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El embajador parnasiano. Poesía y pintura en Antonio de Zayas
Jesús Ponce Cárdenas
Jaén, Universidad, 2020
565 páginas. 57 ilustraciones en color.

Hay un verso de Wordsworth, “we murder to dissect”, que se aureola de misterio cuando se cita suelto, pero pierde su encanto cuando, sin previa comprensión de su época y sus circunstancias, se inserta en el poema del que forma parte. La tesis de Wordsworth es que la sabiduría letrada es un obstáculo para el verdadero conocimiento, ya que la naturaleza se revela por sí misma: hay más ciencia en un paseo por el bosque o en el canto de un pájaro que en una biblioteca. “Let nature be your teacher”, concluye Wordsworth. Es obvio que no podemos pedir a ese pensamiento coherencia ninguna: tiene la rotundidad sin réplica de los manifiestos, y ni siquiera conviene a un profesor de Anatomía, que  disecciona cadáveres previamente muertos, y no por su mano. “Murder” y “dissect” no corresponden a la indagación iluminadora y vivificadora de la sabiduría, en lo que concierne tanto a una planta o a una flor como a una obra de arte de cualquier clase, empezando por la literatura. En este caso, si se me permite la osadía de contradecir al maestro inglés, habría que decir “we dissect to enliven”: diseccionamos para dar vida.

Jesús Ponce es profesor titular de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid, licenciado en Filología Hispánica y en Filología Clásica, magistral editor de Góngora y otros poetas de nuestros Siglos de Oro, experto en arte y literatura de la Antigüedad grecolatina y de la tradición española, francesa e italiana, y en la poesía de los siglos XIX a XXI. Su ámbito predilecto de investigación es la relación entre literatura, pintura, artes, estética y pensamiento, es decir, las facetas de una cultura ecuménicamente asumida que sólo en conjunto nos permite adentrarnos en el conocimiento de la Historia.

El objeto de El embajador parnasiano, publicado por la Universidad de Jaén en diciembre de 2020, en una colección modélica que dirige el profesor Rafael Alarcón Sierra, es D. Antonio de Zayas Fernández de Córdoba y Beaumont, que vivió desde 1871 a 1945, fue elevado al ducado de Amalfi en 1914 y publicó once libros de poemas, dos de los cuales, el segundo y el tercero, son el objeto preferente de la investigación de Ponce. Por cierto, hemos de evitar confundirlo con su casi contemporáneo el mejicano Marius de Zayas, afincado en Nueva York, una de las capitales del primer vanguardismo y desde comienzos de siglo en estrecha relación con la otra, París, donde este Zayas mejicano se vinculó a Francis Picabia, y de vuelta a Nueva York se convirtió en uno de los galeristas más activos en la aclimatación norteamericana de la Vanguardia europea.        

Por su dedicación a la actividad diplomática, en la que obtuvo un primer empleo a los 24 años, nuestro Zayas aprendió varias lenguas, pudo adentrarse en más de una literatura y adquirió la experiencia cosmopolita de un viajero privilegiado en lugares tan sugestivos como Estambul, Estocolmo, Bucarest o Viena. Fue amigo y contertulio de Don Juan Valera en sus años finales, y asimismo de los hermanos Machado, Alejandro Sawa, Villaespesa y Cansinos-Assens. Su trashumancia profesional, unida a su afición a la pintura y su curiosidad e infinita capacidad de observación, le dieron a su mirada un alcance superior a la superficialidad de un turista, tanto ante lo exótico como ante lo castizo. Para Ponce, las antes aludidas colecciones poéticas de 1902, Joyeles bizantinos y Retratos antiguos, junto a la traducción (1905) de Les trophées del patriarca parnasiano José María de Heredia, permiten que Zayas sea incorporado al canon de la poesía andaluza en el ámbito de Manuel Reina, Francisco Villaespesa, Salvador Rueda, Isaac Muñoz y otros muchos de idéntica orientación y época. En ello coincide con el profesor Rafael Alarcón Sierra por su bibliografía de 1999 a 2020; con las profesoras Amelina Correa, de la Universidad de Granada, y Lily Litvak, de Texas-Austin, por las suyas, respectivamente, de 2000 a 2019 y 1985 a 2014, y con tantos otros como Vicente Nebot, Mario Praz, Carlos Primo, Álvaro Salvador. Yo añadiría al interminable acervo bibliográfico que la comprensión de Zayas exige una obra capital, aunque lastrada por un profeminismo mal entendido en su desmesura vengativa y sarcástica: Idols of perversity de Bram Dijkstra, publicado en 1986 por la Universidad de Oxford.

Al reivindicar a Zayas no se trata de considerarlo un poeta de aquellos que, sin negarlas, trascienden la época y la corriente estética a las que pertenecen. Su obra, como revela el estudio de Jesús Ponce, se nutre del Parnaso, el Decadentismo y el Orientalismo. Si prolongamos el paralelismo entre pintura y poesía, contamos también con la pintura llamada “académica” de fines del XIX y comienzos del XX (Bouguereau, Cabanel…), que tanto irritaba a Emilio Zola. Zayas comenzó publicando en 1892 unas Poesías que deberían haber quedado por siempre en el cajón. Paisajes (1903) quiso ser un ejercicio de sobriedad frente a la pareja de 1902, y de aproximación al intimismo simbolista. El paisaje escandinavo inspiró Noches blancas (1905), el medievalismo, el romancero viejo y la poesía de cancionero desembocaron en Leyenda (1906). Jesús Ponce recapitula, en página 79, la trayectoria de Zayas, que se inicia y concluye con dos libros malogrados: Poesías en 1892, Ante el altar y en la lid cincuenta años después, y en la que privilegia, ya se ha dicho, los dos de 1902, hasta el punto de considerarlos prácticamente el único objeto merecedor de un estudio detenido y extenso.

