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En un pueblo como Algar de las Peñas, con solo trescientos habitantes, un forastero constituye un acontecimiento. No me refiero a los turistas, aves de paso que alborotan los fines de semana, sino a un nuevo vecino. Las dos parejas que abrieron el restaurante vegano se marcharon al cabo de los pocos meses, tras fracasar haciéndole la competencia al bar de Martín. Casi nadie mostró interés por un menú que no contemplaba las judías con chorizo, las codornices en escabeche o el cabrito asado, los platos tradicionales de la zona. El restaurante vegano cerró sus puertas y sus dueños se marcharon con el rabo entre las piernas. De los cuatro forasteros que lo abrieron, solo se quedó Pacho, no sin experimentar una sorprendente transformación. Cuando llegó era un hippie sonriente y algo bobo. Ahora cazaba sin descanso, perpetrando auténticas carnicerías, y alardeaba de votar a Vox, renegando de sus ideas anteriores. Se pasaba las horas en el bar de Martín, jugando al tute, la brisca y el domino, siempre con un palillo en la boca y un vasito de vino tinto manchado por sus labios gruesos, casi africanos. La mayoría de los vecinos le consideraban un pesado, pero le soportaban como se aguanta una plaga de moscas con su molesto zumbido y su repugnante propensión a posarse en la piel. En cambio, la aparición de Valeria despertó sonrisas incrédulas y el miedo a que solo se tratara de algo pasajero, como cuando en mitad del invierno irrumpe un día soleado, espantando la tristeza causada por el frío y la lluvia.

Los más mayores recordaban a Valeria de la televisión, cuando era una jovencísima azafata de un concurso simpático y banal, donde aún no se intentaba captar la atención del público con alardes de impudor e indignidad. Más tarde, había aparecido en series y películas, pero al mismo tiempo había interpretado a los clásicos en el teatro, suscitando cierta perplejidad, pues muchos esperaban que continuara su carrera como presentadora de uno de esos programas televisivos emitidos los sábados por la noche. En la época de los dos canales, era el horario estelar y la meta de los que anhelaba ser ricos y famosos. No era el caso de Valeria, que había organizado recitales con fragmentos de Antonio Machado, Miguel Hernández, Rafael Alberti, García Lorca, Blas de Otero y Gloria Fuertes. Las funciones habían sido un éxito, con la sala a rebosar y los espectadores aplaudiendo con fervor. La crítica había elogiado su talento dramático, que imprimía a cada texto fuerza y luminosidad, mostrando que la poesía, lejos de ser un género muerto, aún podía despertar entusiasmo.

Valeria apareció en el pueblo conduciendo un Golf rojo. No era un modelo nuevo, sino con bastantes años, pero con el encanto de lo que ha sobrevivido a las modas, adquiriendo la condición de mito. Ni ostentoso, ni vulgar, el Golf parecía el vehículo apropiado para una actriz elegante y discreta que había saltado de la espuma de la televisión a la penumbra del teatro. Valeria se bajó del coche con una blusa blanca, unos vaqueros y unas sandalias planas. Enseguida, apareció un perro mestizo de seis o siete kilos, con las orejas en punta y el pelo marrón y blanco. Viajaba en el asiento de atrás, cómodamente instalado en una manta de cuadros rojos y negros, y sujeto por un cinturón de seguridad, cumpliendo las normas de tráfico. Valeria le abrió la puerta, soltó el cinturón y le animó a salir, asegurándole que le gustaría el lugar.

-Nala, aquí te lo vas a pasar en grande. No seas tímida. Si te apetece, échate unas carreritas.

Nala prefirió quedarse al lado de su dueña, postergando la exploración del terreno. Se sentía insegura y consideró más sensato no precipitarse. Sin pensarlo dos veces, Valeria se dirigió al primer vecino con el que se cruzó, que resultó ser Martín, el propietario del bar.

-Buenos días, caballero. ¿Podría ayudarme? Busco una casa con un alquiler razonable y no veo por aquí ninguna agencia inmobiliaria.

