Pura vida (subliteratura de diseño)

Pequeñas infamias

CARMEN POSADAS

Planeta, Barcelona, 1998

338 págs.

Muchos lectores recuerdan la broma: se trataba de diseñar un nuevo best-seller; en el ordenador encargado de escribirlo se introdujeron los datos pertinentes: unas gotas de sexo, personajes aristocráticos, una pizca de religión y, por supuesto, misterio. La novela redactada por la máquina comenzaba así: «¡Dios mío, exclamó la marquesa, estoy embarazada y no sé de quién!». Bromas aparte, y con lo que ha llovido, hoy sólo gente tan inteligente como Julio Cortázar se atreve a comenzar el capítulo de una novela con la famosa y deleznable frase de «La marquesa salió a las cinco». La flamante Premio Planeta también (en sentido figurado). Su novela es un centón, una muy astuta taracea bien dosificada de todos los tópicos (en su más alto sentido retórico) exigibles para convertir su texto en un éxito de ventas y lectrices.

En efecto, ya era hora de que el Premio Planeta, atento siempre a los gustos populares y a los rendimientos económicos de sus tiradas, tuviese a bien homenajear sin tapujos la novela rosa de toda la vida, la subliteratura mancillada en pobres ediciones baratas, maltratada por portadas infames y encuadernaciones de saldo: ahora la lectriz u oyente de señales de antaño es una persona «cultivada» y seguramente aprecia la poesía de Antonio Gala, no sueña con un novio de la nobleza que la rescate del fango, puesto que el público al que van dirigidos ahora este tipo de relatos está muy viajado y de vuelta de numerosas relaciones eróticas, va al cine en V.O. y lee novelas «para divertirse».

Si hace años, la sagacidad de Lara puso de moda en nuestro país la novela histórica y el reportaje periodístico y la crónica testimonial reconvertidos narrativamente para la ocasión (caso este año del finalista), desde hace un lustro más o menos estaba acechando, con su infalible ojo clínico, el amplio mercado de la novela femenil que con tanto talento y acierto practican plumas tan exitosas como el citado vate cordobés y en la que decaen hasta escritores de verdad (véanse las últimas novelas de Martín Gaite o Almudena Grandes) porque saben «que quien manda es el público» y más si se trata de un premio en el que lo importante es «llegar al máximo posible de lectores».

La subliteratura, y ésta novela en concreto como ejemplo modélico, comparte con la pornografía (lo supo ver Umberto Eco en un ensayo reciente) su incapacidad para la síntesis: no se nos narra sólo el resultado, que se pospone y estira todo lo que se puede, sino que se nos cuenta muy alegremente el proceso, de ese modo se produce una suerte de suspensión muy bonita que bien llevada por tules, cópulas, maldades, explicaciones de toda laya y «toques psicológicos» conforman un retablo de las maravillas en el que la conclusión moral es que da igual ser un colaborador de la sangría golpista argentina, un mariquita frustrado o un cocinillas metomentodo, da igual, lo importante es divertirse, pelillos a la mar.

La novela no llama a engaños y no va a defraudar a nadie, rebulle de frases como ésta: «Amalia Rossi, más conocida por Carosposo, era una de esas vecinas a través de las cuales un niño –una niña– consigue descubrir los peores secretos de su familia». Toda una lección.

Ficha técnica

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