La larga marcha
RAFAEL CHIRBES
Anagrama, Barcelona, 1996
391

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La quinta novela de Rafael Chirbes, además de confirmarlo como uno de nuestros grandes narradores contemporáneos, se puede convertir, dada su calidad, en el referente ético y estético de toda una generación. Si El fulgor y la sangre, de Ignacio Aldecoa, es la gran novela de los cincuenta sobre nuestra guerra civil y sus consecuencias, Lalarga marcha hace lo propio con la posguerra, en sus dos trágicas vertientes, la de los padres, las víctimas y verdugos de la victoria, y la de sus hijos, la joven guardia que durante los convulsos e ilusionados sesenta quiso abrir un horizonte de esperanza y lucha, fundiendo la acción social y la subversión política en el mismo saco anímico, tan frágil, de sus anhelos afectivos o intelectuales más íntimos.

Configurada en forma de secuencias independientes mediante las que se nos va dando cuenta de las dramatis personae (entrañables e inolvidables los personajes de esta novela: admírese el cuidado, la delicadeza, la ternura con la que Chirbes trata a sus criaturas, hasta a las, en principio, más deleznables), la novela, lentamente, exigiendo del lector un esfuerzo (que no es tal, dado el placer del texto) para ir atando los cabos, uniendo filiaciones, recordando escenas previas, camina sobre la España desventrada de la posguerra relatando las vidas de varias familias, vidas enajenadas por el dolor, la pobreza, el miedo y la derrota (como el doctor Tabarca), o, incluso, como el caso de Gloria, por el horror de la guerra y los dulces privilegios capitalistas del vencedor.

He querido citar a estos dos personajes porque, en la segunda parte de la novela, cuando se nos habla de sus hijos, cuando, como afluentes de montaña, cada una de estas vidas peregrinas confluyen en la capital y, más en concreto, en torno a los núcleos comunistas universitarios, me gustaría que el lector reparara en dos escenas (pp. 276 y 385) simétricas y harto representativas: el idéntico pánico que sienten tanto Tabarca, el viejo médico republicano y represaliado, treinta años de muerto en vida, casi de topo, y Gloria, la señora de familia bien, millonaria y triunfante, cuando descubren entre los papeles de sus hijas el sello inequívoco de su común militancia revolucionaria.

La larga marcha es una novela tan necesaria como dolorosa, el autor es consciente de que escribe, también, para lectores a los que estos hechos, la biografía de tanta gente elevada aquí a la categoría de arte por obra y gracia del talento artístico, sólo connotan, en el mejor de los casos, referencias culturales: guerras de nuestros antepasados. Véase sólo la explicación del narrador a lo que era «un gris»; habrá lectores que la juzguen innecesaria…, habrá tantos que la agradezcan.

Hablar sobre el perfecto engranaje de estas secuencias que, como ruedas dentadas de un reloj, van encajando hasta la tragedia final, llevaría más espacio del magro que ofrece una reseña. Dejémoslo para un estudio pormenorizado, pues lo merece. Pero sí me gustaría decir dos palabras también sobre el narrador: frente a la primera persona de sus anteriores incursiones, Chirbes ha optado por la tercera: pero no se engañe el lector, no se trata de un omnisciente y decimonónico sabelotodo. Es un narrador que casi me atrevería a calificar de «menesteroso», pues sabe, como mucho, lo que sus personajes. Es el lector, tras la lectura atenta y fascinada de este poliedro, el que va atando los cabos, el que puede, si puede, sacar conclusiones: el narrador, sensible, cuidadoso, no juzga, no toma partido: constata las ilusiones, los miedos, los anhelos…, anticipa desde un ángulo lo que sólo se iluminará completamente desde el contrario: así, la primera parte, la historia de los padres, está levemente salpicada de anticipaciones, al igual que la segunda, la de los hijos, se completa o subraya con referencias al pasado. De esta suerte se tejen, en una fina urdimbre, tan delicada en el roce de los hilos como atroz en el paisaje que dibuja, los tapices con los que habremos de interpretar nuestra más inmediata realidad.

Una novela, en fin, imprescindible, técnicamente perfecta y humanamente entrañable, en la que el compromiso ético de la novela se ejerce desde la convicción de que la literatura no tiene nada que ver con las buenas intenciones y sí mucho con la maestría del oficio.

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