Ese estudio parte del viaje de Zayas a Estambul en 1897, con destino a la embajada española ante la Sublime Puerta. Guiado por las clásicas evocaciones de la ciudad de Théophile Gautier y del almibarado Edmundo de Amicis, escribe un cuaderno de viaje, A orillas del Bósforo (1912), y los Joyeles bizantinos, eslabón de una trayectoria que Ponce rastrea no sólo en la literatura (Chateaubriand, Volney, Loti…) sino, y fundamentalmente, en la pintura orientalista que nunca pierde vigencia y popularidad desde que Lord Byron se retratara vestido de albanés. Los Joyeles cincelados por Zayas son una colección de poemas dedicados a paisajes urbanos, rurales y marítimos, costumbres, indumentaria, religiosidad, el erotismo pintoresco y morboso de los mercados de esclavas y del espacio misterioso y prohibido del harén. Por su parte, la nueva resma de sonetos que lleva el título de Retratos antiguos explora el mundo de la écfrasis hallando su inspiración en pintores extranjeros y españoles. De la obra velazqueña que Ponce trae a colación destacaría el retrato de Luis de Góngora que conserva el Museo de Bellas Artes de Boston, y cómo se asocia a la malevolencia de la crítica antimodernista que utilizó como metralla la larga tradición antigongorina que en la época ciframos, por su pintoresquismo, en el tan citado soneto del poetastro Emilio Ferrari contra el partidario-tipo de Rubén Darío, al que caricaturiza como “bardo azul de la última remesa”: “Góngora vestido a la francesa / y pringado en compota americana”.

Cuando más arriba proponía definir un tipo de disección que, lejos de manipular despojos muertos se convierte en una actividad creadora, enriquecedora de nuestra visión y valoración de lo vivo, me estaba refiriendo al alumbramiento de las complejas redes de signos intercomunicados, lingüísticos e icónicos, que es capaz de descifrar, en su entramado, en su interacción y en su productividad semántica, un maestro interdisciplinar como Jesús Ponce. Algo que nos abre los vastos horizontes de una cultura no tan alejada en el tiempo (algo más de un siglo), pero un siglo en el que se produjo una de las quiebras culturales más radicales de la Historia de la Humanidad, y en el que se fueron evaporando los referentes que definen una época a la que el lector no especializado no puede retornar sin ayuda. Me refiero especialmente al capítulo quinto de este libro, centrado en el segundo de los libros que Zayas publica en 1902, Retratos antiguos, un libro que da fe de su conocimiento del arte de su tiempo y de su capacidad de interiorizarlo trasponiendo su lenguaje, al que pone en pie y transmite la palabra. Cuando Jesús Ponce entra en el análisis detallado de las obras de arte que sirvieron de inspiración y estímulo a Zayas, nos está ofreciendo dos cosas: primera, un ejemplo convincente de la fecundidad de su metodología en la tarea de reconstruir el diálogo epocal entre arte y literatura; segunda, una reveladora incursión en el terreno, poco colonizado por nuestra historiografía, de las relaciones de la cultura española con la británica, con el arte y la literatura de la época victoriana en esos decenios que tienen un pie en el fin del siglo XIX y otro en el comienzo del XX, en el que florece ante todo el Prerrafaelismo.

En este orden de cosas, Ponce recuerda la cuidada reseña de Retratos antiguos publicada por Manuel Bueno en La Correspondencia de España, donde se trae a colación la práctica creativa y ecfrástica de  Dante-Gabriel Rossetti, con especial detención en los sonetos, estrofa asimismo preferida por Zayas. Si bien merece ser destacado el componente británico de su inspiración, este rico capítulo 5º nos lleva a otros territorios de esa inspiración, y a la vecindad con significativos practicantes de la écfrasis, desde Julián del Casal y su relación con Gustave Moreau a un poeta poco conocido pero no insignificante, Fernando López Martín.

Aborda también este capítulo la conflictiva relación de Zayas con la obra ecfrástica, de calidad indiscutiblemente mayor, de Manuel Machado, y tantas y tantas cuestiones cuyo detalle ha de quedar por fuerza al margen de lo que una reseña puede permitirse: la inmensa dimensión ecfrástica del Parnaso francés, el eco en la obra de Zayas de la obra de pintores tan célebres y celebrados como Botticelli, Rafael, Juan de Juanes, Sánchez Coello, Zurbarán, Velázquez, Murillo, Ribera, Goya … Sobre todo Velázquez, a quien Zayas dedicó trece sonetos, inspirados tanto en personajes regios de la Casa de Austria como en sus enanos y bufones. Y no termina aquí su galería pictórica, ya que incorpora asimismo a Antonio Moro, Durero, Rembrandt, Van Dyck (este último con ocho poemas), y dedica también atención a la escuela francesa: Rigaud, Van Loo, Elisabeth Vigée-Lebrun, el exquisito Prud´hon y la copia decimonónica de un retrato dieciochesco perdido de la desgraciada Princesa de Lamballe. Dar cumplida cuenta de este capítulo quinto pone al crítico ante un reto insoluble, que recuerda la solución borgiana al problema de cómo realizar un mapa absolutamente fiel de un territorio si no es dándole sus mismas dimensiones. La “disección” o descodificación a que somete Jesús Ponce los poemas y las obras de arte de que se ocupa puede ser encarecida, pero no reproducida.

Así, tras haber pasado por las manos y bajo la lupa de Jesús Ponce, ha resultado Antonio de Zayas un valioso documento de su tiempo y las corrientes estéticas que lo distinguieron.

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