Martín hizo un esfuerzo para no exteriorizar su admiración. Nunca había visto una mujer tan guapa. No era joven. Probablemente, superaba los cincuenta, pero las arrugas, escasas y no muy profundas, solo añadían distinción a una belleza nada estridente o vulgar. Pelirroja, alta y con los ojos azules, se movía como cervatillo que parece flotar en el aire. Su pelo, largo y ondulado, se descolgaba por la espalda, incendiado por el sol, lanzando destellos que recordaban el fulgor de las piedras preciosas. Sus manos, que apartaban los mechones que caían sobre la cara, aleteaban como dos pequeños pájaros que juegan con el follaje de un árbol. Todo parecía perfecto y equilibrado, con la exactitud de una tabla flamenca y el colorido de un Tiziano o un Giorgione, pero lo más atractivo era la sonrisa. No parecía forzada ni circunstancial, sino la expresión de una alegría profunda y una vitalidad inagotable.

Durante unos instantes, Martín se quedó mudo, deslumbrado por una aparición que le produjo cierta sensación de irrealidad, como si hubiera descubierto a una ninfa saliendo de las aguas del río.

-¿Me ha oído, caballero? –preguntó Valeria, agachándose un poco, pues era más alta que Martín.
-Claro, señorita. ¿Me permite que la invite a un vino o a un refresco? Lo que prefiera. Soy el dueño del único bar del pueblo. Allí puedo hablarle de las casas en alquiler. Le advierto que no hay muchas.
Valeria aceptó la invitación y unos minutos después compartía mesa con Martin en la puerta del bar. Nala se tumbó debajo, apoyando la cabeza en las patas delanteras.
-¿Está segura de que no quiere vino? –preguntó Martín-. Lo hago yo.
-Muy amable, pero no bebo alcohol.
-¿Y refrescos tampoco?
-No, tienen mucho azúcar. El vaso de agua que me ha servido es suficiente. Además, con la rodaja de limón que le ha puesto, tiene un sabor delicioso.
-¡Qué menos, señorita! Aquí viene mucho turista y hay que hacer las cosas bien. Un bar vive de su nombre.
-Igual que un artista.
-Me ha dicho que no le gusta el conejo.
-No como carne.
-Pues no sabe lo que se pierde. Preparo un conejo que se chuparía los dedos.

Martín se acordó de los forasteros del restaurante vegano. La moda de no comer carne no había triunfado en el pueblo, pero estaba claro que cada vez más gente se apuntaba a esa tontería. No entendía el rumbo que había cogido el mundo. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Andar en cueros? Ahora que se acercaba a los ochenta, ni se le pasaba por la cabeza la idea de cambiar. Tampoco tenía intención de jubilarse. No se sentía viejo. No necesitaba a nadie para atender el bar a diario y cuando llegaba el fin de semana, le echaba una mano su hermana, que a los setenta aún era capaz de pasarse diez horas de pie sin experimentar molestias. Sus padres habían bordeado los cien y habían muerto con todas las piezas dentales. Jamás habían pisado la consulta de un dentista. Siempre que se lo pedían, mostraban su dentadura con orgullo, golpeándose las piezas con los dedos para demostrar que seguían firmemente ancladas a las encías. Tampoco necesitaban gafas. De lejos, podían distinguir a una perdiz escondida entre las jaras o aplastada contra la tierra y, de cerca, se apañaban acercando los ojos al objeto que manipulaban. Leer no era un problema, pues los dos eran analfabetos.

-¿Qué es lo que busca señorita? –preguntó Martín.
-Una casa luminosa y con patio. Quiero llenar el patio de flores. Siempre he vivido en apartamentos. Ahora quiero probar con una casa baja.

Valeria recordó su piso en Ríos Rosas, con su enorme pasillo y su salón en forma de chaflán. Durante cinco años, había compartido ese lugar con Héctor. Héctor también era actor, pero nunca había tenido suerte. El azar había querido que él también fuera pelirrojo.

-Juntos –solía decir Héctor en broma- echamos chispas.

