ARTÍCULO

Así en la risa como en el llanto

 

He decidido reírme un poco más. El curso –no renuncio a esa unidad de tiempo tan escolar, reminiscente de períodos lectivos separados por gloriosos paréntesis de veranos infinitos– también terminó para mí con cansancio y aburrimiento. Y hastío: cada vez más convencido de que con la edad uno se ríe menos, se hace más grave. Ordenando papeles con el propósito bienpensante de encontrarme la mesa de trabajo moderadamente dispuesta para lo que ya tengo que hacer en septiembre, me encuentro con la fotografía de Romy Schneider tomada en Roma en 1963 e, inmediatamente, confrontado con esa enigmática, salvaje alegría del escorzo casi imposible en el que las perlas del collar dejan fuera de lugar el juego metafórico y cortés sobre las otras perlas, pienso en lo poco que nos reímos. Dios no se ríe nunca. A lo sumo se mofa a través de sus elegidos de la estupidez de sus criaturas, de la audacia insolente de sus enemigos paganos: «El que mora en los cielos se reirá, el Señor se burlará de ellos» (Salmos, 2, 4); «también yo me reiré en vuestra calamidad» (Proverbios, 1, 26). Ni una maldita risa de alegría en todo su Libro, créanme. Ni tampoco sus profetas ni sus ángeles ríen. Pero lo más curioso es que tampoco lo hace Cristo. En ningún fragmento de los Evangelios hay rastro de la risa del que quiso ser hombre: nada, ni una pizca de sentido del humor para consolarnos en el valle de lágrimas. Esa es la gran contradicción, sin duda: lo cómico es una experiencia fundamental y universal de los seres humanos, no existe ninguna cultura que carezca de ella. Todos los hombres –incluso los hombres buenos– ríen alguna vez. Por eso Cristo debería habernos dejado su risa, ya que no tuvo inconveniente en dejarnos su tan humana cólera y su tan humano llanto. Otro gallo nos hubiera cantado.

Hay toda una tradición –filosófica y literaria– de descrédito de la risa, mucho más arraigada que la contraria, incluso contando con el predicamento universal de manifestaciones que, como la Comedia, se han encargado de provocarla. A pesar de la risa de los dioses homéricos, que no veían graves incompatibilidades entre la carcajada y las obligaciones de su cargo, Heráclito el llorón inició una tradición que va a arraigar en el cristianismo a través de Platón: la risa, al igual que la fantasía, tienen un papel perturbador que la hace inconveniente para el perfecto funcionamiento de la República, de la Ciudad de Dios. La risa queda así convertida durante mucho tiempo en algo al margen, algo que, al contrario de lo que decía Aristóteles (a quien tampoco le hacía mucha gracia), nos acerca a los animales.

Baudelaire extrajo la conclusión moderna: si Dios no ríe, la risa, sin dejar de ser profundamente humana, está emparentada con lo satánico. La risa, dice, «es en el hombre la consecuencia de la idea de su propia superioridad; y es [...] esencialmente contradictoria, es decir, que es a la vez signo de una grandeza infinita y de una miseria infinita; miseria infinita con respecto al Ser absoluto de quien posee la concepción, grandeza infinita respecto a los animales. Del choque perpetuo de esos dos infinitos se desprende la risa». No es necesario llegar a tanta blasfemia, sin embargo: la risa diabólica de Iván Karamazov el ateo no es la única risa posible. Rabelais y Cervantes la convirtieron en el Renacimiento en un patrimonio del que ya no debíamos avergonzarnos: incluso para reírnos de nuestra propia risa, como quería Montaigne: «Nuestra peculiar condición es que estamos tan hechos para que se rían de nosotros como para reír».

