Archivo Revista de Libros

El espectáculo de la civilización

Sin entrar aún en la sonada actuación del escritor, hay un motivo excepcional para ir a ver la nueva obra de Mario Vargas Llosa al Teatro Español: ir a ver el Teatro Español. Asegurando el asombro, el director Joan Ollé y el escenógrafo Sebastià Brossa han desmontado entero el patio de butacas, erigido una enorme grada donde comúnmente se encuentra el escenario y colocado la escena en mitad de la sala, de manera tal que la representación se ve desde los cuatro costados. 

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El azar y la necesidad

Chica conoce a chico, chica y chico se enamoran, forman pareja, se separan un tiempo, vuelven a juntarse y viven felices y comen perdices. En el universo tal como lo conocemos, la estructura de la comedia romántica depende en esencia de dos variables: el chispazo azaroso del comienzo, generalmente producido por un encuentro que ninguno de los dos tenía previsto, y el necesario paso del tiempo, que, aun con el revés central, avanza siempre en la misma dirección. Pero todo cambia en un multiverso. 

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Un tajo y se acabó

A veces pienso que cada tragedia es trágica a su manera, pero que todas las comedias se parecen. No es sólo que Plauto imite a Menandro, la commedia dell’arte apele a Plauto, Molière elabore la commedia dell’arte y así hasta que todo se conecta con todo; es que, en gran medida, llevamos veinte siglos riéndonos de las mismas situaciones. 

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El animal desbordante

No acaban de entenderse las razones por las cuales la edición española del libro del joven historiador Yuval Harari, publicado primero en Israel y traducido luego a una treintena de lenguas, ha reemplazado el estupendo título de la edición inglesa (Sapiens) por uno que parece desvelar de entrada la tesis principal de su autor. 

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Tramoyas

Dice un personaje de Ionesco que «todas las obras teatrales que se han escrito desde la antigüedad hasta nuestros días no han sido sino historias policíacas», refiriéndose al mecanismo tradicional de plantear una intriga, complicarla y resolverla al final. Y una noción similar esboza Michel Foucault en su análisis de Edipo rey, cuando señala que la obra siembra pistas dispersas, para luego reunirlas como si él mismo fuese un detective.

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Interiores

Buena parte del mejor teatro del siglo pasado se escribió o, cuando menos, se montó contra el drama de salón, esa tradición en la que dos o más personajes dirimían diferencias conversando puertas adentro. Abriéndolas literal o figuradamente, Valle-Inclán lanzó a sus personajes a las calles, Beckett concibió localizaciones abstractas, Ionesco y Arrabal fragmentaron el lugar de la representación.

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Bichos raros

Agotadas las discusiones sobre el teatro del absurdo –quién pertenece al club, quién garantiza la pertenencia, hasta qué punto el club siquiera existe–, el dramaturgo franco-rumano Eugène Ionesco perdura como uno de los grandes alegoristas del pasado siglo. Casi todas sus obras, como notó en su momento Martin Esslin, elaboran una única imagen poética, una metáfora dominante. 

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En las antípodas

Hace unos veinte años, mi generación descubrió el cine australiano. Naturalmente, Australia había descubierto el cine mucho antes, prodigando estrellas más o menos desde que Errol Flynn (natural de Tasmania) empuñara el florete, de manera que cualquier cinéfilo podrá nombrar varias obras de fuste rodadas en ese país con bastante anterioridad. Pero, en los años noventa, la conciencia de que existía buen cine australiano despuntó gracias a unas pocas películas de directores jóvenes. 

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¡Más luz!

Con toda seguridad, Goethe no escribió las dos partes del Fausto para la escena, sino para ojos de los lectores atentos, capaces de desentrañar sus innumerables alusiones, figuras alegóricas, ecos mitológicos y vuelos metafísicos. Sin meternos siquiera con el significado, del que por momentos ni el mismo Goethe parecía estar seguro («Me pregunto qué idea quiero plasmar en Fausto», le dijo a Johann Peter Eckermann mientras trabajaba en la segunda parte), la obra plantea retos inusitados a la hora de ser llevada a las tablas.

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Un cuarto propio

En 1878, mientras disfruta de su exilio en Roma, alejado del ambiente conservador de Noruega, Henrik Ibsen toma notas para su próxima obra, una «tragedia actual», con un personaje femenino que afronte, no el destino, sino una entidad apenas menos opresiva: la rígida moral de la época: «Una mujer –reflexiona el autor– no puede ser auténticamente ella misma en la sociedad de hoy, que es una sociedad exclusivamente masculina, con leyes escritas por los hombres, con fiscales y jueces que condenan la conducta de la mujer desde un punto de vista masculino».

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Cuerpo a cuerpo

Aunque a veces se nos olvide, acudimos al teatro para ver cuerpos. Cuerpos que se mueven, que dan vida a los personajes, que están indudablemente presentes. Si el drama linda por un lado con el ballet y, por el otro, con la escritura, en su centro puede ofrecernos la magnífica combinación de ambos: historias coreografiadas con seres de carne y hueso, que nos alientan a reconocernos y a sentir emociones físicas. Hablo, claro, de obras excepcionales. 

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