Héctor era un hombre muy atractivo. Alto y con una belleza clásica, parecía uno de esos galanes del viejo Hollywood, con un rostro varonil y un alma atormentada. Sin embargo, la voz no le acompañaba. Aguda e infantil, rompía el ensueño de estar frente a una versión de Laurence Olivier o Clark Gable. Héctor había luchado por lograr un buen papel en el cine, pero solo había logrado papeles secundarios. El problema no era solo su voz, sino su escaso talento dramático. Sus frases nunca resultaban naturales. No era convincente como actor de carácter y como actor cómico carecía de gracia. Su afectación desdibujaba su buena apariencia. En alguna ocasión había rozado un buen papel, pero después de unas semanas de incertidumbre soñando con un salto en su carrera, siempre le comunicaban con buenas palabras que habían escogido a otro. Valeria sufría contemplando su frustración. Héctor se consolaba bebiendo y abusaba de los ansiolíticos. A veces se tomaba las pastillas como si fueran caramelos, de tres en tres. Su memoria había comenzado a deteriorarse. Cada vez le costaba más trabajo recordar los diálogos. Cuando Valeria le recriminaba su actitud, se enfadaba muchísimo, afirmando que sabía muy bien lo que hacía. Si ella insistía, alzaba la voz y pegaba un portazo, provocando el terror de Nala, que se escondía debajo de una cama o detrás de un sofá.

-¿Le pasa algo, señorita? –preguntó Martín-. Parece triste.
-No, perdone –se disculpó Valeria-. He dormido un poco mal.
-Pues el vino es lo mejor para dormir bien. Yo siempre me tomo un vasito antes de meterme en la cama. Y duermo como un campeón. ¿No quiere probarlo?
-Gracias, de verdad, pero ya le he dicho que no bebo alcohol.
-La vida se ve mejor con un poco de vino en la cabeza. No hablo de emborracharse, sino de alegrarse un poco. La tristeza es muy mala.
-¿Qué puede decirme de los alquileres? –inquirió Valeria, con su deslumbrante sonrisa-. Ya le he comentado que quiero una casa con patio para llenarlo de flores. En Madrid, solo tenía unos balcones ridículos.
-¿Ve aquella casa del fondo? –preguntó Martín señalando con el dedo.
-¿La de la puerta roja?
-Sí, esa. Tiene un patio grande, pero no se la aconsejo. La casa está muy mal por dentro. Tendría que hacer una reforma muy costosa.
-Descartada.
-¿Ve aquella otra? La que está en la esquina.
-¿La de las ventanas de madera?
-Esa. Pues tampoco se la recomiendo. Es muy fría y húmeda. Y hace unos años sufrió una infestación de ratas.
-¡Qué horror!
-Parecían liebres. De vez en cuando, salía una a la calle y yo, si podía, las reventaba con una pala. No vea cómo chillaban las condenadas, pero yo me reía. «Chillad, chillad», les decía, que no os servirá de nada.
Valeria se sobrecogió, esbozando una mueca de circunstancias que apenas lograba disimular su espanto.
-Bueno –prosiguió Martín-. Solo le queda la casa del Argimiro. Está muy bien conservada y tiene patio, pero hay un problema.
-¿No habrá ratas? No podría soportarlo.
-No, no es eso. No hay ratas, pero su antiguo dueño se pegó un tiro en ella. No tenía familia. Dicen que los suicidas nunca conocen la paz. Les cierran las puertas del cielo y del infierno.

El rostro de Valeria se ensombreció.

-Nadie quiere saber nada de esa casa –añadió Martín-. Se la dejarán muy barata.
-Me quedaré con la casa de las ventanas de madera –dijo Valeria-. Seguro que hay alguna forma de combatir la humedad y el frío. Y las ratas, por lo que cuenta, son cosa del pasado.

Valeria habló con los propietarios y llegaron a un acuerdo. Pintaría toda la casa, utilizando un producto para las humedades e instalaría burletes de espuma y caucho en puertas y ventanas. Cuando le sugirieron que contratara a unos obreros, declinó la oferta:

-Me encanta el trabajo físico. Lo haré yo sola. A fin de cuentas, solo se trata de pintar y poner unos cuantos parches.