El siglo de las luces maneja otros prejuicios. La sonrisa es noble, la risa vulgar. La primera es filosófica y sutil, la segunda no es de buen gusto. En uno de los libros de instrucciones (morales) más apasionantes de todos los producidos en el siglo Lord Chesterfield (1694-1773) recomienda a su hijo que evite la risa porque es un signo de locura y de pésimos modales: provocada por las payasadas (buffoonery) está por debajo de lo que se espera de la gente bien educada. Pero incluso en el siglo de la moderación siempre hay excepciones. Entre nosotros rompe una lanza Juan Pablo Forner, que en sus Exequias de la lengua castellana (un libro, por cierto, hoy inencontrable en las librerías españolas) formula toda una reivindicación. Lean: «Y si hay alguna austeridad tan enemiga de las gracias, que ose reprobar vuestra jovialidad, decidle a su dueño que si él quiere semejarse más a las bestias, viviendo grave y estático, que manifestar que es hombre, riendo cuando lo piden la ocasión, las cosas y las personas, vos no estáis de ese humor, ni debéis estarlo mientras la naturaleza no destruya todos los objetos ridículos, y no os haga saber, por medio de algún anuncio extraordinario, que después de haberos dado la facultad de reír, es su positiva y deliberada voluntad que no os riáis».

La risa, por tanto, no adquiere su pedigree intelectual hasta el romanticismo. Resulta que ese «terremoto en miniatura que se transmite por el cuerpo», según Northop Frye, es a partir de ahora liberación santificada, subversión frente al poder, protesta contra la tristeza de las cosas impuestas, retorno de lo reprimido. La santifica el Zaratustra nietzscheano, para quien toda verdad es falsa si no va acompañada al menos de una risa, un procedimiento mucho más eficaz que la ira para matar el «espíritu de gravedad». Y la eleva al dominio de la higiene social Bergson, que en el libro inolvidable que le consagró (ahora hace cien años), la asocia con el élan vital, y alaba su función de integración, de complicidad con otros sujetos «reales o imaginarios».

Todos sabemos que hay diferentes tipos de risa. Uno puede reír por desesperación, como se ríen algunos personajes de Beckett, por incredulidad, por desprecio, por miedo, por pura alegría. No sé de qué ni por qué se estaba riendo la inolvidable Romy en la foto que me ha provocado las líneas que he sometido a su paciencia. Pero ahora, con el calor pegándoseme al cuerpo como una segunda piel húmeda y viscosa y cansado del curso (de mi curso y del curso de las cosas: supongo que me entienden) también yo tengo ganas de reírme un poco más. En realidad, lo que me pasa es que tengo tantas ganas de reírme, que me reiría encima. Y perdonen la tristeza.

Las reacciones ante la tragedia de John Kennedy, como un par de años antes ocurrió con la de la princesa Diana, nos vuelven a indicar hasta qué punto las sensibilidades se han globalizado. Que los más serios diarios españoles hayan dedicado durante varios días los lugares preferentes de sus primeras a informar ad nauseam de lo trágico de la última tragedia de una trágica familia que, aunque emblemática, es lejana, no es nuestra (¿o es que lo es y no me he dado cuenta?), ha sido todo un dato. Porque, parece estúpido recordarlo, el accidente mortal no lo ha tenido el actual Emperador –lo que, sin duda, justificaría el máximo interés de las Provincias por el hecho–, sino un pariente de un antecesor suyo. En los consejos de redacción se decide cuál es la noticia –incluso cuál es la noticia que vende– entre todo el muestrario que ofrece la Realidad: y lo que se ha decidido que vendía ha sido eso. Pienso que, también en el mercado global, lo malo es quedarse sin competencia, sin tensión. Hace diez años los medios de comunicación hubieran tenido un comportamiento más comedido. Ahora somos todos cada vez más iguales. En el llanto y en la risa.

REFERENCIAS


La Biblia del Oso. Alfaguara. Madrid, 1987.
BAUDELAIRE: «De l'essence du rire et généralement du comique dans les arts plastiques», en Oeuvres Complètes. La Pléiade. París, 1996.
HENRI BERGSON: La risa. Espasa Calpe. Madrid, 1973.
The Letters of the Earl of Chesterfield to His Son. Ed. Charles Strachey. Methuen, Londres, 1924.

01/09/1999

 
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