Cuentos completos Prólogo de Antón Arrufat
VIRGILIO PIÑERA
Alfaguara, Madrid
603 págs. 3.400 ptas.

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Si la crudeza absoluta y sin concesiones de la prosa de Virgilio Piñera fue causa o consecuencia de la crudeza absoluta y sin concesiones de su vida, es algo a lo que jamás podremos responder con seguridad, a pesar de que lo más común es atribuir a las características de la vida de los escritores las características de sus obras, y no, sorprendentemente, a la inversa. Quizás se trate, tan sólo, de un paralelismo lógico o previsible.

Sea como fuere, en esta ocasión es más que recomendable empezar por el principio del volumen de los Cuentos completos de Piñera, es decir, por el prólogo de Antón Arrufat. Leer el prólogo –tarea que, a veces, aguijoneados por la ansiedad de sumergirnos cuanto antes en la ficción, pasamos por alto– es en el presente caso esencial. Arrufat hace una revisión completa e interesante sobre la trayectoria vital y literaria de Piñera (1912-1972), una de las voces literarias más significativas de la narrativa cubana del siglo que se acaba.

Una vez avisados de lo que podemos llegar a encontrar en las páginas siguientes, nos sobreviene el primer cuento, «La caída», que ya no deja lugar a dudas sobre la desnudez del vértigo que Virgilio Piñera fue capaz de escribir.

Cuentos fríos (1956), El que vino asalvarme (1970), Un fogonazo (1987), Muecas para escribientes (1987), sumados a cinco cuentos inéditos finales –sólo dos de ellos póstumos–, son los libros que contiene Cuentos completos. Y no hay tregua.

El estilo descarnado, impío, crudo y carente por completo de ornamentos lingüísticos o literarios empleado por Piñera nos acerca a una prosa llana y contundente, muchas veces dolorosa, hecha toda ella de material humano, sin rodeos de ningún tipo. El único alivio la aparición, en no pocas ocasiones, de un singular sentido del humor, como, entre muchos otros, en los excelentes «El álbum» y «Hay ranas que no crían pelos…», en los que el absurdo llega a su máxima expresión. Un absurdo provocado por la falta de lógica, elemento este último que adquiere siempre peso en el planteamiento narrativo del escritor. Sin duda, Piñera encontró en la investigación de la lógica y sus posibilidades, una alternativa al barroquismo imperante en gran parte de la literatura latinoamericana del momento. Su apuesta fue una apuesta por la sobriedad, por la sencillez.

No obstante, tras esa aparente sencillez existe, en mi opinión, un nivel de lectura simbólico que da su verdadera dimensión a las anécdotas aparentemente acabadas en sí mismas que relatan los cuentos de Piñera. Así, por ejemplo, «El filántropo» constituye en realidad una cruel parábola sobre el funcionamiento del mundo, los bienes materiales, la ambición y las relaciones entre poderosos y humillados. Ese nivel simbólico de todos los cuentos del autor se halla en el acto de la lectura, pues Piñera en ningún momento sucumbe a la tentación de explicar lo que pretende decir. Confía en los lectores y utiliza con oportuna maestría los silencios, que forman parte de la tensión narrativa de sus cuentos. Importa lo que se cuenta, pero importa también, y a veces más aún, lo que no se cuenta.

La literatura de Virgilio Piñera es una literatura de riesgo, una literatura que observa de un modo determinado, y que, desde esa mirada única, se atreve a llamar a la vida por su nombre. Y esta recopilación de sus cuentos completos supone una inmejorable oportunidad para conocer una obra sin duda valiosa y de obligada referencia en la literatura escrita en castellano.

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