Durante dos semanas, Valeria luchó contra las humedades extendiendo un producto impermeable y pintó las paredes, empleando colores distintos para cada habitación. También puso burletes. Trabajaba con la puerta y las ventanas abiertas, mientras Nala dormitaba en un sofá. Se cubrió el pelo con un pañuelo estampado y se puso unos vaqueros viejos. Mientras trabajaba cantaba con una voz dulce y perfectamente modulada. Había interpretado varios musicales y, en alguna ocasión, había cantado en solitario. Su voz atrajo a los pocos niños del pueblo, que asomaron la cabeza por la puerta y las ventanas, sin disimular su curiosidad. Lejos de molestarse, Valeria les saludó, preguntándoles si querían que cantara algo en especial. Como le pidieron canciones que no conocía, optó por clásicos como «La gallina turuleca» y «El señor Don Gato». A los pocos minutos, los niños estaban dentro de la casa, ayudándola en lo que podían. Alguno dio un brochazo con demasiada pintura, pero Valeria lo arregló, igualándolo con cuidado. Nala corría de un lado a otro, encantada por la algarabía. Entre los niños, se encontraba Ana, que se limitaba a mirar con sus enormes ojos negros. A Valeria no le pasó desapercibida. La niña se parecía extraordinariamente a Ana Torrent en El espíritu de la colmena, su película favorita. No pudo evitar pensar en Héctor. Se conocieron en un curso de verano en El Escorial, donde se hablaba del cine de Víctor Erice. Entre ponencia y ponencia, salió a la terraza y contempló la sierra de Guadarrama, que desprendía un frescor particularmente grato en mitad del calor de julio. A pocos metros, Héctor observaba el paisaje con una expresión muy seria, apoyando las dos manos en la barandilla. Le llamó la atención su pelo rojo, semejante al suyo. Eso sí, no era ondulado, sino áspero y asimétrico, con cuernos asomando aquí y allá, como cohetes a punto de despegar. Se dio cuenta de que le miraba y se acercó a ella sonriendo:

-Te he visto en el teatro. Admiro mucho tu trabajo. Yo también soy actor, pero solo he hecho pequeños papeles. Me llamo Héctor.

Se estrecharon la mano y ocuparon un banco de piedra, dispuestos a charlar un rato. 

-¿Te gusta Víctor Erice? –preguntó Valeria.
-Sí, mucho. He visto mil veces El espíritu de la colmena.
El espíritu de la colmena es la película que me decidió a ser actriz. La vi cuando la estrenaron. Yo solo era una niña. Mis hermanas se aburrieron mucho, pero yo me quedé deslumbrada. Me impresionó la luz, el color, el misterio que envolvía todo. Nunca había visto algo así.
-¿Qué edad tenías?
-Diez años.
-Debiste ser una niña muy especial.

Valeria observó la piel de Héctor. Notó que era bastante más joven que ella.

-Tú no habías nacido en 1973, ¿verdad?
-No, soy del 83.

«Veinte años más joven», pensó Valeria. Se sintió un poco avergonzada de sentirse atraída por él. Nunca había sido promiscua. Su matrimonio salió mal. Afortunadamente, no tuvo hijos. Después, había mantenido otras relaciones, pero al cabo de tres o cuatro años se habían roto. Ahora estaba sola y no pensaba en buscar pareja, pero Héctor le pareció especial. Se apreciaba cierta infelicidad en su mirada.

-¿No estás acompañado? –preguntó.
-Me gusta venir solo a estas cosas. Me concentro mejor.

Dos meses después, ya vivían juntos. Héctor solía jugar con el pelo de Valeria, enroscando los dedos en sus rizos. En esos momentos, los dos sentían que el tiempo solo era una ilusión, que sus vidas habían quedado definitivamente unidas y que nada podría separarlos.

Ana observaba fijamente a Valeria mientras cantaba y pintaba. No coreaba sus canciones, como los otros niños, ni movía los brazos. Solo miraba. Sentada en el suelo y con las piernas cruzadas, parecía una estatua o un monje budista, sumido en una intimidad clarividente, capaz de abrir las llaves de los secretos mejor escondidos. Cuando comenzó a anochecer y todos los niños se marcharon, Ana seguía ahí, inmutable.

