Danubio y Microcosmos es que el primero es un libro rectilíneo y el segundo continuamente vuelve sobre sus pasos. Si en la obra de Melville se tocaban esos dos extremos que son la grandiosidad (Moby Dick) y lo pequeño (Bartleby, el escribiente), en Magris también pasa algo parecido, pues podemos abrirnos a los grandes espacios (Danubio) pero también a los pequeños (Microcosmos). En este último espacio, el de los pequeños, el del mapa de nuestra memoria privada, Magris logra un libro de extraordinaria belleza y sabiduría. Mezclando el relato con el ensayo –un género fascinante, que será posiblemente muy frecuentado en el próximo milenio–, va Magris llenando folios bajo las máscaras que de todos nosotros se ríen burlonas, como tratando de indicarnos nuevos caminos en el mar, caminos que nos devuelvan la perdida capacidad de navegar o, por lo menos, hagan confortables el naufragio en el que vivimos y esa desolación que a las mejores almas les produce la cansada escenografía tradicional, ya vieja y muerta. Va Magris llenando folios como quien construye tablas de salvación para que miremos perplejos «la figura de un tronco deshecho pero todavía no cancelado del todo, el perfil de una duna que se disuelve, las huellas de cuando estaba habitada una vieja barraca», va Magris llenando folios, como aquel loco de un manicomio parisino que escribió una pintada en una de las paredes de su encierro, una pintada en la que podía leerse que él viajaba para conocer su geografía.

01/04/1999

 
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