-¿No tienes que irte a casa, bonita? –pregunto Valeria, introduciendo las brochas en aguarrás y limpiándose la pintura de las manos con un trapo.
-Cantas, pero estás triste –dijo Ana, con una seriedad impropia de su edad.
-¿Parezco triste?
-No, pero lo estás.
-Entonces, ¿cómo lo sabes?
-Veo la tristeza. Está dentro de ti.
-¿Cómo puedes ver eso?
-No lo sé. Simplemente, lo veo.
-¿Cómo es la tristeza? ¿Tiene forma?
-Se parece a una mariposa de color ceniza y con manchas negras en las alas.
-¿Y esa mariposa está dentro de mí?
-Sí, yo la veo.

Unos pasos interrumpieron la conversación.

-¿Se puede? –pregunto una voz que fingía amabilidad, pero con un tono irritado.
-Es mi madre –dijo Ana, levantándose y limpiándose los pantalones con las manos.
-Buenas. Soy Consuelo, la madre de Ana. ¿No le habrá molestado?
-No, en absoluto. Su hija es un encanto.
-Pues se la regalo. A veces pienso que va a volverme loca. Se le ocurren unas cosas… ¿No le habrás dicho ninguna tontería?
-Yo no digo tonterías –contestó Ana con calma.
-Está dejando la casa muy bonita, con tantos colores –dijo Consuelo, escrutando hasta el último rincón-. ¿Se va a quedar mucho tiempo en el pueblo?
-No lo sé. Ya veremos.
-Le advierto que los inviernos son duros. Y aquí no hay gran cosa que hacer. Una artista como usted se aburrirá.
-Me he traído muchos libros.
-Julián también tiene libros –interrumpió Ana-. Muchos. Y me los presta. Ha leído más que el cura.
-¿Quién es Julián? –preguntó Valeria, divertida.
-No le haga caso –intervino Consuelo-. Solo dice disparates. Julián es un vecino.
-Es anarquista.
-¡Niña!
-No es nada malo. El lema de los anarquistas es «ni dios ni amo». Me parece bien.
-No sabe lo que dice. Solo tiene doce años.

Valeria recordó a Héctor, que interpretó al anarquista de Luces de bohemia en una versión cinematográfica. Había sido su mejor interpretación. Un crítico alabó su trabajo. Solo fueron dos líneas, pero en un periódico de tirada nacional. Pensó que significaría un salto, pero no fue así. Meses después, su carrera parecía estancada, lo cual envenenó su carácter. Siempre apoyó a Valeria. Jamás mostró envidia y, menos aún, cuestionó su talento, pero empezó a cultivar el autodesprecio, mostrándose cruel consigo mismo. Cada vez bebía más y su consumo de pastillas se disparó. Ya no podía dormir sin combinar antidepresivos, ansiolíticos e hipnóticos. Cuando se levantaba parecía un perro apaleado, un guiñapo que se arrastraba por el piso con aspecto de enfermo convaleciente. Héctor no tenía familia. Su padre le abandonó cuando solo tenía unos meses y su madre desapareció poco después, dejándolo en manos de su abuela. Cuando esta murió, ingresó en un centro tutelado. Ya era demasiado mayor para ser adoptado. Durante la adolescencia, se metió en líos: peleas, pequeños hurtos, alcohol y drogas. El teatro le salvó de acabar convertido en un delincuente. Uno de sus tutores le animó a subirse al escenario y le gustó. Como el teatro no le proporcionaba mucho dinero, aceptaba empleos de cualquier tipo: camarero, repartidor de pizza a domicilio, limpiacristales, modelo. Solo se había negado a trabajar de guardia de seguridad, pese a que había recibido algunas ofertas. Sentía una aversión instintiva hacia los uniformes y no le gustaba la policía. Durante un tiempo, dibujó grafitis y lo detuvieron alguna vez. Siempre le habían tratado mal y, en una ocasión, le pegaron un puñetazo en el estómago, alegando que se había resistido.

Valeria le pidió que no aceptara más empleos alimenticios.

-Podemos vivir con lo que yo gano.
-Yo siempre me he mantenido a mí mismo. No voy a cambiar ahora.

Héctor era orgulloso y no se dejaba ayudar. Sin embargo, aceptó entrevistarse con Emma, una poderosa empresaria teatral. Valeria habló con ella, logrando que le recibiera en su despacho. La entrevista resultó tan bien que Emma le invitó a cenar, prometiéndole hacer todo lo posible para impulsar su carrera. Durante tres meses, cenaron juntos un día en semana, a veces dos, pero los papeles no llegaban. Emma tenía la edad de Valeria. Elegante y sofisticada, se parecía a Wallis Simpson: delgadez de anoréxica, ojos negros de extraordinaria dureza, mentón cuadrado, pómulos puntiagudos. Tenía fama de depredadora sexual. Se sentía atraída indistintamente por hombres y mujeres. Cuando Héctor volvía de las cenas, parecía perturbado. Muchas veces, llegaba borracho e irascible.

-¿Por qué acudes a las citas, si vuelves así? –preguntaba Valeria.
-Lo sabes de sobra. Quizás me ofrezca algo.
Valeria no era celosa y no le costaba trabajo perdonar una infidelidad, pero no soportaba verle tan infeliz. Una noche le exigió que se sincerara, contándole qué pasaba.
-Lo puedes imaginar –contestó Héctor, sirviéndose una copa-. Solo quiere sexo.
-¿Os habéis acostado juntos?
-Desde el primer día. Casi no hemos hecho otra cosa, pero se acabó. No volveré a cenar con ella. ¿Podrás perdonarme?

Valeria no tuvo que esforzarse demasiado para convertirse en la persona más popular del pueblo. Saludaba a todo el mundo, se detenía a hablar con los vecinos, nunca interrumpía una conversación, alegando tener prisa, cantaba canciones a los niños. Su perrita Nala también se ganó la estima de todos. Sus saltos circenses despertaban risas y, si le tiraban una pelota, nunca se cansaba de devolverla.
Cuando Valeria aparecía en el bar-supermercado de Martín para hacer la compra, todo el mundo la saludaba con expresiones de simpatía. Hasta Consuelo, siempre dispuesta a criticar a los demás, reconocía que era una mujer muy agradable.

-Podría estar muy creída, pero es muy sencilla. Al principio, pensé que sería una de esas artistas soberbias y llenas de rarezas, pero me he equivocado. Me alegro.

Ana no fue la única que advirtió la tristeza de Valeria. Al padre Juan le extrañó que entrara en la iglesia, se sentara unos instantes y se marchara. Poco a poco, sus visitas se alargaban. Al cabo de un tiempo, decidió hablar con ella.

-¿Necesita algo?
-No, necesito nada. Estoy bien. El silencio y la penumbra me transmiten paz. ¿Puedo quedarme?
-Puede estar aquí el tiempo que quieras.
-No soy creyente.
-No importa. Jesús invitaba a todos a su mesa. No preguntaba nada. No exigía nada. Solo compartía el pan y el vino. Por cierto,  tiene una voz muy bonita. No sabe cómo me alegro cada vez que la veo cantando a los niños en la calle. ¿Por qué no organiza un recital? Algo para los niños y los adultos. Sería todo un acontecimiento.

Valeria paseaba todos los días por el pueblo. Siempre llevaba la cabeza alta y sonreía a todo el mundo, pero cuando pasaba por casa de Argimiro bajaba la mirada y aceleraba el paso. Ana se dio cuenta.

-¿Por qué haces eso?
-¿A qué te refieres?
-Se te cambia la cara. ¿Es por Argimiro? ¿Piensas en su suicidio?
-El suicido es algo terrible.

Después de su aventura con Emma, el odio de Héctor hacia sí mismo se exacerbó. A las dos horas de haberse levantado, ya había entrado en un estado de ebriedad que se prolongaba durante todo el día. Por las noches, caía en un sueño profundo gracias a las pastillas. Valeria no le reprochaba nada, pero cuidaba de él. Los veinte años de diferencia despertaban en ella sentimientos maternales. Se preguntaba si sería más feliz con una chica de su edad, pero enseguida comprendía que no. Una mujer más joven no tendría tanta paciencia.

Cuando Héctor llamó desde una comisaría, no se sorprendió. Había perdido los estribos en un bar. Ni siquiera recordaba por qué. Lo cierto es que se había liado a puñetazos y habían llamado a la policía. Ahora estaba detenido y al día siguiente pasaría a disposición judicial. Se celebraría un juicio rápido. Había roto la nariz a un hombre, estrellándole una jarra de cerveza en la cara. Además, se le habían clavado los cristales y le habían dado varios puntos. Podría acabar en la cárcel. Valeria colgó el teléfono y llamó a un abogado. Entre los dos diseñaron una estrategia: alegar un trastorno de conducta para conseguir la inimputabilidad. Héctor se enfadó mucho cuando se lo propusieron, pero aceptó tras saber que podrían caerle entre tres y cuatro años. El forense que le examinó se mostró frío y distante, pero sus cambios de humor y su desorientación le convencieron de que el acusado sufría una patología mental, probablemente un trastorno límite de la personalidad. Así se lo informó al juez, que dictaminó una medida de seguridad. Durante dos años, Valeria vigilaría a Héctor, asegurándose de que siguiera un tratamiento psiquiátrico.

Cuando salieron de los juzgados y se despidieron del abogado, se desató una horrible discusión:

-No pienso acudir a un psiquiatra.
-¿Por qué no? Ya tomas pastillas.
-Sí, pero yo decido cuándo y en qué cantidad. No me gusta que me controlen.
-Me he comprometido a informar a juez, garantizando que te someterás a supervisión médica.
-No me someteré a nada y si quieres comunicárselo al juez, adelante. Además, me pregunto si merece la pena seguir así, aguantando un fracaso tras otro. Mi vida es una mierda.
-¿Y yo qué? ¿No soy parte de tu vida? ¿También consideras que nuestra relación es una porquería?

Héctor no contestó. Se alejó por el Paseo de la Castellana, caminando a toda prisa, casi como si huyera de algo. Cuando ya se había distanciado bastante, volvió la cabeza y miró a Valeria. Fue un instante, pero ella sintió que se despedía. En aquella mirada había un mensaje que parecía abarcar toda una vida.
Valeria soñó con la mariposa de color ceniza de la que le había hablado Ana. Sus alas, con manchas negras, se abatían sobre sus ojos, golpeándolos con fuerza. Sintió que sus párpados eran de cristal y que se romperían bajo los golpes. La mariposa dejó de aletear y se posó en su cara, fundiéndose poco a poco con su rostro hasta confundirse con él. Angustiada, se despertó, pegando un grito. Al día siguiente, se acercó a la Iglesia y se sentó en un banco. Se preguntó una vez más qué hacía allí. No creía en Dios, nunca le habían gustado los curas, pero en ese silencio y en esa penumbra experimentaba una extraña paz. El padre Juan notó su presencia y se acercó a ella con una mirada preocupada:

-¡Está llorando! ¿Qué le sucede?
Valeria, que no se había dado cuenta de que las lágrimas corrían por sus mejillas, sacó un pañuelo y se secó la cara.
-¿Sigue la Iglesia condenando a los suicidas?
-Si es un desafío contra Dios…
-¿Cree que alguien se quita la vida para desafiar a Dios?
-Claro que no. Las cosas han cambiado. Ya no se niega una misa en memoria de alguien que ha muerto en circunstancias tan trágicas.
-¿Y Dios? ¿Qué hace Dios?
-Imagino que acoger al infortunado. 

Valeria salió al exterior y pensó en Dios. Solo era una fantasía, un sueño. Sin embargo, ¿no se dedicaba ella a vender sueños, fantasías que ya formaban parte de la vida, pues pasaban de generación en generación, sorteando el abismo del tiempo? A los pocos metros, se topó con Ana:

-Está en tu cara –dijo, con sus profundos ojos negros horadando su carne como un pájaro que hunde el pico en la tierra.
-¿Qué está en mi cara? –preguntó Valeria.
-La mariposa. Se está comiendo tu alma. Tienes que hacer algo.

Valeria se refugió en su casa, arrojándose sobre la cama. Nala saltó y se puso a su lado, lamiéndole el rostro. Ya la había visto así en otras ocasiones y sabía que necesitaba cercanía física y cariño. Valeria recordó la llamada de la policía. Una voz fría y desapasionada le comunicó que Héctor se había suicidado. No había dejado ninguna nota de despedida, pero en su cartera aparecía su dirección. Necesitaban que identificara el cuerpo, pues carecía de familia. Nunca olvidaría esa fría mañana de invierno en el Anatómico Forense, examinando el cadáver. Se había quitado la vida con pastillas. Parecía dormido. No había ningún signo de violencia. En ese mismo instante decidió abandonar Madrid. No se sentía capaz de seguir viviendo en la misma casa, ni de frecuentar los lugares que habían compartido.

Valeria se levantó de la cama cuando llamaron a la puerta. Se secó las lágrimas, se alisó la ropa y abrió. Era Ana:

-Tienes que resucitar.
-¿Cómo?
-Estás muerta y tienes que resucitar. Yo me estoy preparando para morir y resucitar, pero aún no ha llegado el momento. Además, cada uno resucita de forma distinta.
-¿Y cuál sería mi forma de resucitar?
-Convoca a los vecinos y recita poemas. Las palabras curan. Eso dice Julián.
Valeria pensó que Ana le proponía un disparate, pero habló con el cura y este le comentó que le parecía una buena idea:
-Tiene algo dentro que le está destrozando y creo que no quiere contarlo.
-No, no quiero.
-Pues haz algo que libere tu malestar.
-Una catarsis.
-Exacto.

Aunque no estaba muy convencida, Valeria hizo unos carteles, anunciando que leería poemas en la plaza del pueblo. Martín, Ana y el padre Juan le ayudaron a pegarlos. Seleccionó poemas de Lorca, Machado, Gloria Fuertes (pensó que les gustarían a los niños) y fragmentos de Platero y yo. Todo el mundo acogió su iniciativa con agrado, felicitándola por la idea. La noche escogida, una cálida noche de junio, más de doscientos vecinos se habían congregado en la plaza, ocupando sillas plegables traídas de sus casas. Los escasos niños se sentaron en primera fila, celebrando con palmas todos los poemas. Valeria se puso un vestido blanco para la ocasión. El contraste con su melena roja le imprimía una belleza arrebatadora. Un cielo benévolo dibujó una bóveda azul donde las estrellas parecían los botones dorados de un chaquetón marinero. Los niños celebraron los poemas de Gloria Fuertes, lanzando expresiones de asombro. Los adultos se conmovieron con Antonio Machado y Lorca y cuando llegó a Juan Ramón, todos callaron, como si escucharan unas palabras que no eran de este mundo. Valeria, que a falta de escenario se había subido a una mesa, declamó las últimas líneas de Platero y yo, ese libro que se gestó en una isla de gracia, frescura y dicha:

-Tú, Platero, estás solo en el pasado. Pero, ¿qué más te da el pasado a ti, que vives en lo eterno, que, como yo aquí, tienes en tu mano, grana como el corazón de Dios perenne, el sol de cada aurora?
Al acabar la frase, una mariposa cenicienta brotó de la boca de Valeria, alzando el vuelo como pavesa atrapada por el viento. La actriz se desplomó, pero no cayó con violencia, sino con la suavidad de una hoja que se desprende de una rama, posándose en el suelo silenciosamente. El cura corrió hacia ella, incorporándola con cuidado. Valeria abrió los ojos lentamente, como si despertara de un dulce sueño.
-¿Está bien?
-Claro que está bien –dijo Ana, que también se había acercado-. Acaba de resucitar.

Valeria, con los ojos fijos en el cielo, negro como el agua de una gruta, sintió que su pelo llameaba y que unos dedos jugaban con él, enroscándose en sus rizos. Poco después, cayeron unas gotas de lluvia, mojando su frente. Esa noche se sumergió en el sueño, pensando que la vida y la muerte solo eran dos caminos que se cruzaban y alejaban para reencontrarse de nuevo hasta desembocar en un valle inmune al tiempo.

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